Salvador Lizardo, su familia, sus negocios y su legado en Tamboril

CODIGO32-SIPRED
DATOS: Hamffordq Lizardo 
                    Domingo Caba Ramos 
REDACCIÓN: Rey Arturo Taveras

“Salvador Lizardo: el hombre que hizo de la honradez un legado y de Tamboril su eternidad”

TAMBORIL, R.D. -Al pie de la Cordillera Septentrional, donde los vientos alisios descienden bailando desde las montañas, se levanta, en el corazón del Cibao, un pueblo laborio como colmena de abejas en panal. De clima agradable y entrañas fértiles, Tamboril es tierra donde el sudor humano fecunda la semilla del trabajo y hace germinar el desarrollo.

Por sus bondades naturales y productivas, este municipio ha sido refugio de forasteros que, seducidos por sus encantos naturales, decidieron quedarse para siempre. Entre ellos, un hombre cuya vida terminaría fundiéndose con la memoria colectiva del pueblo: Salvador Antonio Lizardo Polanco.

Nacido el 20 de octubre de 1927, en Guanábano, Moca, provincia Espaillat, hijo de Bartola Lizardo y Antonio Polanco, fue heredero de una estirpe humilde, pero digna; de esas que paren hombres de temple, descritos como “flacos, secos y medios por buen cajón”, aunque Salvador era de contextura más robusta y  firme como su carácter.

Desde temprana edad comprendió que el trabajo dignifica al hombre”, y que el progreso no es un regalo, sino una conquista diaria, con esfuerzo y constancia. Su espíritu se templó como el acero: entre carencias, dedicación y una voluntad inquebrantable de sembrar para luego cosechar.

Corría el año 1955 cuando, con la madurez que otorgan los años vividos con dureza y la esperanza como equipaje, llegó a Tamboril de la mano y bajo la confianza de Arístides Dajer, miembro de una familia de comerciantes de origen árabe: Los Dājer o Dāyir, con raíces libanesas y pakistaníes, fue una estirpe que en Tamboril supo transformar el trabajo en industria y el ingenio en prosperidad, a través de la empresa “Hermanos Dajer”.

Arístides buscaba un hombre trabajador y leal. En Salvador encontró mucho más que eso: una ética incorruptible y una responsabilidad sin fisuras. La relación entre ambos trascendió lo laboral y se tornó casi sagrada, sellada por el compadrazgo, ese vínculo que en la cultura dominicana se eleva a la categoría de hermandad.

Así comenzó Salvador su andar en el comercio, aprendiendo el valor del trato justo, el peso exacto de la honestidad y la importancia de la palabra cumplida. Con el tiempo, su buen nombre se expandió por Tamboril como la fragancia de un perfume agradable e inolvidable.

El destino, siempre preciso, lo condujo luego hacia la familia Martínez. Don Emiliano Martínez, próspero comerciante de tabaco y café, dueño de un emporio que se extendía desde las lomas de la Cordillera Septentrional hasta los patios de secado y almacenamiento, en La Cruz del Ahorcado, le ofreció una oportunidad de trabajo  mejor remunerada que la de Los Dajer.

Tras conversarlo con Aristides, Salvador aceptó la propuesta de don Emiliano, porque como reza el dicho, “por su mejoría, cualquiera su casa dejaría”. Pasó a encargarse del pesaje del tabaco y del café que llegaban a los almacenes en recuas de mulos desde las montañas de Carlos Díaz, Amaceyes y otras comunidades, así como desde diferentes pueblos del Cibao.

Fue allí, entre sacos, balanzas, bajo el olor a tabaco y a sudor, donde encontró algo más que sustento: el amor de su vida. Entre trabjo y responsabilida, conoció a Silvia Martínez, hija de don Emiliano y de doña Nena, mujer de temple sereno y vocación de hogar. Con ella formó una familia sólida, levantada sobre el respeto, el cariño y los valores humanos.

Tuvieron a sus hijos Pedro y Hamfford Lizardo Martínez, y acogieron y educaron como propia a Fineta, hija de Silvia de una relación anterior, cuyo padre fue un reconocido sastre santiaguero, propietario de una famosa lavandería de la calle Restauración de la ciudad corazón. 

