Tonito, las abejas y el susto de las mujeres

CODIGO32-SIPRED
Por Rey Arturo Taveras

En La Pingarria de Canca Arriba,  donde el viento habla bajito y el sol madruga con los gallos, cerca del barranco y la cuesta del río Canca, vivía José Manuel López Guzmán, “Tonito”, junto a su familia. Era un hombre delgado, de manos curtidas por la grasa de los motores que reparaba, de alma noble y paciente como la sombra de su cuerpo,  aunque el cigarrillo y el trago a veces le templaban los nervios.

Mecánico de motocicletas, remendador de tuberías, alambres viejos y luces opacas, así como domador de enjambres de abejas, llevaba en la sangre el rumor del campo como un secreto antiguo. 

Decían en La Pingarria de Canca Arriba que donde zumbaban abejas, allí estaban Tonito y su hermano, el inolvidable Óscar López Guzmán. Como si las abejas los llamaran por su nombre.

Una mañana calurosa, Tonito salió temprano, ayudando a su hijo Carlos Antonio López en trabajos de electricidad y plomería. El camino los llevó hasta Moca, ciudad de historia brava, de “hombres flacos, secos y medios por buen cajón”, donde las piedras guardan secretos y el aire parece recordar la historia.

Allí, en casa del empresario José López, el destino dejó de ser rutina para convertirse en urgencia de callar un zumbido que atemorizaba a la familia del comerciante. 

-Oye, Tonito… si te llevas ese enjambre de abejas que me tiene en zozobra, te pago bien.

Tonito, con el cabo de un cigarrillo colgando de los labios como un mal presagio, guardó silencio. Miró hacia donde señalaba José y contempló las abejas que allí estaban tranquilas, como en su reino. Eran abejas criollas, coloradas, brillando como ámbar vivo. Tonito sintió un temblor en el pecho, no de miedo ni ambición, sino de emoción porque era un llamado a la pasión de su vida.

Tal vez  atrapando enjambres buscaba algo más que miel, a lo mejor quería encontrar en las abejas el alma de Oscar, su hermano muerto, quien a pesar de que ya no estaba, su espíritu seguía latiendo en cada colmena, como una oración suspendida en el aire. Fue él, Oscar, quien le enseñó que la miel es dulce porque viene del sacrificio, y que quien no respeta la abeja, no merece su dulzura.

-Vamos a llevárnoslas-dijo Tonito, con voz firme, a su hijo Carlos, Así lo hicieron.

Con la precisión de quien conoce el peligro, padre e hijo recogieron el enjambre, lo encerraron en una caja de cartón y emprendieron el regreso en el jeep, que crujía como si presintiera una tragedia.

El sol caía a plomo cuando, en la carretera hacia San Víctor y Ceiba de Madera, vieron a varias mujeres jóvenes haciendo señas.

-Haz el bien y no mires a quién-dijo Carlos, deteniendo el vehículo.

Las mujeres eran obreras del tabaco, las subieron al vehículo entre risas y alegría ingenua por la “bola” que les permitiría regresar a sus casas. Pero cuando la dicha es mucha, hasta el viento la sospecha y la hace volar. 

Un tropiezo inesperado de una de las mujeres en el asiento trasero del vehículo,  al abordarlo con prisa, dejó escuchar un  golpe seco contra la caja, repleta de abejas inquietas, las que ya habían olfateado el olor a tabaco impregnado en la ropa y la piel de las mujeres. Entonces,  el mundo cambió, la felicidad murió al nacer y la alegría se apagó de golpe. El zumbido de las abejas se volvió grito. La caja tembló como un corazón enfurecido.

Entre las mujeres cundió el pánico. Las abejas rugieron con un grito de guerra, como un ejército furioso, como si el aire mismo se hubiera llenado de agujas vivas. Querían salir a atacar al intruso en defensa de su espacio, con furia y  como guardianas de un reino invadido.

-¡Hay coño…Las abejas! —gritó Tonito, con la voz quebrada por el terror.

El caos estalló y llenó de pavor a las mujeres. Las risas se transformaron en gritos. Las jóvenes saltaron del jeep como si las llamas de un fuego les quemara la piel. Sus cuerpos se enredaron entre los ribetes del asiento, tropezaban unas con otras y  el miedo las volvía torpes, vulnerables. Dos cayeron al pavimento, raspándose las rodillas con  la tierra dura y ardiente, levantándose de inmediato, porque el miedo no deja heridos en el suelo: los levanta o los entierra.

Las abejas querrían salir a perseguirlas, pero seguían atrapadas en la caja, herméticamente sellada con cinta adhesiva.

Una de las mujeres lloraba, cubriéndose el rostro; otra gritaba por su madre; otra corría sin rumbo, como si huyera del mismo infierno.

-¡Corran…por Dios!-se le escuchó decir, desgarrando el aire, a la que parecía la mayor del grupo. El camino se convirtió en un campo de huida. Porque nadie quiere morir lejos de los suyos.

Tonito reaccionó con picardía humorística al ver como las mujeres corrían despavoridas de un peligro inexistente. 

Carlos no dudó en lamentar lo ocurrido. Quería encaminar a las mujeres. Como hombre de bien, trabajador, criado en el respeto y el esfuerzo, saltó del vehículo para detener a las mujeres y decirles que las abejas no construían un peligro. 

-Tranquilas… vengan que las vamos a llevar- decía Tonito, con una voz que parecía cargar siglos de campo y de lucha.

-Las vamos a llevar donde ustedes digan. -le voceo Carlos. Pero las mujeres prefirieron llegar a sus casas a pies y no ser picadas por abejas. 

El jeep arrancó otra vez, ahora en silencio, cargando el peso de lo ocurrido y con el susto de las cansadas obreras de almacén zumbando en la caja de las abejas.

Mientras el camino se abría frente a ellos como una cicatriz, Tonito comprendió, con el alma apretada, que la vida enseña a golpes que, a veces, el dulce de la miel se cobra con lágrimas y con miedo.

Porque aquel día, en el corazón del camino, no volaron las abejas sino el instinto de salvación de cuatro mujeres que tuvieron a punto de morir de susto por temor a picadas de abejas.

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