Ramón Antonio Arias (Mon Arias)
CANCA LA PIEDRA, R.D.- En los caminos serpenteantes de Canca La Piedra y Los Amaceyes, donde el sol cae como un yunque ardiente sobre la espalda del hombre, se movía la figura convertida en leyenda de Ramón Antonio Arias, al que el pueblo bautizó con respeto y temblor como “Mon Arias”, hombre de temple: flaco, seco y medio por buen cajón,
Fue un padrote en el sentido más antiguo y profundo de la palabra, no por arrogancia, sino por su estatura moral de hombre con palabras de peso que valían más que el dinero y que cualquier firma.
Su seriedad era una casa de puertas cerradas y cimientos firmes; hablaba poco, pero cada palabra suya tenía el peso de una sentencia. En su mirada vivía el campo entero:la tierra, la sequía, la lluvia, la esperanza y el milagro de la cosecha.
Mon Arias sembraba la tierra y la fecundaba con el sudor de su frente y la furia del machete, como si cada surco fuera una promesa y cada semilla una oración esparcida en sus fincas de la loma y de Canca La Piedra .
Así como hacía parir la tierra, también multiplicó la vida regando su sangre y sus genes, dejando una descendencia vasta como los horizontes que recorría.
A lomo de mula, como hombre humilde de los hombres del campo, cruzaba los caminos entre Canca y Amaceyes, armado con el valor de su espíritu fervoroso, un revólver, una escopeta, un cuchillo y un colín, así como con una voluntad de hierro inquebrantable.
Las armas que portaba no eran símbolo de violencia, sino de resguardo, custodios silenciosos de su esfuerzo, centinelas de su familia, pero también para sembrar el respeto ante posibles facinerosos.
Era un hombre que caminaba con la dignidad de los robles y la firmeza de las montañas. No conoció el descanso fácil ni la vida regalada; su destino fue labrar, sostener y multiplicar frutos y proles.
Cada hijo, cada hija, fue una extensión de su lucha, un testimonio vivo de su responsabilidad.
Mon Arias fue raíz y fue tronco. Fue el hombre que convirtió el sacrificio en herencia y el trabajo en apellido. Aún hoy, en la memoria de los suyos, su nombre no se pronuncia: se honra.
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