La justicia se vuelve fila en violencia de género
En la justicia dominicana hay filas injustas que no avanzan porque el derecho se tuerce en el proceso de la aplicación de la ley.
Son filas que no conducen a ninguna ventanilla de redención, sino a un cuaderno de firmas donde los nombres se repiten como una condena circular, con privilegios para algunos.
En Santiago, cada semana, hombres y mujeres de rostros gastados, desvalidos e impotentes hacen turno ante la fiscalía de género para firmar un cuaderno y no volver a la odiosa carcelita del Palacio de Justicia donde la vida se convierte la muerte del alma.
No todos llegan con la culpa tatuada en la frente, muchos llegan con una historia rota en los bolsillos, con la sospecha de que la justicia los escucha, pero no siempre los oye.
La mayoría de los hombres apresados por violencia de género han sido víctima de mujeres caprichosas o despechadas que se inventan falsas agresiones para lograr el apresamiento de la víctima.
La desintegración familiar, esa casa que se cae desde adentro, es el telón de fondo de la violencia en el hogar.
Es ahí, donde el amor se agota y la palabra se vuelve amenaza y de ella nacen conflictos que el Estado intenta ordenar con leyes urgentes, necesarias, pero a veces mal aplicadas.
Proteger a la mujer frente a la violencia real es una obligación ética y jurídica; convertir la protección en atajo, en privilegio, en chantaje emocional o procesal, es una tragedia añadida.
“Yo hice cárcel porque la mujer quería que siguiera con ella obligao y yo no quise. Entonces me armo una y me trancaron.”, dice un hombre con libertad condicional. Su voz no pide absolución, pide escucha.
Otro confiesa haber pasado por la celda por negarse a entregar dinero para un viaje a su pareja y me acusó de amenaza de muerte. La denuncia, asegura, fue el arma que lo llevó a prisión.
Historias así circulan en la fila de los que van todos los meses a firmar el cuaderno que registra la presencia del que tiene libertad condicional.
No son sentencias, son síntomas de un mal generalizado en la sociedad dominicana que señalan un problema más hondo, el que indica que cuando la justicia actúa por reflejo, la verdad queda sin pulso.
La violencia de género, como delito, ocupa un lugar predominante en la población carcelaria masculina dominicana.
El dato es grave y exige políticas serias de prevención, educación emocional y seguimiento a una supervisión estricta del manejo de justicia en violencia de género.
No todo hombre denunciado por una mujer es culpable de ejercer violencia, ni toda denuncia es falsa; pero si la ley se aplica sin discernimiento, puede volverse un martillo que confunde clavos con cabezas.
En República Dominicana, la violencia contra la mujer y la intrafamiliar son una herida abierta, con miles de casos reportados.
Negarlo sería cruel. Pero ignorar los abusos del sistema, las denuncias interesadas, el apresamiento por apasionamiento, la firma eterna como castigo anticipado, también es muy cruel. La justicia no puede ser un teatro donde una parte actúa y la otra paga la entrada con su libertad.
Mientras las filas siguen con hedor a sudor y a ropa sucia avanza entre historias de engaños, papeles y firmas, se juega la credibilidad de un sistema que debe proteger sin vengarse, sancionar sin cegar, escuchar sin prejuzgar. Porque cuando la ley deja de distinguir, la verdad se vuelve sospechosa y la cárcel, un eco fácil.
La salida no está en enfrentar víctimas contra acusados, mujeres contra hombres, sino en fortalecer procedimientos, investigar con rigor, sancionar con pruebas y acompañar con humanidad.
La justicia no debe ser un grito que aplasta, sino una balanza que pesa y da a cada quien lo que le pertenece.
Solo así la fila dejará de ser condena y podrá convertirse, por fin, en camino.

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