La violencia, temor, irrespecto y supuerioridad generan peleas entre policias y civiles en R.D.
En las calles ardientes de la cotidianidad dominicana, así como en otras latitudes donde el uniforme policial o militar pesa más que la consciencia y la palabra, se libran batallas épicas que muchas veces terminan en tragedia.
La violencia entre policías y soldados contra civiles que se resisten a ser detenidos es un relámpago que estalla en una tormenta ya cargada de emoción y adrenalina.
Miedo, orgullo, estrés y una peligrosa sensación de superioridad se entrelazan como serpientes enredadas en el mismo árbol grandeza del protector social y del civil, que a veces se convierte en verdugo opresor para imponer el orden.
De un lado, el agente entrenado para sospechar hasta de su propia sombra; del otro, el ciudadano que, al sentirse acorralado, convierte su dignidad en trinchera y reclama su condición de ciudadano con derecho inalienables, parte del poder social que merece respeto.
En ese instante de controversia y ceguera irracional, el cerebro humano activa su mecanismo más primitivo: luchar o morir y, en ocasiones, no doblegarse.
La razón se encoge, la adrenalina crece como un río desbordado y la calma se vuelve un lujo imposible.
El agente ya no ve a un ciudadano con derechos civiles, sino una amenaza, y pone en práctica su instinto de superioridad aprendido; mientras que el civil ya no ve a un protector, sino a un opresor que vulnera sus derechos.
La escena se repite con inquietante frecuencia. La doctrina policial del control, arraigada en muchos cuerpos de seguridad del Estado, enseña a dominar, someter y neutralizar.
Sin embargo, pocas veces enseña a escuchar, negociar, dialogar y desescalar. Así, cuando la resistencia aparece, la respuesta suele ser un martillo que golpea, hiriendo tanto el cuerpo como el orgullo, incluso cuando lo que se necesita es una mano abierta de comprensión y hermandad.
A esta ecuación se suma una cultura institucional que, en algunos casos, confunde autoridad con dureza, obediencia con sumisión y respeto con miedo.
La desobediencia se percibe no como un derecho cuestionable, sino como una afrenta personal. Y en ese terreno, el orgullo, afilado como cuchillo, puede cortar más que cualquier arma.
El civil que se resiste también carga su propia tormenta: desconfianza, frustración, desconocimiento de sus derechos y deberes y, en ocasiones, una reacción impulsiva que alimenta el conflicto. Dos fuegos no apagan el incendio; lo multiplican.
La falta de formación en manejo de conflictos, tanto en agentes como en ciudadanos, agrava el problema. No todos los uniformados reciben entrenamiento suficiente en comunicación o control emocional. No todos los civiles entienden los límites legales de la autoridad ni las consecuencias de resistirse. En ese vacío, crece la violencia como mala hierba.
Cada caso, sin embargo, es un universo. El cansancio de un agente, una experiencia traumática previa, prejuicios arraigados o un día particularmente tenso pueden inclinar la balanza. Del mismo modo, el historial, el contexto emocional o la percepción del civil pueden encender la chispa.
Lo que sí es innegable es el principio que debería regir toda intervención: el uso de la fuerza debe ser legal, proporcional y necesario. Cuando ese equilibrio se rompe, lo que queda no es autoridad… es abuso. Y el abuso, tarde o temprano, deja cicatrices que no solo marcan a los involucrados, sino a toda una sociedad que observa, juzga y, muchas veces, teme.
Porque, al final, la verdadera pregunta no es quién tuvo la razón en ese segundo de furia, sino por qué seguimos llegando a ese punto donde la razón deja de existir.
Mientras esa respuesta no se construya con formación, empatía y justicia, la calle seguirá siendo escenario de un mismo drama: dos voluntades chocando, dos miedos enfrentados y una verdad que se desvanece entre gritos y sirenas.

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