El taxista que huye de sí mismo, atrapado por su propia sombra

CODIGO32-SIPRED-RELATOS

Por Rey Arturo Taveras  
En las calles y esquinas del pueblo de Tamboril, ese territorio donde el asfalto escucha más confesiones que los curas en los templos, circula un taxista que no huye del tráfico, sino de la sombra de sus pensamientos.

Conduce como quien escapa de un espejo, mira atrás con desconfianza, teme al tiempo y al porvenir, sospecha de todo lo que respira en su entorno. 

Huye de sus propios pensamientos y de enemigos imaginarios que, en su mente, lo persiguen para llevarlo a la cárcel o empujarlo a la muerte.

Según relatan pasajeros ocasionales y vecinos del barrio, el taxista vive bajo un estado permanente de alerta, atrapado en un temblor continuo de temores que limitan sus movimientos y le amputan la palabra. 

El propio taxista ha confesado que el miedo le ronda como una sombra persistente y que  cada vehículo extraño que se estaciona cerca de su casa le parece un presagio que tramnsporta la muerte. 

Sus ojos, atentos como faros en la noche, examinan a los conductores desconocidos, a quienes clava sus miradas e interroga con voz cautelosa, preguntándoles qué buscan en ese lugar o qué necesidad los ha llevado hasta allí, como si defendiera su espacio de una amenaza invisible.

Por eso ya casi no sale a ejercitarse ni a pasear su mascota canina y se escabulle como conejo asustado en su cueva o en madriguera ajena.

Padece un delirio de persecución que ha convertido la sombra en su enemiga y el silencio en refugio. Guarda, como reliquias prohibidas, aquellos pensamientos brillantes que antes de los miedos expresaba con libertad, llamando la atención y atrayendo admiradores.

Su teléfono, casi siempre apagado, es un ataúd de señales. Teme que las redes sociales sean ojos sin párpados, vitrinas de vigilancia eterna. WhatsApp, para él, es un rumor peligroso: lo usa poco, como quien camina descalzo sobre cristales.

Ahora habla con cautela y actúa con miedo. Cada palabra la pesa como si fuera una bala sobre  su cabeza y mide cada gesto, como si dejara huellas capaces de delatarlo. 

Teme a la fuerza de los grilletes, a la oscuridad y a los horrores de una cárcel que no conoce, pero que otros le han descrito con voces de espanto.

Ha restringido su vida social y laboral: sus clientes deben hacer cita previa para recibir sus servicios. El ruido de la gente le eriza el alma, y aun así, contradictoriamente, busca el abrazo del amigo, como si en ese gesto breve pudiera esconderse del mundo desconocido que lo persigue.

Lo paradójico, y trágico, es que existe un territorio donde el temor no gobierna sus pensamientos. No le teme a la embriaguez, ese estado de conciencia alterada que rompe todas las cadenas del miedo.

Se embriaga en busca de una tregua, una amnesia momentánea, un apagón interior que lo libere, aunque sea por horas, del fantasma que su mente ha creado y que no deja de acosarlo.

Entre tragos largos y botellas bajo la axila, la persecución se disuelve, la sombra se sienta a su lado y los fantasmas de su rara vida, por un rato, dejan de correr tras él. Es el momento en que aprovecha su conciencia para romper el miedo y suelta una andanada de pensamientos acumulados, incluyendo ofensas.

Psicólogos advierten que estos casos, invisibles para las estadísticas y comunes en la calle, son síntomas de una ciudad enferma de ansiedad. 

Un hombre que huye de sí mismo no necesita sirenas ni persecuciones reales: le basta con su propia mente.

Mientras tanto, el taxis sigue rodando y su conductor, asustado, acelera para escapar, sin saber que el enemigo más persistente viaja siempre en el asiento trasero de su conciencia.


Comentarios

  1. Excelente relato digno de una adaptación para la gran pantalla.

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