Bladimiro Blanco: de Canca Arriba al exilio revolucionario en Bruselas
En la historia reciente de la República Dominicana hay períodos que no se cuentan: se viven, se sienten y se padecen. Así, los llamados doce años de Joaquín Balaguer son recordados como noches largas, sin luna ni aliento, donde la esperanza de ver salir el sol caminaba con miedo y la palabra “justicia” parecía susurrarse a escondidas.
En ese tiempo de sombras emergió la figura de Bladimiro Blanco Martínez, un hombre que convirtió su vida en trinchera y en batalla de honor.
Blanco Martínez nació en un apartado paraje, enclavado al pie de la Cordillera Septentrional, donde el viento parece contar historias antiguas.
Creció en un hogar de agricultores que labraban la tierra a filo de machete y la regaban con sudor amargo para hacerla parir el sustento familiar.
En Canca Arriba, su infancia fue una mezcla de tierra fértil, caminos de polvo y sueños que no cabían en el horizonte rural; sueños que perseguía en silencio, como quien intenta atrapar mariposas entre los montes de cambrones y aromas espinosos.
Allí, entre cafetales y conucos, empezó a escribirse, sin que nadie lo supiera, la historia de un hombre que terminaría echando raíces en otros pueblos del país y extendiéndose a otro continente.
Medio siglo después, su nombre resuena con respeto en la comunidad dominicana de Bruselas, ciudad que lo acogió y que él aprendió a llamar “hogar”, como quien adopta una patria sin renunciar a la memoria de su adorada Canca Arriba.
Guillermo Bladimiro, hijo de Antonio Blanco y Mercedes Martínez, no quiso heredar la vida agrícola y decidió irse a vivir a la capital dominicana, dejando a sus padre y el cariño de sus hermanos Juan Bautista (fallecido), José Francisco, Antonia Mercedes, Mónica, Felicia Altagracia y Alfonso Rafael Blanco Martinez.
Según cuenta a quienes lo entrevistan, se negó a empuñar el machete para labrar la tierra. Quería cultivar algo más que rubros agrícolas: buscaba servir a su pueblo desde la esfera política y social.
-«La tierra me enseñó a resistir, pero no a quedarme en el campo trabajando machete. Yo no quería eso. Por eso solo hice los estudios primarios en la escuela de Tamboril y no cursé los secundarios, porque decidí irme a la capital dominicana»-dijo en el episodio especial de Un Café en la Embajada dominicana en Bélgica.
A los 16 años, como tantos jóvenes dominicanos empujados por la necesidad de destacarse y sobresalir en la sociedad, emigró a la capital dominicana buscando una grieta por donde colarse en el futuro.
Al llegar, encontró sustento entre los cables de la Compañía Dominicana de Teléfonos (CODETEL), donde trabajó y despertó su interés por la vida social de choques de ideas y emociones filosóficas partidarias.
El sindicalismo se convirtió en su escuela política, en su trinchera y en su voz. Fue delegado sindical, luego segundo en jerarquía del sindicato de la empresa donde trabajaba y, más tarde, una piedra en el zapato del poder.
Antes de entrar a trabajar en CODETEL, ya militaba en el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, organización que llevaba en su nombre el eco de la resistencia.
Tras la Guerra Civil Dominicana de 1965, la militancia de izquierda tuvo que aprender a disfrazarse de sindicato para sobrevivir al régimen de Balaguer.
El país quedó suspendido entre la reconstrucción y la represión policial del gobierno. Bajo el mandato de Balaguer, el orden se impuso a capa y espada, con luz ardiente y cortante que apagaba ideas y ahogaba a la juventud revolucionaria en sangre.
En ese escenario, los sindicatos se convirtieron en refugios de ideas, y la política de izquierda aprendió a hablar en voz baja el idioma del sindicalismo como salvo conducta de vida social y política.
En 1966, tras encabezar una huelga contra la posible deportación de Francisco Alberto Caamaño y otros constitucionalistas, Bladimiro fue cancelado de la empresa telefónica por liderar esa movilización.
Sin trabajo y perseguido por el régimen, el camino lo llevó a San Pedro de Macorís, en el Este del país, donde el azúcar endulzaba la economía mientras ocultaba las amarguras obreras.
Allí, entre asambleas y movilizaciones, se sumergió el muchacho de Canca Arriba en la lucha sindical azucarera junto a figuras como Guido Gil, Rafael “Fafa” Taveras, Julio de Peña Valdez, Otto Morales Efres y Amín Abel Hasbún.
