2028: cuando Washington pesa más que las urnas
CODIGO32-SIPRED
Por Johan Rosario
Este artículo ya lo tenía formado en la mente, casi letra a letra. Sabía cómo enfocarlo, cuál sería su contenido y hacia dónde conduciría la reflexión. Existía antes de que los hechos de Venezuela se consumaran. Solo faltaba vaciarlo y darle forma.
Hoy, tras la estrepitosa caída de Nicolás Maduro, el análisis deja de ser prospectivo para convertirse en constatación. Muchos vimos venir el desenlace si el régimen venezolano persistía en ignorar las advertencias de Washington. La historia latinoamericana es clara y reiterativa: cuando Estados Unidos señala una línea roja y esta es cruzada, no negocia; actúa.
En República Dominicana, Leonel Fernández y su hijo Omar se perfilaban con fuerza. El desgaste natural de todo segundo período de gobierno, los apagones, la crisis del agua en Santiago y otras ciudades principales, la corrupción creciente y el desencanto popular parecían dejar el 2028 servido en bandeja para la Fuerza del Pueblo. El terreno era fértil y los vientos prometedores.
Pero ese análisis era doméstico, superficial y peligrosamente incompleto, porque no incorporaba factores exógenos.
Yo venía observando otra capa del tablero: la reconfiguración geopolítica del continente y el peso real, brutal y determinante que ejerce Estados Unidos sobre países estructuralmente subordinados como el nuestro, máxime con un líder implacable de la talla de Trump.
República Dominicana no es un actor autónomo. Es un aliado dependiente. Más del 80 % de nuestras exportaciones, cerca del 60 % de nuestras importaciones y alrededor de US$10,000 millones anuales en remesas provienen directa o indirectamente de la economía estadounidense.
Nuestra estabilidad fiscal, monetaria y social se sostiene en Nueva York, Boston, Pennsylvania, Miami, Clifton, Providence, Paterson y otras ciudades donde la diáspora mantiene encendidos cientos de miles de fogones en cada rincón del país.
Eso no es ideología. Es geopolítica pura. Quien no entienda eso, no entiende nada de lo que viene. Basta observar Honduras. Allí, Donald Trump incidió de forma decisiva para rescatar políticamente a Nasry Asfura, un candidato que venía rezagado, lejos del primer lugar y sin narrativa ganadora. Bastaron señales claras, alineamiento discursivo y respaldo estratégico para provocar un repunte abrupto.
No fue casualidad. No fue azar. Fue Washington moviendo fichas.
El método ya había sido ensayado con éxito en Argentina con Javier Milei, cuyo posicionamiento era bueno, pero fue apuntalado con fuerza huracanada desde el trumpismo. Recientemente se replicó en Chile, una democracia más madura y una economía menos dependiente que la nuestra, y aun así el peso de Estados Unidos inclinó la balanza.
¿Alguien cree seriamente que República Dominicana, más frágil, más dependiente como país y más estratégico, escapará a ese patrón?
Para Leonel Fernández, el escenario no es complejo: es letal.
No solo por su cercanía histórica con el Partido Demócrata y sus encuentros reiterados con los Clinton, sino por algo mucho más grave: su alineamiento político, simbólico y emocional con el chavismo.
Fernández avaló unas elecciones calificadas como fraudulentas por casi toda la comunidad internacional. Compartió trinchera con figuras como Samper, de Colombia, en el rol de observadores complacientes, junto a otros adláteres históricos del régimen. Ha escrito, de forma reiterada, artículos vilipendiando a Trump. Y hoy, siendo coherente con su postura y alineamiento histórico, se despacha calificando el apresamiento de su buen amigo Maduro como un “secuestro” y un “acto terrorista”.
Trump no perdona.
Trump no olvida.
Trump cobra.
Pensar que un político que ha descalificado públicamente al actual presidente de Estados Unidos puede aspirar al poder en uno de sus países aliados más estratégicos e importantes del Caribe es no entender absolutamente nada del momento histórico que vivimos.
El Partido de la Liberación Dominicana podría capitalizar parcialmente el naufragio ajeno, pero tampoco es socio confiable para el trumpismo. Parte, además, desde un lejano tercer lugar, con Francisco Javier García como la única figura con estructura real y dominio estratégico dentro de las filas moradas.
Dirán que este análisis es entreguista. Que sugiere que Washington definirá lo que ocurra aquí electoralmente en 2028.
Correcto.
Eso es exactamente lo que digo.
Porque la política internacional no se rige por discursos soberanistas, sino por intereses. En ese terreno, Luis Abinader ha sido frío, audaz, táctico y funcional. No ha habido una sola solicitud del actual gobierno estadounidense que no haya sido concedida: cooperación militar sin precedentes, presencia de equipos y aeronaves en suelo dominicano y la rápida incautación y entrega del avión presidencial justamente del malogrado Maduro que se encontraba en El Higüero.
Nada de eso fue casual.
Tampoco lo fue que Marco Rubio eligiera Santo Domingo como una de sus primeras visitas oficiales tras la instalación de la nueva administración republicana, desbordando elogios y sellando la alianza en pleno Palacio Nacional.
Trump quiere un continente alineado. Gobiernos de derecha. Aliados obedientes, sometidos, complacientes con la agenda de Washington. Y República Dominicana es una pieza estratégica clave por ubicación, estabilidad relativa y valor geopolítico en el Caribe.
Por eso, en este contexto, y en el que seguirá prevaleciendo de aquí a 2028, cualquier candidato del PRM tendría el camino despejado. Carolina, David, Yayo, Guido, Winston, El Bacho, Santiago Matías o Robertico. No importa el nombre.
Incluso el perro de casa de Luis, si lo postulan, gana. Todo esto con apagones, sin agua, con Senasa atronando y ardiendo en la prensa, con corrupción en otras esferas y con el desgaste natural de un segundo período gubernamental.
Guarden este análisis. No para discutirlo.
Para verificarlo cuando las urnas hablen…y Washington ya haya decidido.
La geopolítica no avisa. Solo pasa por encima.

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