CODIGO32-SIPRED

En un país donde la justicia muchas veces camina con los zapatos rotos y el cansancio se sienta en los pasillos de los tribunales como un testigo silencioso, resulta casi poético que una noche se haya detenido el reloj institucional para mirar hacia atrás y decir: gracias.

La entrega del “Premio a la Trayectoria”, encabezada por la procuradora general Yeni Berenice Reynoso, no fue solo un acto ceremonial en la Sala Principal del Teatro Nacional Eduardo Brito. Fue, más bien, una especie de pausa moral, un respiro en medio de la tormenta cotidiana que representa el ejercicio del Ministerio Público.

Porque ser fiscal en República Dominicana no es simplemente ocupar un cargo: es cargar una cruz invisible hecha de expedientes, noches sin sueño, decisiones difíciles y una presión que no se mide en aplausos, sino en conciencia. Los homenajeados —Jesús María Fernández Vélez, Ramón Mejía, Félix Castillo Nolasco, Gisela Altagracia Cueto González, Rita María Dolores Durán Imbert, Luisa Marmolejos, Somnia Vargas Tejada, Ana María Luisa Burgos Crisóstomo, Casilda Alida Báez y Adolfo Martínez, representan décadas de servicio donde la toga no ha sido adorno, sino armadura.

Yeni Berenice lo dijo con una frase que parecía cincelada en mármol: “aunque es la primera vez que entregamos este galardón físico, el mérito que hoy reconocemos no nació ayer”. Y es cierto. Ese mérito no se fabrica en un discurso, se forja como el hierro: en el fuego del día a día, en la tensión de los estrados, en la soledad de las guardias nocturnas, en la valentía de decidir servir aunque el servicio duela.

La justicia, como la patria, también necesita símbolos. Y el pin colocado en el pecho de los galardonados fue más que un gesto: fue una medalla contra el olvido, una afirmación de que todavía existen pilares innegociables, objetividad, eficiencia y honestidad,  en tiempos donde esos valores parecen monedas escasas.

Pero este evento también dejó ver una verdad incómoda: el sacrificio del fiscal suele ser silencioso y, muchas veces, desproporcionadamente poco reconocido. La magistrada Cueto González, en nombre de los premiados, lo expresó con una sinceridad que atravesó la sala: los fiscales trabajan sin horarios, sin fiestas, con hijos que sienten la ausencia y con un estrés que no siempre encuentra comprensión ni igualdad de trato dentro del propio sistema judicial.

Ahí está el nudo de la reflexión: ¿por qué tiene que ser extraordinario que se reconozca lo que debería ser normal? ¿Por qué el servicio público, cuando es honesto, parece una hazaña y no una regla?


La noche también fue un canto a los ausentes. Los fiscales fallecidos entre 2012 y 2025 fueron recordados como se recuerdan las antorchas apagadas: con música, con respeto, con nostalgia. Porque el Ministerio Público no solo está hecho de nombres vivos, sino también de legados que siguen respirando en cada sentencia, en cada investigación, en cada causa justa.

El lanzamiento del Himno del Ministerio Público, con la Orquesta Filarmónica y el coro Koribe, fue una metáfora sonora: la justicia también necesita voz, necesita identidad, necesita una melodía que le recuerde a sus miembros que no están solos en su misión.

Este “Premio a la Trayectoria” no debería ser un hecho aislado, sino el inicio de una cultura institucional donde se valore al servidor antes de que el desgaste lo convierta en sombra. Reconocer es también proteger. Aplaudir es también comprometerse.

Que esta primera edición no sea solo un acto hermoso, sino un compromiso duradero: mejorar condiciones, garantizar retiro digno, ofrecer salud, y sobre todo, devolver humanidad a quienes han dedicado su vida a defender la ley.

Porque al final, un país no se mide solo por sus discursos, sino por la dignidad con la que trata a quienes sostienen, día tras día, el frágil equilibrio del Estado de derecho.

Y esa noche, al menos por unas horas, la justicia dejó de ser expediente… y se convirtió en homenaje.


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