Los ojos del poeta aún vigilan las palabras, después de operación

CODIGO32-SIPRED

Por Rey Arturo Taveras 

NEW YORK, EE.UU.- En la ciudad donde los rascacielos rozan el infinito y la nostalgia camina entre acentos caribeños, el poeta Martín Dagoberto López Coño enfrentó una batalla íntima: la defensa de su mirada, ese faro silencioso de luz desde donde ha contemplado la vida y la ha convertido en verso.

El escritor, declamador y gestor cultural fue sometido a una delicada intervención quirúrgica en uno de sus ojos, en un centro de salud de New York, ciudad que lo ha acogido como a un hijo durante más de cuatro décadas. 

Allí, entre pasillos blancos y luces quirúrgicas, la ciencia sostuvo un pulso con la oscuridad y, según los reportes, la esperanza ha salido victoriosa.

El poeta de Tamboril se recupera de manera satisfactoria, como quien regresa lentamente de una noche larga, con el alba asomándose en la pupila.

Nacido en 1955, Dagoberto López Coño no ha sido un simple habitante del tiempo, sino un sembrador de palabras que ritman con asonancia y significado. 

Desde que emigró a los Estados Unidos en 1973, ha ido dejando huellas como migas de pan en el bosque de la diáspora, guiando a generaciones de escritores, especialmente poetas, que han encontrado en él a un mentor y un eco de conciencia.

Su voz, áspera a veces, luminosa siempre, ha sido filo y caricia, al hablar  sin máscaras, desnudando su vida, su arte y sus luchas, como quien entiende que la verdad no necesita maquillaje.

En su andar cultural, ha tejido redes de arte y compromiso: fue parte del grupo Palabras Expresiones Culturales (PEC), donde compartió escenario con figuras como Félix D’Óleo, Sonia Silvestre y Ramón Leonardo

También integró el Grupo Cultural Terpsi, fundó el Movimiento Cultural Hatuey y ha sido miembro del grupo Jacques Viau, nombre que honra la memoria del poeta caído en la llama histórica de la Segunda intervención militar estadounidense en la República Dominicana de 1965.

Su historia recuerda que los ojos no solo sirven para ver,  sino para sostener el mundo. 

Mientras uno de ellos sana, la mirada del poeta, esa que no depende de la carne sino del alma,  sigue intacta, vigilante, escribiendo en silencio el próximo verso de su vida.


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