Amargo de Berro: el licor de los bohemios de Tamboril que se resiste a morir en el olvido
En Tamboril, donde el sol madruga con olor a tabaco y el anochecer guarda cuentos en los bolsillos vacíos, nació la degustación colectiva del ''Amargo de Berro'', un licor con nombre de verso y alma de travesura, acogido por los bohemios de este laborioso pueblo de la provincia de Santiago como el suero de la calentura.
Fue una bebida que la parió Isidro Bordas como quien lanza una botella al mar con fe de beatas, con picardía de humorista y con ese “a ver qué pasa” tan dominicano, que casi siempre pasa lo que se desea ocurra, lo que al día siguiente se comenta a medias.
Fue efímero, sí, como las luciérnagas o los amores de fiestas patronales, pero dejó una estela que todavía arde en la garganta del recuerdo y en la calentura del hígado de la memoria quemada de los bebederos.
El ''Amargo de Berro'' encontró acogida casi parroquial en un grupo de libadores tamborileños que bebían más historias que alcohol, aunque al día siguiente los efectos del Berro sepultaban las hazañas vividas la noche anterior, dejando solo vagas sospechas y una culpa sin pruebas de ofensas imaginarias.
En el parque Trina de Moya, al pie del frondoso y hoy desaparecido laurel, con la chata en la mano o enganchada a la cintura como arma blanca de alegría, se reunían Vencho, Gómez, Tinini, Teté, Felo y otros asiduos del vaso corto y la risa larga, esa que empieza en la garganta y termina en el suelo tumbada por el jumo.
El fan club de los Bohemios del Amargo, fue una república nocturna sin fronteras ni constitución en la Pajiza Aldea del poeta Tomás Hernández Franco, Villa de Los Samanes.
En los juntes que los bebedores armaban se discutía de béisbol, de política, de mujeres, de fortunas imaginarias y de la vida misma, se perdonaban pecados y se inventaban otros, por si acaso.
Los colegas de tragos juraban que aquel licor no debía desaparecer, que tenía más futuro que pasado. Pero ya se sabe que “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante”. El Amargo fue un ron que, así como vino, también se fue y en Tamboril quedó sembrado como leyenda.
Los Bohemios también se han ido, arrastrados por la muerte hacia ese rincón del olvido donde las copas no se rompen y la sed no duele ni la resaca quema el higado .
Allí, en el ostracismo de la vida, sus almas se confunden con el espíritu del Berro, porque fue un alcohol tan afrodisíaco que su esencia no muere y perdura como vivencias bien contadas y mal recordadas.
Así que, “muerto el Berro, viva el cuento”. Mientras alguien nombre al Amargo de Berro, habrá una mesa servida en la memoria y una risa esperando turno para beber, aunque sea té de hoja de Berro… eso sí, bien cargado de nostalgia.

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