Muere Rafael Rodriguez TAMACUN, El Yoga de Tamboril

CODIGO32-SIPRED
Por José Mercader 
Nadie sabe cómo fue a parar al circo que se instaló en los terrenos del Monumento de Santiago. Entre las tareas diversas que le asignaron cuenta el peinar al león, cepillarle los dientes al tigre, bañar el elefante, distribuir guineos a los monos, recortarle las uñas a la mujer con barba y darle su recortadita; hacer reír a los payasos cuando recibían su mísero salario; asegurar que los trapecios estuvieran bien amarrados y velar por el buen mantenimiento de las herramientas del mago. Esto le ganó su confianza y lo convirtió en su ayudante. 
Desde los tablones que hacían de gradas, bajo las lonas destempladas,  los vi un día que fui con Ticha y Moma. 
El elefante quedó inmortalizado en el lente de Edward Butler después de haber hecho la tarea de Física de Dinápoles Soto Bello. 
La curiosidad de Rafael fue su mejor aliado para convertirse en un espía perfecto. En los primeros números del mago, Rafelito le suministraba todo lo necesario para su espectáculo: una caja rectangular para meter a una mujer acostada como un muerto, un serrucho bien amolado para cortarla en dos, un sombrero de copa o bombín, tres palomitas escondidas en los forros, un juego de barajas que el mago hacía volar por los aires y recogía con la destreza de un jugador de póker de cualquier novelita de vaquero de Marcial Lafuente Estefanía; un paquete de hojas de “caribe” que el artista de la magia se comía y un jarro con agua que le servía de escondite cuando las tenía bien masticadas; una esponja pegada en el fondo de una taza que absorbía el agua vertida y que con gestos de sapiencia el misterioso personaje volteaba sin que cayera una sola gota; las monedas de a peso para hacerlas desaparecer y sacarlas de repente de atrás de la oreja de cualquiera de los espectadores.  El sable que el mago se tragaba como si fuese un guineo largo y las antorchas cuyo fuego eran un manjar exquisito y que hacía que el público aplaudiera sin cesar. 
Rafael Rodríguez tenía menos de 20 años y ya conocía todos los trucos de los trucos. En modesta casa de Tamboril empezó a practicarlos todos y hasta se inventó unos cuantos más, En vez de comerse las hojas de periódicos se comía los suplementos de muñequitos en colores y decía que era una ensalada de héroes; en vez de palomas sacaba cotorras hasta que un día una se asfixiaba en el fondo del sombrero y empezó a gritar ¡cucaaaa!, ¡cuuuuucaaaa! Regresó a las palomas sin mas remedio. 
Cuando el circo levantó las once anclas que lo fijaban en donde Bojo practicaba pelota con sus equipos de niños de la Joya, Tamacún se quedó sin empleo. 
Fue entonces cuando le propusieron que se uniera a “los caballitos” que con sus sillas voladoras y estrella gigante alegraban la niñez de las fiestas patronales, aunque no le ganaban en atractivo al desfile que hacía Francisquito La Perra de los Rieles montado en sus burras y montantes gallitos amarados al rabo, los que prendía cuando pasaba frente a la multitud aglomerada debajo del laurel en el parque frente a la iglesia. La población, mayormente campesina, se arrastraba de la risa como si les contaran aquellos cuentos de Pedro Animal y Juan Bobo. 
En los caballitos se presentó con una selección de números de magia, disfrazado de mago con un traje que La China de Publio le hizo por diez pesos. 
Una vez terminada la fiesta, “los caballitos” recogieron y se fueron a otras patronales, pero Tamacún no los siguió. El éxito ganado le dio la idea de convertirse en un espectáculo sin necesidad de circo ni caballitos. Era la época dorada del muñequito que nos llegaba de México y que sin mancar llevábamos al matinée cada domingo para cambiarlo por otros y cuando en el parque Tony Capellán tenía un puesto con novelitas y revistas. Es así como apareció Tarzán el hombre mono, y tantos personajes. Tamakún, con k, era un mago a caballo que realizaba las más increíbles de las aventuras imaginadas en la misma casa Editorial Novaro que fabricaba a Kalimán, y traducían al Fantasma, y los demás de origen norteamericano. 
Tamakún, el vengador errante, fue el nombre perfecto que encontró Rafael para rebautizarse y lanzarse en la carrera que le dio tanto dinero a Houdini.
Tamacún armó su equipo de ayudantes y anunció pomposamente un gran espectáculo que El Cibao no olvidaría jamás: La crucifixión de Tamacún. Ese domingo Las Águilas jugaban en el Quisqueya contra el Licey, en un duelo de Octavio Acosta contra Guayubín Olivo y por tanto el Estadio estaba vacío. 
Es así que para el mes           del año           (borroso en el original) Tamacún, el doctor D’Meza y otros se preparaban para clavarlo frente a un público que llenó de bote en bote palco, bleachers y graderías por el precio módico de              (borroso). Con un tremendo marrón y unos clavos enormes, para que el público los pudiera ver desde lejos, el verdugo procedió a ejecutar su parte. Una vez clavado entró por la puerta del right field una ambulancia a to’meter y como la jom del Diablo para llevarse al Tamacún casi desmayado y que el doctor, agitado, apuraba y gritaba “¡rápido que se desangra!, no fuera que  algún curioso descubriera la salsa de tomate que lo salpicó en el momento que dejó a todos con los ojos más que abiertos y la boca tapada con las dos manos. Solo dio tiempo para que el fotógrafo de La Información lo retratara para darle un toque de veracidad y de indudable realismo al hecho. 
Después de su migración a “lo Nueva Yore” no se le oyó mentar nunca mas hasta su regreso con planes de participar en los carnavales. Sus máscaras, todas de una creatividad tamacuniana, no tuvieron la acogida que él pensaba. Él desconocía las artimañas del mundo cultural oficial que solo sirve para armar negocios y disfrazarlos. 
Cuando lo fui a ver, lo primero que él pensó, a pesar de estar acompañado por Democles de León, es que yo era un periodista inglés y que él no hablaría nada si no firmábamos un contrato donde él estaba dispuesto a contar todas sus hazañas y aventuras que lo llevó a convertirse en una leyenda. No firmamos ningún contrato y aún así insistía en que su relato podría servir para hacer una película. Después de mostrarme sus caretas y venderme algunas se soltó, de gratis, a relatarme lo que nadie sabía: los secretos de sus números de magia.
Llamó a una de sus sobrinas y le pidió que le trajera un periódico y un jarro de agua. Después de comerse una hoja completa me mostró cómo lo hacía. Era una cuestión de ilusión óptica que la agilidad de sus manos ocultaba con destreza.   
La inactividad, las fiestas y la bohemia lo fue acercando mas a Buda y alejárlo de Tamakún, y más que errante, se transformó en un ser amable y sedentario que a cualquiera le facilitaba una de sus lavadoras, neveras usadas por lo “que tu puedas pagar”.  Quizás por este parentesco a Buda se le conocía como “Tamacún el yoga” o por sus números en que se sentaba en filosos clavos. 
Este 12 de febrero Tamacún hizo su último número de magia, dijo ABRACADABRA, PATA DE CABRA, y desapareció para siempre. Tamboril lo llora.

Comentarios

Entradas populares de este blog

“Traición bajo techo propio”: apresan a político acusado de intentar asesinar al periodista y empresario Johan Rosario

Proyecto “Alex al Poder” estremece al PRM, en Tamboril, con encuentro de confraternidad

Aplican coerción de cinco medidas cautelares contra hombre acusado de intentar asesinar al empresario Johan Rosario