Diplomacia en voz baja: cuando la visita habla más que las palabras

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La diplomacia no siempre camina con botas ruidosas; a veces se desliza en tacones de seda por los pasillos del poder. La reciente visita de Leah Francis Campos, embajadora de los Estados Unidos en el país, al despacho del senador por el Distrito Nacional, Omar Fernández, no fue un simple saludo protocolar: fue una escena cuidadosamente escrita en el teatro de la geopolítica.


Más de una hora de conversación. No fue un café de cortesía ni un apretón de manos para la fotografía efímera. Fue diálogo denso, conversación que pesa. Seguridad nacional, comunidad dominicana en el exterior, educación, inversión extranjera, desarrollo económico, trata y tráfico de personas. Temas que no son hojas secas, sino columnas que sostienen la casa republicana.


Y, sin embargo, la pregunta flota como gaviota sobre el Malecón: ¿por qué él?


Entre treinta y dos senadores, la diplomática eligió a uno. En política, las elecciones nunca son inocentes. Cada visita es un gesto; cada gesto, un mensaje; cada mensaje, una señal de humo que asciende por encima de los techos del Congreso. Cuando la embajadora decide conversar sobre seguridad, leyes políticas y asuntos del Estado con un solo legislador, la lupa pública se activa.


Algunos dirán que es parte de la agenda natural de una representante extranjera que ha estado visitando líderes políticos, económicos y de seguridad nacional. Que no hay misterio donde hay rutina. Que la diplomacia se construye en encuentros bilaterales, no necesariamente en asambleas multitudinarias.


Otros, en cambio, perciben un símbolo. Porque en política el símbolo es más poderoso que el discurso. La visita a Omar Fernández no solo fue institucional; fue también generacional. Representa el interés en una figura joven, con proyección, que el año pasado incluso compartió escenario con el expresidente estadounidense Bill Clinton. No es un detalle menor. Es un hilo que conecta fotografías, agendas y futuros posibles.


Fernández, por su parte, afirmó que estos espacios de diálogo consolidan los lazos de cooperación entre la República Dominicana y los Estados Unidos, y que impulsan iniciativas orientadas al bienestar de ambos pueblos. Palabras correctas, diplomáticamente impecables. El lenguaje de la prudencia.


Pero la política no vive solo de palabras correctas; vive de percepciones.


Cuando una embajadora se reúne con un senador en particular, el eco retumba en los pasillos del poder. ¿Es reconocimiento? ¿Es evaluación? ¿Es apuesta? ¿Es simple cortesía estratégica? En un país donde cada gesto se interpreta como anticipo electoral, la diplomacia se convierte en oráculo involuntario.


También cabe otra lectura menos pasional y más institucional: el mundo actual exige puentes ágiles. Los temas tratados —seguridad, trata de personas, inversión extranjera— requieren interlocutores específicos, comisiones determinadas, liderazgos puntuales. La diplomacia moderna ya no es un salón lleno de discursos largos, sino una mesa redonda donde se negocia con quienes pueden incidir directamente.


Sin embargo, la forma importa tanto como el fondo. Un encuentro en pleno con todos los congresistas habría enviado un mensaje de neutralidad colectiva. La reunión privada, en cambio, perfila liderazgo. Y en política, perfilar es proyectar.


La embajadora se hizo acompañar de Nora Brito, directora de Asuntos Políticos de la Embajada. Otro detalle que confirma que no se trató de una visita improvisada, sino de una agenda pensada con precisión quirúrgica.


La diplomacia es un ajedrez silencioso. Las piezas no se mueven por capricho; avanzan por cálculo. Y cuando una torre cruza el tablero para situarse frente a un alfil joven, el tablero completo toma nota.


Quizás no haya conspiración alguna. Tal vez solo cooperación. Pero en la República Dominicana, donde la política es volcán dormido y carnaval permanente, cada reunión es leída como preludio.


La visita de Leah Francis Campos a Omar Fernández no fue un simple acto protocolar. Fue una fotografía con subtítulo invisible. Y en ese subtítulo, la comunidad política dominicana intenta descifrar si estamos ante un gesto de cortesía diplomática… o ante el prólogo de una historia mayor.


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