Mientras Salvador crecía en el mundo de los negocios, Silvia y su madre Nena sostenían el hogar y se encargaban de la educación de los niños, ese pilar silencioso donde se edifican las verdaderas grandezas.

Tras años de trabajo junto a su suegro, donde llegó a ser hombre de absoluta confianza, especialmente en el delicado oficio del pesaje del tabaco, labor que exige precisión, responsabilidad y honradez, decidió emprender su propio camino.

Con más fe que recursos, abrió su primer colmado en la calle Juan María Capellán, cerca de “La Javilla”. Aquel pequeño negocio fue, en realidad, una trinchera de sueños.

El crecimiento empresarial no tardó en llegar. Con el apoyo del mayorista en provisiones Ramón Amaro, asumió la administración de un establecimiento comercial en la avenida La Altagracia, al lado del antiguo teatro, hoy Biblioteca Tomás Hernández Franco, donde consolidó su experiencia y desempeño en el mundo de los negocios.

Luego, con el respaldo de su suegra doña Nena, quien le facilitó el capital inicial para su propio emprendimiento, adquirió un solar, construyó una edificación  y levantó su negocio. Amaro le cedió a crédito las mercancías del negocio que administraba y, luego de un trabajo incansable y tesonero saldó cada deuda con la puntualidad de quien entiende que las obligaciones son tanto económicas como morales. Su palabra comenzó a valer tanto como su persona y  su firma de hombre serio y trabajador.

La vida, generosa con los hombres justos, le devolvió con creces el valor de su trabajo y altruismo. 

Tras la muerte de doña Nena, su cuñado el Dr. Armando Martínez (Ico), en un gesto de gratitud por sustentar a su madre, doña  Nena, en la postrimería de su vida, le cedió los terrenos donde funcionaron los almacenes de su padre en La Cruz del Ahorcado, reconociendo en Salvador a un yerno que cuidó con amor a su suegra y  fue sostén familiar.

Pero sería en la avenida La Altagracia, frente al parque central de Tamboril, donde Salvador dejaría su huella más profunda. Allí, su negocio creció hasta convertirse en proveedor de mercancías del pueblo, de familias adineradas, del ayuntamiento y del hospital municipal.

En la década de 1970, ante una deuda acumulada por el cabildo y el hospital en su negocio, el entonces síndico, Antonio Cabrera, saldó el compromiso mediante la concesión de un terreno estratégico, donde funcionaba el cuartel local que seria trasladado a la calle Real, próximo a Los Piñones, cuya venta fue  respaldada por una ordenanza municipal y un decreto del presidente Joaquín Balaguer.

De aquella transacción, entre necesidad y destino, nació un símbolo: La Carretilla.

La Carretilla: altar cotidiano de un pueblo

Fundada el 2 de abril de 1977, y administrada por su hijo Hamfford Lizardo, La Carretilla trascendió su condición de negocio. Fue restaurante, bar, heladería y punto de encuentro; pero, sobre todo, fue el corazón social de Tamboril, donde la amistad se conjugaba con alegría y el solaz experimento. 

Como bien describiera el catedrático Domingo Caba Ramos, “aquel lugar se convirtió en un espacio donde la confianza era moneda corriente: se consumía primero y se pagaba después, porque la palabra aún tenía valor”.

En su blog, Domingo Caba establece que, entre risas, partidas de billar y canciones de vellonera, generaciones enteras encontraron allí un refugio. Los camareros, “Tite” y “Chirrí”, se volvieron parte del paisaje emocional del pueblo.

Salvador Lizardo no solo construyó negocios, edificó confianza. No solo levantó paredes: sembró pertenencia y forjó un nombre respetado y una familia admirada.

Murió en 2011, en su residencia de la calle 27 de Febrero número 10. Pero no se fue del todo, porque en Tamboril, cuando el viento baja de las lomas y se mezcla con el aroma del café y del tabaco, todavía parece escucharse, como un sonido persistente, el eco de su nombre como uno de los empresarios que con sudor y sacrificio sembró la semilla del desarrollo, en Tamboril.







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