Enjambre de abejas se posa en cara del busto de Horacio Vásquez y crea augurios en Tamboril

CODIGO32-SIPRED
Por Rey Arturo Taveras

En el centro del pueblo de Tamboril, donde el aire huele a humo de aceite y gasolina, mientras la gente toma café y hace volar memorias viejas, ocurrió un suceso que parecía arrancado de los pliegues invisibles de la superstición y de la naturaleza viviente. 

El pasado lunes 23 de este mes de marzo 2026, la Casa Museo Horacio Vásquez se convirtió en foco de atención de muchos curiosos que se agolparon en la parte frontal de ese museo de cultura e historia, para presenciar un hecho inaudito. 

No fue el canto de los gallos ni el rumor del viento lo que alteró la calma y atrajo la presencia de los curiosos, sino un zumbido inesperado, casi ritual, como si la naturaleza hubiese decidido pronunciar un mensaje en lengua secreta y anunciar el regreso de los espíritus de Horacio y doña Trina a su casa.

Pero resultó ser un enjambre de abejas coloradas anunciando su llegada a la majestuosa casa de la cultura de Tamboril, símbolo de quietud, intelectualidad y tranquilidad, donde impera la creatividad y la armonía del arte y la convivencia. 

Aquellos productivos y codiciosos insectos llegaron a la casa de Horacio girando en espiral, dibujando en el aire una danza antigua, obedeciendo a su reina, una diminuta monarca de oro vivo que parecía guiar a sus obreras y zánganos guardianes hacia un destino ya escrito en sus diminutos ojos. 

Las abejas eligieron, entre todos los rincones posibles de la inmensidad del Museo cultural de Tamboril, la oreja y el rostro del busto de Horacio Vásquez, el hombre que  gobernó la nación entre 1924 y 1930, cuyo cuerpo reposa junto al de su inseparable esposa en una cripta del templo San Rafael de Tamboril, inmóvil, pero no olvidado.

En el perfil solemne de la casa de la compositora del himno a las madres doña Trina de Moya, y del ex presidente de la República, don Horacio Vásquez, las abejas llegaron, formaron una columna y comenzaron a crear  su efímero reino.

El pueblo no tardó en enterarse de lo ocurrido y comenzaron llover las opiniones.

-Eso no es casualidad. -murmuraban las viejas en las aceras, frentes al Museo, santiguándose con dedos temblorosos.- Eso es aviso de progreso y esperanza- dijo la vecina de en frente, vendedora de empanada.

Es que en Tamboril, donde la fe y el misterio caminan de la mano, nada ocurre por simple accidente. Cada sombra tiene un significado; cada visita, un propósito.

Algunos dijeron que la llegada de las abejas era bendición. Que las abejas, criaturas laboriosas y sagradas, traían consigo la promesa de abundancia. Que su asentamiento en el rostro del expresidente no era más que un símbolo de prosperidad venidera, un augurio dulce como la miel que producen. 

-“Donde hay abejas, hay vida”-repetían los más viejos, como si recitaran un evangelio campesino.

Otros, más silenciosos, veían algo más profundo.

-Las abejas le están susurrando al oído al presidente-decía un hombre que llegó en una motocicleta y se estacionó en la esquina del piñón , con la mirada perdida hacia la casa de la familia presidencial.  

-Esas abejas vinieron a contarle al espíritu de don Horacio lo que pasa en el pueblo con el dinero de los impuestos, el cual es abundante y no se siente.- dijo un chofer de carro público. 

Así, entre rezos y conjeturas, el hecho se convirtió en leyenda instantánea.

Las abejas representan trabajo y disciplina, pero también conexión con lo invisible. Son guardianas del equilibrio, emisarias de la naturaleza, pequeñas sacerdotisas del orden universal. 

Su presencia no solo hablaba de riqueza material, sino de armonía espiritual, de ciclos que se abren y se cierran como los pétalos de una flor al amanecer.

Se decía que traían buenas noticias. Que anunciaban el inicio de un tiempo fértil, donde el esfuerzo colectivo florecería como cañaveral en temporada de lluvia.

Mientras tanto, el busto de Horacio Vásquez parecía escuchar en silencio, con su rostro parcialmente cubierto por aquel enjambre viviente, como si la historia misma estuviera siendo reescrita en sus facciones de metal.

La figura cercana de Trina de Moya, inmóvil también en su eternidad de piedra, parecía observar la escena con una serenidad cómplice, como quien comprende secretos que los vivos apenas sospechan.

El asombro creció, pero también el respeto.

Nadie se atrevió a perturbar aquel pequeño reino suspendido entre lo real y lo simbólico… hasta que la razón, siempre puntual, hizo su entrada.

Según explicó el director del museo, el pintor, caricaturista y escritor José Mercader, fue necesario llamar a un experto en manejo de colmenas para trasladarlas a otro lugar y así ocurrió. 

Con manos firmes y paciencia de apicultor antiguo, el hombre retiró el enjambre, llevándolo hacia Canca la Piedra, donde la naturaleza podría continuar su curso sin perturbar la quietud del museo.

Pero aunque las abejas se marcharon, algo quedó flotando en el aire de Tamboril.


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