Danny 45: El Terror de La Victoria

CODIGO32-SIPRED

Por Rey Arturo Taveras

En los pasillos húmedos del viejo penal de La Victoria, donde el moho se aferra a las paredes como una segunda piel, todavía parece respirarse el olor de la sangre del terror y la muerte que estremeció a ese centro penitenciario. 

No es un olor reciente, sino es un recuerdo espeso, incrustado en los ladrillos, que se despierta cuando cae la noche. Allí, el nombre de Juan Francisco de los Santos ''Danny 45'' sigue flotando como una oración apagada, en un rosario sin cuentas que nadie se atreve a rezar completo.

Sus arrebatos, su coraje ciego para enfrentar el peligro, y a los hombres, en peleas donde la carne del cuerpo aprendía a abrirse como fruta madura, lo convirtieron en leyenda. 

Para los pocos que se atrevían a tutearlo su nombre era Radhamés; para la historia carcelaria dominicana, un mito hecho de pólvora, sangre y miedo.

Han pasado más de treinta años desde su muerte y, aun así, su sombra parece caminar sola por la cárcel hoy vacía. Dicen que su espiritu quedó atrapado allí, rabioso, condenado a rondar los pasillos luego de que los presos fueran trasladados al reformatorio de Las Parras.

-Ese hombre fue un espiritu malo. No le tenía miedo ni al diablo- dicen los viejos presidiarios, con la voz gastada.

-Creo que el diablo lo respetaba- respondio otro al llegar a Las Parras, escupiendo al suelo, tratando de vomitar un nombre que durante años tuvo que tragarse a la fuerza por temor a la muerte.

Danny era guapo, no de rostro ni de pose, era guapo de entrañas, un hombre con coraje y sin miedo- murmuran otros al recordar los momentos de terror de La Victoria.

-Era de esos hombres que que se extraen las atripas y se laas comen, si es necesario, pero no retroceden porque no saben cómo hacerlo. Guapo porque era capaz de sacarle el corazón a un hombre con las uñas, cocinarlo en su rabia y comérselo sin culpa.- comentaba algunos presos letrados que apenas filosoban sobre los momentos de terror que vivieron.

Fue un animal hecho a golpes y condenas, sometido en reiteradas ocasiones por todos los delitos que puedan caber en una vida torcida, como si el Código Penal se le hubiera quedado pequeño, como si la ley nunca hubiera sabido qué hacer con él.

Dos versiones disputan el origen de su apodo, el que  se negara a ser el simbnolo de la muerte hecha hombre en una carcel de horror.

La primera version corre en voz baja, entre los que decian que Danny estaba condenado a quince años de prisión y que se  fugó. 
Volvió a delinquir, pero lo atraparon otra vez y le cantaron treinta más. La sumatoria de quince anos de condena mas  treinta daban   cuarenta y cinco. Desde entonces, el número lo siguió como una cicatriz tatuada en la piel.

La segunda versión es más temida. Danny amaba las pistolas calibre 45 como otros aman a una mujer. Se dice  que una vez desarmó a un teniente, le arrancó la pistola 45 de la cintura y se la devolvió con una sonrisa torcida.

-Esta porquería pesa menos que el miedo. -le dijo al oficial, mientras se le entregaba el arma, a la que antes le habia sacado el peine.

Danny no caminaba por el penal, se pavoneaba y  provocaba al andar. Violaba las reglas como quien rompe botellas por placer en una esquina oscura del barrio. 

Apostaba dados, organizaba peleas a cuchillo, encendía barbaries como fogatas nocturnas y se comía vivas las esperanzas de los otros reclusos, que bajaban la mirada cuando lo veían pasar.

El coronel Díaz Pérez intentó quebrarlo a fuerza de golpes.

-Te voy a enderezar a palos, maldito perro-le gritaba el oficial.

Danny, con el cuerpo abierto en moretones, escupía sangre y se levantaba sonriendo, como si estuviera hecho de caucho. Disfrataba el dolor y saboreaba el sabor amargo de la muerte.

-Ese palo no duele. Búscate otro. -decía-disfrutando el castigo.

El día en que los presos se amotinaron y tumbaron el régimen de Díaz Pérez, Danny estaba encerrado en una celda de castigo, condenado al silencio.

-¡Sáquenlo! -gritó una voz de mando, incendiada.

-¡No… a ese no! Es peligroso. -rogó otro, con el miedo atravesándole la garganta. Pero lo sacaron y  La Victoria ardió.

Poco tiempo después, Danny se convirtió en dueño absoluto del penal. No firmó decretos, solo repartió golpes y corto cabezas. Cobró impuestos, impuso reglas nuevas y castigos viejos. Gobernó sin piedad.

Vivía como un rey entre condenados. Lucía prendas brillantes, manejaba grandes sumas de dinero y disfrutaba el privilegio de una celda cómoda. Se decía que tenía tanto poder que, desde prisión, mandó a construirle una casa a su madre, ladrillo por ladrillo, como una penitencia invertida.

Un escuadrón de reos sostenía su gobierno y le servian de seguridad ante sus enemigos.

-Danny no cae. Danny manda.-repetían.

A sus enemigos los expulsaba o los borraba. Así nació la fractura de la poblacion carcelaria y la leyenda del Terror de la Victoria: Danny 45.

Aquilito, un recluso feroz y resentido, sin amor a la vida ni temor a l a muerte, reunió a los desplazados por el imperoio de Danny y se atrincheraron en otra zona del penal. Contaba con el respaldo de un oficial que odiaba a Danny.

-Ese no es invencible-dijo Aquilito. Es un pendejo que cree que puede contra el mundo. No lo vamos a lamber.

La frase viajó por los pasillos como una bala lenta y  los hombres de Danny se atemorizaron y lo abandonaron. Huyeron como ratones asustados. El poder se le deshizo en las manos al jefe de fuego de la Victoria, el cual seguia solo desafiante  y listo para la pelea.

-¡Váyanse todos si quieren, cobardes! -gritó, erguido como un gallo herido. Yo peleo solo. Soy un homnbre que no le teme ni al diablo. Que vengan a beberse mi sangre.

El escuadrón de la muerte avanzó con Aquilito al frente. Danny no se arrinconó y luchó como bestia acorralada. Fue una batalla de cuchillos contra cuchillos. Hubo gritos roncos, sonido de metal y olor a sangre.

Más de noventa puñaladas firmaron su cuerpo hasta perforaron como un guayo. Cada herida parecía una venganza. Sin fuerzas, se tambaleó como una muralla vencida por un terremoto de acero.

Danny 45 murió peleando el 10 de mayo de 1995, dentro del mismo penal que había gobernado.

Su cuerpo se desplomó seco, sin sangre.  Cayó en silencio. Sin miedo. Sonriéndole a la muerte. Después vino la leyenda, la que para algunos retrataba al  mayor bandido de la historia dominicana y para otros, apenas el hijo brutal de un sistema que fabrica monstruos y luego finge horror cuando estos se miran al espejo.

Pero en La Victoria, cuando la noche aprieta y los pasillos crujen, todavía el miedo habla y asegura  que  Danny 45 no murió,  solo cambió de celda, de barrio y de ciudada. Su espíritu se fue a Las Parras oculto en la memoria de los reclusos que viven en un sistema carcelario que no cambia.

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