El taxista que huye de sí mismo, atrapado por su propia sombra

Por Rey Arturo Taveras 

Por Rey Arturo Taveras  
En las calles y esquinas del pueblo de Tamboril, ese territorio donde el asfalto escucha más confesiones que los curas en los templos, circula un taxista que no huye del tráfico, sino de la sombra de su propia vida.

Conduce como quien escapa de un espejo, mira atrás con desconfianza, teme al tiempo y al porvenir, sospecha de todo lo que respira. 

Huye de sus propios pensamientos y de enemigos imaginarios que, en su mente, lo persiguen para llevarlo a la cárcel o empujarlo a la muerte.

Según relatan pasajeros ocasionales y vecinos del barrio, el taxista vive bajo un estado permanente de alerta, atrapado en un temblor continuo de temores que limitan sus movimientos y le amputan la palabra. 

Por eso ya casi no sale a ejercitarse ni a pasear su mascota canina y se escabulle como conejo asustado en madriguera ajena.

Padece un delirio de persecución que ha convertido la sombra en su enemiga y el silencio en refugio. Guarda, como reliquias prohibidas, aquellos pensamientos brillantes que antes de los miedos expresaba con libertad.

Su teléfono, casi siempre apagado, es un ataúd de señales. Teme que las redes sociales sean ojos sin párpados, vitrinas de vigilancia eterna. WhatsApp, para él, es un rumor peligroso: lo usa poco, como quien camina descalzo sobre cristales.

Ahora habla con cautela y actúa con miedo. Cada palabra la pesa como si fuera una bala sobre  su cabeza y mide cada gesto, como si dejara huellas capaces de delatarlo. 

Teme a la fuerza de los grilletes, a la oscuridad y a los horrores de una cárcel que no conoce, pero que otros le han descrito con voces de espanto.

Ha restringido su vida social y laboral: sus clientes deben hacer cita previa para recibir sus servicios. El ruido de la gente le eriza el alma, y aun así, contradictoriamente, busca el abrazo del amigo, como si en ese gesto breve pudiera esconderse del mundo desconocido que lo persigue.

Lo paradójico, y trágico, es que existe un territorio donde el temor no gobierna sus pensamientos. No le teme a la embriaguez que produce el alcohol, ese estado de conciencia alterada que rompe todas las cadenas del miedo.

Se embriaga con cualquier licor que le prometa una tregua, una amnesia momentánea, un apagón interior que lo libere, aunque sea por horas, del fantasma que su mente ha creado y que no deja de acosarlo.

Entre tragos largos y botellas bajo la axila, la persecución se disuelve, la sombra se sienta a su lado y los fantasmas de su rara vida, por un rato, dejan de correr tras él.

Psicólogos advierten que estos casos, invisibles para las estadísticas y comunes en la calle, son síntomas de una ciudad enferma de ansiedad. 

Un hombre que huye de sí mismo no necesita sirenas ni persecuciones reales: le basta con su propia mente.

Mientras tanto, el taxis sigue rodando y su conductor, asustado, acelera para escapar, sin saber que el enemigo más persistente viaja siempre en el asiento trasero de su conciencia.


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