Relato de un Sueño
Desperté de un sueño extraordinario, fantástico, de esos que parecen escritos por la mano caprichosa de la imaginación cuando decide jugar con los hilos del universo. No era un sueño cualquiera: tenía la textura de una aventura y el aroma de lo imposible.
Allí estábamos Johan, Julio y yo, como viejos cómplices de hazañas improbables, reunidos en el umbral de algo que todavía no sabíamos nombrar. De repente, fiel a su naturaleza impredecible, Johan se destapó con una de esas invitaciones relámpago que nacen de su espíritu inquieto, como chispas que saltan del fuego.
-“Monten ahí y vamos allí.” -dijo, sin inmutarse.
Bastó esa frase, breve como un rayo, para que el destino comenzara a girar sus engranajes invisibles.
Sin más explicación, como si una brújula secreta guiara nuestros pasos, terminamos frente a una base espacial. Ante nosotros se erguía un cohete cilíndrico, alto, largo y silencioso, como un centinela metálico esperando despertar. Subimos a bordo y, en un rugido de fuego y luz, partimos rumbo a la Luna.
Allá anduvimos como turistas del universo, caminando entre silencios plateados y horizontes de polvo estelar rojizo. Nos acompañaban los niños de Johan y mis nietos, que jugaban y reían como si el cielo entero fuese su patio de juegos. Sus risas flotaban en aquel paisaje extraño como campanas de cristal en la inmensidad.
Pero no estábamos solos.
En aquella Luna improbable existía una colonia primitiva de astronautas: cohetes que entraban y salían de la base lunar como aves de hierro, trazando surcos luminosos en el vacío. Había nieve, agua y hasta vegetación tímida que brotaba entre las rocas, como si la vida hubiese decidido plantar allí su bandera silenciosa.
Cuando llegó la hora del regreso, descendimos nuevamente a la Tierra y abordamos tres vehículos de lujo, cada quien en el suyo, como viajeros que regresan de un reino secreto que pocos creerían posible. Cargamos combustible y, justo en ese instante , cuando el motor del sueño parecía encender de nuevo, desperté.
Así terminó la travesía: suspendida entre la Luna y la memoria.
Sin embargo, al abrir los ojos comprendí que aquello había sido más que un simple sueño. Fue un instante mágico y poderoso, como si una mano invisible hubiese dibujado en la noche un mensaje más grande que nosotros.
Porque allí no solo estaba el viaje entre amigos y familia. También se revelaba, casi como un símbolo sagrado, la integración de un todo que a veces creemos disperso. Las individualidades, tan celosas de su frontera, parecían desvanecerse para mostrarnos que, en el fondo, no somos más que partículas cósmicas de átomos de una misma trama universal.
En aquel paisaje lunar se manifestaban con una fuerza casi nuclear los cuatro elementos primordiales: el aire, que nos sostenía en el viaje; el agua, que brotaba como un milagro de vida en un territorio imposible; el fuego del cohete, empujándonos hacia lo desconocido y la tierra, ese polvo estelar donde los niños caminaban con la naturalidad de quien pisa su propio jardín.
Fue, sin duda, un sueño fantástico y encantado, uno de esos raros momentos en que el universo, mientras dormimos, nos permite asomarnos a su secreto.

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