Bladimiro explica que muchos militantes del 14 de Junio pasaron al Movimiento Popular Dominicano (MPD), bajo la dirección de Maximiliano Gómez (El Moreno). Era una época en la que la esperanza de los obreros caminaba de la mano con el peligro.
Bladimiro fue apresado dos veces. La primera, golpeado brutalmente y condenado a tres meses de prisión, acusado de planificar atentados contra políticos y personalidades. La segunda, señalado como comunista y agitador de masas, sin sentencia condenatoria, por falta de pruebas, pero con un destino impuesto por el dedo acusador de Balaguer y de la CIA : el exilio.
Junto a otros sindicalistas, partió hacia Europa, continente que no fue una elección, sino una expulsión disfrazada de voluntad personal de los repatriados que supuestamente irían becados a los países destino.
El avión que lo sacó del país hizo escala en Madrid, donde la historia le tendió otro capítulo: el reencuentro con la periodista Aleyda Fernández y su hermana menor, también apresadas y deportadas al ser enmarcadas por la persecución de Balaguer y los organismos de inteligencia de Estados Unidos.
Luego, de España, pasó a París, ciudad de tránsito y de respiro breve, antes de que el destino volviera a bifurcarse y lo llevara con destino a América del Sur.
Llegó a Chile, la tierra de Salvador Allende, que se convirtió en una estación forzada, casi médica, un paréntesis en la huida, pues allí enfermó. Pero, tras conocer a la belga Ena, la cual sería su mujer, junto a la cual preparó un vuelo a Bélgica donde la historia dejó de correr y comenzó a asentarse.
Bruselas: la patria adoptada
Chile lo vio partir nuevamente hacia Europa. Llegó a Bélgica acompañado de Ena, la mujer que le mostró amor incondicional y eterno para siempre , lo ancló en su tierra y le parió hijos.
Se establecieron en Bruselas, donde Bladimiro volvió a empezar consiguió trabajo y la comunidad lo acogió como a un hijo.
El 1 de abril, fecha que recuerda como si fuera la de su nacimiento, consiguió empleo en una corporación, donde logró que lo introdujeran al sindicalismo europeo.
Allí, junto a compañeros como Carlos Tomás Hernández, reconstruyó su identidad en otro idioma, en calles ajenas que poco a poco se volvieron propias, como si fueran los callejones de Canca Arriba o los trillos de Nigua donde recolectaba mangos, guayabas, mamones y otras frutas.
Convertido en líder social, cual si fuera en San Pedro de Macorís, su casa se convirtió en refugio de inmigrantes, sin metáforas ni ambages, sino literalmente real: un albergue para dominicanos y otros refugiados que llegaban huyendo de diferentes países buscando sobrevivir, resistiendo presiones políticas y económicas,
Su hogar en Bruselas se convirtió en puerto en medio de la tormenta, centro de tertulias y peñas de amigos, refugio de memoria, de lucha y reconocimientos al mérito.
Bladimiro también participó en misiones delicadas, como la investigación en Europa del asesinato de Miriam Pinedo, viuda de Otto Morales, ocurrido en 1971. La política, incluso en el exilio, no dejaba de perseguirlo.
Décadas más tarde, en noviembre de 2024, la Embajada dominicana en Bélgica reconoció su trayectoria junto a otros miembros destacados de la diáspora. Fue un acto simbólico: la historia que antes lo expulsó, ahora lo abrazaba.
En la postrimería de su vida, Bladimiro reside en Bruselas, acompañado de Ena y sus hijos. Habla de Bélgica como quien habla de un amor maduro: sin estridencias, pero con profundidad. Sin embargo, Canca Arriba sigue latiendo en su memoria como un tambor lejano donde permanecen atrapados los recuerdos de su infancia.
Confiesa que no descarta volver a su lar nativo , pero no para quedarse, sino para cerrar el círculo de su vida, antes de morir.
Su historia no es solo la de un exiliado, sino la de un puente humano entre la República Dominicana que lo vio nacer y la Bélgica que lo vio resistir.
Guillermo Bladimiro Blanco es más que un nombre en la historia de los doce años de Balaguer Es, más bien, una metáfora viva en un país que, incluso en sus noches más largas, nunca dejó de parir hombres capaces de resistir la oscuridad con la terquedad de la luz, en medio de la represión y la necesidad de los gobiernos de sepultar las mentes que brillan con luz propia y ponen en juego los intereses del poder político y económico de los países en desarrollo.
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