El cooperativismo es solución: una cultura para el bien común. José Espinal Marcelo
CODIGO32-SIPRED-OPINION
Por José Espinal Marcelo
SANTIAGO, R.D.- Vivimos tiempos en los que la prisa y la incertidumbre tienden a reducir el horizonte al día a día. En ese contexto, detenerse a conversar (con calma y sentido), se vuelve un gesto necesario y profundamente humano.
Así sentí el encuentro con Luis Vargas, Lugo Cabrera y Narciso Vargas. No fue una reunión con el propósito de hablar de cifras; ocurrió en el marco de otras razones de convocatoria, pero abrió una reflexión valiosa para pensar el país posible desde prácticas concretas y sostenidas en el tiempo.
De esa conversación emergió una idea rectora, expuesta por Narciso y comentada por Lugo y Luis (mientras yo escuchaba atento, aprendiendo de sus valiosas experiencias): el cooperativismo es una ética aplicada; que enuncia la solidaridad, la promueve y la organiza en la práctica. Ell futuro lo construye, paso a paso, desde el ahorro disciplinado y el uso colectivo del esfuerzo individual. Ahorrar, en este marco, deja de ser una renuncia privada y se convierte en una decisión compartida: reservar hoy para cuidar mañana; ordenar lo propio para fortalecer lo común.
Esa ética se hace visible cuando el ahorro se transforma en bienes que nadie puede producir en soledad. El rescate de una franja verde en la Loma Diego de Ocampo constituye una acción ambiental de la Cooperativa La Altagracia, pero también una afirmación de cuidado y responsabilidad. Implica comprender que el desarrollo auténtico no se mide únicamente por lo que se utiliza, sino también por lo que se preserva. Allí, el cooperativismo nos recuerda que el capital puede traducirse en bosque, agua y aire limpio, y que protegerlos es una forma concreta de pensar en las próximas generaciones.
Del mismo modo, La Altagracia ha dedicado sus esfuerzos a la recuperación de patrimonios inmobiliarios en el sector Los Pepinos, lo que revela otra dimensión del mismo compromiso: devolver valor social a espacios deteriorados es reconstruir dignidad urbana y memoria comunitaria. Donde hubo abandono, aparece organización; donde hubo fragmentación, surge proyecto. El ahorro colectivo, convertido en acción concreta, recompone vínculos que sostienen la vida en comunidad.
La creación de la planta de agua de alta calidad Agua H2CLA completa este horizonte de sentido. El agua (bien esencial por excelencia), nos recuerda que la economía debe estar siempre al servicio de la vida. Garantizar agua segura no es solo un logro técnico; es una decisión profundamente ética. Es afirmar que el bienestar comienza por lo básico y que la cooperación puede responder con sensibilidad a las necesidades más urgentes.
Desde una mirada filosófica, el cooperativismo propone una forma amable y responsable de estar en el mundo: el ser humano no como individuo aislado, sino como parte de una cultura solidaria. El ahorro, así entendido, educa el carácter; cultiva previsión, templanza y responsabilidad. Y la comunidad organizada multiplica ese aprendizaje hasta convertirlo en una práctica cotidiana del bien común.
Que este domingo nos deje una enseñanza clara y cercana: ahorrar es pensar juntos el futuro; cooperar es darle forma. Cuando una familia ahorra, gana tranquilidad; cuando una comunidad coopera, gana horizonte. Y cuando ambas decisiones se sostienen en el tiempo, el progreso deja de ser una promesa lejana y se convierte en una experiencia compartida.
Acérquese a la Cooperativa La Altagracia para conocer y ampliar la información compartida por Narciso Vargas, con reflexiones construidas junto a Lugo y Luis.
¡Hasta el próximo domingo!

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