Tonito y el enjambre de abejas del infierno en el autobus

CODIGO32-SIPRED-RELATOS
Por Rey Arturo Taveras

José Manuel López, “Tonito”, salió a tempranas horas de la mañana de su casa, en La Pingarria de Canca Arriba, con un saco, una careta de apicultor y un ahumador. Se dirigió en su motocicleta C-70 hasta Canca La Piedra, donde la dejó estacionada en la gasolinera. Luego abordó un carro de concho rumbo a Santiago, desde donde partió hacia la Línea Noroeste en busca de un enjambre de abejas.

En los caminos polvorientos de la Línea Noroeste, donde el sol cae como un yunque encendido sobre la tierra, comenzó a desarrollarse una historia con zumbidos de destino y olor a miel añeja.

Tonito, mecánico de motocicletas y apicultor de corazón, era de esos hombres que entienden que en cada abeja late un pequeño milagro.  Hijo de los agricultores David López Aponte y María Guzmán, llevaba en la sangre la paciencia del campo y en las manos el oficio de reparar motores y también colmenas de abejas.

-Oye Tonito. por allá, en Montecristi, hay un enjambre de abejas criollas, coloradas, en el patio de una casa. Son un tesoro que produce muchísima miel.- le informó un amigo-casi en secreto, como quien anuncia un presagio.

Tonito, que sabía que “quien busca, encuentra”  no lo pensó dos veces. Fue tras ellas, no solo por miel, sino porque  quería sumarlas a la colmena que había dejado su difunto hermano Óscar López, mecánico de radio y televisión, apicultor legendario y mayor productor de miel en Canca La Piedra y Tamboril.

Óscar ya no estaba, pero su legado seguía zumbando en el aire, como una oración inconclusa en el patio de la casa donde ambos vivían.

Cuando llegó a Montecristi, Tonito encontró el enjambre en el tronco de un árbol, en el patio de una casa, tal como le había dicho el amigo. Encendió el ahumador, se colocó la careta y localizó a la reina de las abejas, esa corona diminuta que gobierna el caos del enjambre. Entonces tomó una decisión tan valiente como imprudente: transportarlas en un saco desde tan lejos hasta Canca La Piedra, en Tamboril.

Más de 120 kilómetros de viaje en un autobús lleno de gente, bajo el rigor de un verano atípico, ardiente y cruel.

Tonito olvidó el refrán que le repetía su madre María: “El que juega con fuego, se quema… y el que juega con abejas, se hincha”. Recogió las abejas, las metió en el saco y lo cerró con una hebra.

Abordó un autobús sin aire acondicionado, con sus abejas como acompañantes secretos que viajarían de forma ilegal sin el consentimiento del conductor ni del ayudante. El vehículo era un horno rodante con más de treinta almas sudando resignación. En el maletero, el saco de Tonito vibraba como un corazón atrapado en un cuerpo enfermo. Las abejas, encerradas, comenzaron a inquietarse y a revolotear, procurando salir del encierro.

El autobús avanzaba saltando entre hoyos y desniveles del camino, lo que incrementaba el suspenso del cargamento secreto.

Cuando por fin llegaron a Santiago, bañados de sudor, el autobús se detuvo en una parada y los pasajeros respiraron aliviados, pensando que lo peor del viaje había sido el calor. No imaginaban que apenas comenzaba el terror. 

Cuando el ayudante del chofer abrió el maletero, lo primero que salió fue el saco, moviéndose, casi vivo, emitiendo un sonido tenebroso que asustó a todos, menos a Tonito que esperaba tranquilo por su saco lleno de abejas. 

Un zumbido espeso, extraño, como el murmullo de un ejército con alas que luchaba por escapar de un encierro caluroso.

Tonito bajó del autobús y, al percatarse de la revolución dentro del saco, sintió que el mundo se detenía a sus pies.

La presión del enjambre había hecho su trabajo: la hebra que cerraba la boca del saco se rompió como una promesa sin fe. El enjambre escapó justo cuando los pasajeros descendían del cansado autobús. 

Las abejas inundaron el entorno como un río furioso. Volaron libres, picaron enfurecidas, giraron en torbellino y persiguieron a todo el que obstruía su vuelo, incluyendo a Tonito.

La escena parecía un castigo bíblico en la parada de autobuses de la Línea Noroeste en Santiago. El ambiente se convirtió en un infierno dorado, hecho de aguijones.

No hubo tragedia mortal porque el vehículo estaba estacionado. De haber estado en marcha, el accidente habría sido catastrófico.

Tonito, pálido, con el susto trepado en la garganta, apenas murmuró:

-¡Madre mía!

Algunos pasajeros terminaron con picaduras y otros rasguños, al caerse en su afán por escapar, con el miedo tatuado para siempre en el alma. 

La policía no apresó a Tonito, porque no hubo maldad, solo un error gigantesco, nacido de la ingenuidad sobre el comportamiento de los animales en encierro, sin aire ni luz.

Tonito regresó vacío: sin enjambre, sin miel y sin la esperanza de sumar otra colmena, con su reina, zánganos y obreras, al legado de Óscar, que ya comenzaba a declinar.

Con el corazón golpeándole el pecho como un motor desbocado, desde aquel día quedó flotando en Tamboril y Canca la leyenda de Tonito: el hombre que viajó por más de 120 kilómetros con un enjambre de abejas bravas encerradas en un saco dentro de un autobús.


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