Carlos Díaz tiene un tesoro sumergido en el abandono memorial de las autoridades.
Por Rey Arturo Taveras
Mientras las autoridades distritales hablan de desarrollo, progreso y bienestar comunitario, un importante patrimonio natural permanece a merced de la basura, la indolencia y los visitantes desaprensivos. Es una contradicción que duele y, al mismo tiempo, indigna.
La piscina no es simplemente un lugar donde la gente se baña. Es memoria, identidad y potencial turístico. Durante años representó uno de los principales atractivos naturales de la comunidad de Carlos Díaz, una localidad que ha tenido que levantarse de las adversidades y que hoy debería estar aprovechando cada recurso disponible para impulsar su desarrollo.
Lo paradójico es que, cuando parecía que todo estaba perdido, fueron unos jóvenes de otra comunidad quienes decidieron demostrar que todavía había esperanza. Sin esperar promesas, presupuestos ni discursos oficiales, llegaron con sus propias manos, limpiaron, acondicionaron y devolvieron el brillo al balneario.
Ellos hicieron lo que las autoridades debieron haber hecho.
Pero poco tiempo después, el abandono volvió a imponerse.
La basura regresó, el descuido volvió a ganar terreno y los desaprensivos comenzaron nuevamente a tratar el lugar como si fuera un vertedero a cielo abierto.
¿Y dónde está la autoridad?
Porque administrar un territorio no consiste únicamente en celebrar actividades, inaugurar obras o aparecer en fotografías. También significa proteger los recursos naturales, mantener los espacios públicos y garantizar que el patrimonio comunitario no sea destruido por la irresponsabilidad de unos cuantos.
La Piscina de Carlos Díaz necesita atención permanente, no una limpieza ocasional para apagar el fuego de las críticas.
Necesita vigilancia, zafacones, señalización, educación ambiental, mantenimiento y reglas claras. Necesita que las autoridades distritales entiendan que preservar ese espacio no es un favor que se le hace a la comunidad: es una obligación pública y una inversión en el futuro.
Un atractivo turístico desperdiciado
Mientras comunidades de otras zonas convierten sus ríos, piscinas naturales, montañas y cascadas en destinos turísticos capaces de movilizar visitantes y generar ingresos, nosotros permitimos que un recurso de semejante valor se marchite frente a nuestros ojos.
Un balneario bien administrado puede beneficiar a vendedores, pequeños comerciantes, transportistas, emprendedores, agricultores y familias enteras.
Puede convertirse en una puerta de entrada para conocer la gastronomía, la cultura y los paisajes de Carlos Díaz.
Puede generar movimiento económico.
Puede crear empleos.
Puede convertirse en orgullo comunitario.
Pero para eso hace falta visión.
La naturaleza puso el recurso; ahora corresponde a las autoridades poner la voluntad.
Carlos Díaz ya ha sufrido demasiado. Su historia está marcada por dificultades y por la pérdida de buena parte de su entorno comunitario. Precisamente por eso, cada recurso natural que permanece en pie debería ser tratado como una reliquia, como una semilla de esperanza.
No podemos permitir que la basura termine enterrando una oportunidad de desarrollo.
Los jóvenes dieron una lección
Los muchachos que limpiaron y acondicionaron la piscina dejaron una enseñanza que las autoridades deberían escuchar: cuando existe voluntad, se puede comenzar a cambiar la realidad.
Pero tampoco podemos acostumbrarnos a que los ciudadanos hagan el trabajo que corresponde a las instituciones.
No es justo exigirle a un grupo de jóvenes que limpie hoy para que mañana otros lleguen a ensuciar y ninguna autoridad intervenga.
Eso no es desarrollo.
Eso es abandono.
La comunidad necesita que las autoridades distritales despierten de ese letargo administrativo y miren hacia ese rincón natural que podría convertirse en uno de los principales atractivos de la zona.
Porque un pueblo que descuida sus recursos naturales termina pagando dos veces: primero pierde el patrimonio y después pierde las oportunidades económicas que ese patrimonio podía generar.
La Piscina de Carlos Díaz todavía puede salvarse.
Pero para lograrlo se necesita menos indiferencia y más acción; menos discursos y más trabajo; menos fotografías y más presencia.
Que las autoridades no esperen a que la piscina desaparezca bajo la basura para descubrir su valor.
Carlos Díaz no está pidiendo un milagro. Está reclamando que cuiden lo que la naturaleza le regaló.
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