Amargo de Berro: el licor de los bohemios de Tamboril que se resiste a morir en el olvido

CODIGO32-SIPRED-RELATO
DATOS: Pedro López  y Rómulo Abreu 
REDACCIÓN: Rey Arturo Taveras 

En Tamboril, donde el sol madruga con olor a tabaco y el anochecer guarda cuentos en los bolsillos vacíos, nació la degustación colectiva del ''Amargo de Berro'', un licor con nombre de verso y alma de travesura, acogido por los bohemios de este laborioso pueblo de la provincia de Santiago como el suero de la calentura.

Fue una bebida que la parió Isidro Bordas como quien lanza una botella al mar con fe de beatas, con picardía de humorista y con ese “a ver qué pasa” tan dominicano, que casi siempre pasa lo que se desea ocurra, lo que  al día siguiente se comenta a medias. 

Fue efímero, sí, como las luciérnagas o los amores de fiestas patronales, pero dejó una estela que todavía arde en la garganta del recuerdo y en la calentura del hígado de la memoria quemada de los bebederos.

El  ''Amargo de Berro'' encontró acogida casi parroquial en un grupo de libadores tamborileños que bebían más historias que alcohol, aunque al día siguiente los efectos del Berro sepultaban las hazañas vividas la noche anterior, dejando solo vagas sospechas y una culpa sin pruebas de ofensas imaginarias.

En el parque Trina de Moya, al pie del frondoso y hoy desaparecido laurel, con la chata en la mano o enganchada en la cintura como arma blanca de alegría, se reunían Tomás Hernández Franco, Vencho, Gómez, Tinini, Teté, Felo y otros asiduos del vaso corto y la risa larga, esa que empieza en la garganta y termina en el suelo tumbada por el jumo.

Los compañeros de bebida de Tomás fueron también Mayillo López, Lliye Espinal, Chencho Pereira, entre otros. El último promotor del Amargo de Berro fue Domingo Gómez, junto a su hijo Víctor Gómez (La Polvera), compañero inseparable de tragos de Tinini Domínguez y Bolívar Capellán. Domingo tenía un grupo de bebedores que se llamaba Los Últimos, y cada quince días esperaban, con ansiedad casi religiosa, que les mandaran una caja de Amargo de Berro.

Ellos decían y juraban,  con la mano en el pecho, la voz temblorosa y el equilibrio en “veremos si hace un cuatro”,  que aquel licor curaba penas, afinaba la lengua y enderezaba la noche.
“A mal tiempo, buen trago”, repetían, y el refrán se les volvía dogma. El Amargo no se tomaba,  se conversaba, se discutía y, a veces, se gritaba con cariño, con el tono siempre elevado del borracho, casi mordiendo la oreja para que el mensaje no sea borrado por la distancia o desvanecido por el viento. 

El licor tenía color de tarde vieja, a punto de morir, y un sabor que no pedía perdón ni lo ofrecía, se dejaba tragar con muecas, al principio, ardiente y embriagadora.
“Lo bueno y  breve es dos veces bueno”, decía Tinini al servir el trago en vasitos plásticos o pasado en ronda, a pico de botella, mientras Teté advertía que “el que bebe solo,  bebe con el diablo”, razón suficiente para que nadie se quedara sin comprar una botella. 
Cuando no aparecían los cinco cheles para una tercia, se hacía un  serrucho democrático, solidario y peligrosamente generoso. 
Tan honda era la alianza de los bohemios con el laurel y el elixir embriagador, que un día una noticia urgente irrumpió en la calma de Tomás: debía bajar de inmediato a Santiago, pues Trujillo estaba en la ciudad y reclamaba su presencia. A lo que el poeta, intelectual más preciado del régimen, respondió con desdén sereno: Trujillo es quien desea verme; que sea él, entonces, quien venga a mí.

El Amargo de Berro era el afrodisíaco del alma de los bohemios de Tamboril, porque despertaba memorias, enamoraba silencios, desataba carcajadas y algunos, ya entrados en edad y flojos de la cintura, aseguraban que levantaba muertos y enderezaba voluntades caídas.
Pero varias de las mujeres de los bebedores contradecían la versión, asegurando que más bien tumbaba a los vivos y que ellas no los paraban ni con oraciones, promesas ni amenazas de suegra.

De Lliye Espinal se contaba en el pueblo que su esposa lo dejó porque “a él no se le paraba”… pero un día, borracho, caminando por el medio de la calle, se detuvo en la esquina del parque, al lado del Ayuntamiento, y vociferó:

-¿Qué hacemos nosotros tres aquí?

El pulpero Bololo salió de la pulpería y le preguntó:

-¿Y qué haces tú solo en medio de la calle? ¿Y quiénes son esos tres?

Lliye respondió, con la solemnidad del alcohol:

-Sí, somos tres: yo, el reloj y el huevo.

El fan club de los Bohemios del Amargo, fue una república nocturna sin fronteras ni constitución en la Pajiza Aldea del poeta Tomás Hernández Franco, Villa de Los Samanes. 

En los juntes que los bebedores armaban se discutía de béisbol, de política sin mencionar a Trujillo, de mujeres, de fortunas imaginarias y de la vida misma, se perdonaban pecados y se inventaban otros, por si acaso.

Los colegas de tragos juraban que aquel licor no debía desaparecer, que tenía más futuro que pasado. Pero ya se sabe que  “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante”. El Amargo fue un ron que, así como vino, también se fue y en Tamboril quedó sembrado como leyenda.

Los Bohemios también se han ido, arrastrados por la muerte hacia ese rincón del olvido donde las copas no se rompen y la sed no duele ni la resaca quema el higado . 

Allí, en el ostracismo de la vida, sus almas se confunden con el espíritu del Berro, porque fue un alcohol tan afrodisíaco que su esencia no muere y perdura como vivencias bien contadas y mal recordadas.

Así que, “muerto el Berro, viva el cuento”.  Mientras alguien nombre al Amargo de Berro, habrá una mesa servida en la memoria y una risa esperando turno para beber, aunque sea té de hoja de Berro… eso sí, bien cargado de nostalgia.

Comentarios

  1. Excelente relato, con equilibrio de asombro elocuencia, tejido finamente por golpesitos de memoria y de recelos..
    Acuoso en su sentir...picar08en sus arañas.
    Siento que faltó Tomas Hernandez Franco, debajo de ése Laurel ya ausente...sin embargo: La lucidez del cuentero; emula las hazañas de un pueblo puntero en los designios del amor y la lucha por la vida.

    Os felicito hermano mío
    can el alma en el pecho y el corazón entre las manos y el sigilo.

    Salud y un fuerte abrazo

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  2. Hay ciertas incoherencias en ese relato,que se puede enmendar. Los compañeros de bebidas de Tomás fueron Mayillo López, Lliye Espinal, Chencho Pereira otros. El último promotor del Amigo de Berro fue Domingo Gómez hijos Victor Gómez ( La polvera) compañero de bebidas Tinine Domínguez y Bolivar Capellan . Domingo tenía un grupo de bebedores que se llamaba "Los Últimos" y esperaban cada 15 días que le mandarán una caja de Amargo de Berro.
    La anécdota de Lliye Espinal se decía en el Pueblo que su esposa lo dejó porque a Él no se le paraba... pero un día borracho caminando por el medio de la calle se paró en la esquina del Parque al lado del Ayuntamiento y El vociaba qué hacemos nosotros tres aquí?"el Pupero Bololo salió de la Pulpería y le pregunto "que hacía en el medio de la calle y que no eras tres?" Y El le contesto. Sí son tres:Yo ,el reloj y el huevo.. MoMo

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