La realidad humana es una construcción social

CODIGO32-SIPRED

Por Rey Arturo Taveras 

La realidad no cae del cielo como una verdad revelada por el universo ni brota de la tierra como una ley natural. La realidad se crea mediante pactos, leyes y costumbrexs. Se cocina a fuego lento entre palabras, miradas, actividades consuetudinarias y silencios. Es, más que un hecho, un acuerdo invisible que firmamos sin darnos cuenta desde la infancia con la sociedad.

Peter Berger y Thomas Luckmann lo dijeron sin rodeos en La construcción social de la realidad (1966): el mundo que creemos sólido es, en gran medida, una obra colectiva, un edificio levantado con ladrillos de lenguaje, normas y significados compartidos. Primero lo construimos y luego, con el tiempo, olvidamos que lo hicimos. Así, lo humano termina pareciendo natural y lo histórico, eterno.

Cada sociedad fabrica su realidad como quien teje una manta: con los hilos de su cultura, sus tradiciones y sus miedos. Lo que en un pueblo es virtud, en otro es pecado; lo que aquí es locura, allá es sabiduría; lo que hoy es normal, mañana será escándalo. La realidad, como el río, no es la misma dos veces, aunque pase por el mismo cauce.

El lenguaje es el cincel de esa escultura invisible. Nombrar es ordenar, y ordenar es mandar. Las palabras no solo describen el mundo: lo delimitan. Decir “legal”, “normal”, “desviado” o “correcto” no es inocente; es trazar fronteras simbólicas. 

Quien controla el discurso, administra la realidad. Por eso los relatos oficiales pesan más que los hechos, y los símbolos a veces gobiernan más que las leyes.

La construcción social no es un acto único, sino un ritual cotidiano. Se repite en la escuela, en la iglesia, en los medios, en la mesa familiar. Lo que ayer fue costumbre hoy se vuelve norma; lo que fue norma mañana será institución. Así, las experiencias individuales se solidifican y se convierten en estructuras políticas, sociales y morales que parecen inamovibles, aunque hayan nacido de decisiones humanas.

Sin embargo, la realidad no es una jaula cerrada. Es un organismo vivo. Cambia con el tiempo, la memoria y la repetición de hábitos. Por eso las sociedades evolucionan, chocan, se contradicen. Cada generación reescribe, aunque sea en los márgenes, el guion que heredó.

Los niños y los locos, herejes naturales, lo intuyen mejor que nadie. Ellos crean su propia realidad y la habitan sin pedir permiso. Juegan con las reglas, las doblan, las rompen. Tal vez por eso incomodan: porque nos recuerdan que el mundo que defendemos con tanta seriedad no es el único posible.

Cada pueblo, cada comunidad, cada país vive dentro de su propio espejo. De ahí que el comportamiento social no sea universal, sino contextual; no absoluto, sino aprendido. Entender esto no debilita la convivencia: la fortalece. Nos vacuna contra el dogma y nos devuelve una certeza humilde pero poderosa: la realidad no es una prisión, es una construcción, y toda construcción puede repensarse.

Quizás el mayor acto de libertad no sea escapar de la realidad, sino atreverse a cuestionar cómo fue hecha. Porque solo quien reconoce que el mundo fue construido por manos humanas, entiende que también puede ser reconstruido.


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