Reducción de la pena para ''El Galeno'' ante la justicia injusta con sandalias de oro
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En la República Dominicana, la justicia debería caminar descalza, con la venda bien ajustada sobre los ojos y la balanza firme entre las manos.
Pero a veces da la impresión de que no pisa el polvo del pueblo, sino que avanza con sandalias de oro, brillantes y pesadas, dejando huellas desiguales sobre la tierra de los humildes.
No parece sorda al poder ni ciega ante la influencia; más bien, gira el rostro cuando un dedo poderoso la llama y endurece el paso cuando el acusado no tiene apellido influyente ni bolsillo profundo.
Recientemente, la justicia dominicana condenó a Joaquín Amadí, conocido como “El Galeno”, a 30 años de prisión, pena máxima, tras un hecho ocurrido en Tamboril en el que Yoni Rodríguez resultó herido y posteriormente se recuperó.
La sentencia cayó como un martillo de hierro sobre una familia sin recursos, mientras en el aire del municipio flotan preguntas que nadie ha querido responder con claridad.
No escribo estas líneas para justificar la violencia. Todo lo contrario: antes de empuñar un arma, cualquier ciudadano debería pensar que cada bala o cada estocada es una semilla amarga que puede florecer en tragedia y el Galeno atentó contra la vida de un hombre y contra el pudor público. Actuó con alevosía en lugar público.
La violencia nunca es camino; es un atajo oscuro que termina en abismo. Pero tampoco podemos aceptar que la ley sea una serpiente que cambia de piel según a quién muerda.
Aunque el código penal faculta al juez para aplicar entre 20 y 30 años en caso como el del Galeno pudo ser más sensible y dejarlo en 10 o 15 años, tomando en cuenta la provocación de la víctima.
El Tamboril hoy murmura lo que muchos temen decir en voz alta: que hay manos invisibles moviendo hilos visibles.
Si la víctima sanó antes del tiempo estipulado para la condena de los años que indica el código penal ¿cómo se justifica entonces el peso de tres décadas? ¿Dónde termina la ley y dónde comienza la sombra?
La justicia no puede ser un látigo para el débil y una pluma para el fuerte. No puede ser espada desenvainada contra el pobre y escudo blindado para el influyente. Porque cuando la balanza se inclina demasiado hacia un lado, deja de ser balanza y se convierte en garrote.
El pueblo observa cómo algunos acusados poderosos caminan libres bajo el sol, mientras otros, sin más defensa que su esperanza, reciben condenas que parecen escritas con tinta de desproporción.
Por eso, más allá de la marcha convocada, surge una propuesta concreta: que los abogados penalistas del municipio de Tamboril formen un equipo voluntario para revisar y apelar esta sentencia. No por política.
No por protagonismo, sino por principio, porque cuando una familia no tiene recursos para pagar un bufete, la solidaridad jurídica se convierte en el último bastión de la equidad.
Hoy es la familia de Joaquín Amadí. Mañana podría ser cualquiera.
La justicia no puede ser un privilegio de quienes pueden costearla; debe ser un derecho que abrace por igual al motoconchista y al empresario, al obrero y al funcionario.
Cuando la justicia pierde el equilibrio, no solo cae un hombre, tambalea la confianza de toda una nación.
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