Amargo de Berro: el licor de los bohemios de Tamboril que se resiste a morir en el olvido

CODIGO32-SIPRED-RELATO
REDACCIÓN: Rey Arturo Taveras 
DATOS: Pedro López 

En Tamboril, donde el sol madruga con olor a tabaco y el anochecer guarda cuentos en los bolsillos vacíos, nació la degustación colectiva del ''Amargo de Berro'', un licor con nombre de verso y alma de travesura, acogido por los bohemios de este laborioso pueblo de la provincia de Santiago como el suero de la calentura.

Fue una bebida que la parió Isidro Bordas como quien lanza una botella al mar con fe de beatas, con picardía de humorista y con ese “a ver qué pasa” tan dominicano, que casi siempre pasa lo que se desea ocurra, lo que  al día siguiente se comenta a medias. 

Fue efímero, sí, como las luciérnagas o los amores de fiestas patronales, pero dejó una estela que todavía arde en la garganta del recuerdo y en la calentura del hígado de la memoria quemada de los bebederos.

El  ''Amargo de Berro'' encontró acogida casi parroquial en un grupo de libadores tamborileños que bebían más historias que alcohol, aunque al día siguiente los efectos del Berro sepultaban las hazañas vividas la noche anterior, dejando solo vagas sospechas y una culpa sin pruebas de ofensas imaginarias.

En el parque Trina de Moya, al pie del frondoso y hoy desaparecido laurel, con la chata en la mano o enganchada a la cintura como arma blanca de alegría, se reunían Vencho, Gómez, Tinini, Teté, Felo y otros asiduos del vaso corto y la risa larga, esa que empieza en la garganta y termina en el suelo tumbada por el jumo.

Ellos decían y juraban,  con la mano en el pecho, la voz temblorosa y el equilibrio en “veremos si hace un cuatro”,  que aquel licor curaba penas, afinaba la lengua y enderezaba la noche.
“A mal tiempo, buen trago”, repetían, y el refrán se les volvía dogma. El Amargo no se tomaba,  se conversaba, se discutía y, a veces, se gritaba con cariño, con el tono siempre elevado del borracho, casi mordiendo la oreja para que el mensaje no sea borrado por la distancia. 

El licor tenía color de tarde vieja, a punto de morir, y un sabor que no pedía perdón ni lo ofrecía, se dejaba tragar con muecas, al principio, ardiente y embriagadora.
“Lo bueno y  breve es dos veces bueno”, decía Tinini al servir el trago en vasitos plásticos o pasado en ronda, a pico de botella, mientras Teté advertía que “el que bebe solo,  bebe con el diablo”, razón suficiente para que nadie se quedara sin comprar una botella. 
Cuando no aparecían los cinco cheles para una tercia, se hacía un  serrucho democrático, solidario y peligrosamente generoso.

El Amargo de Berro era el afrodisíaco del alma de los bohemios de Tamboril, porque despertaba memorias, enamoraba silencios, desataba carcajadas y algunos, ya entrados en edad y flojos de la cintura, aseguraban que levantaba muertos y enderezaba voluntades caídas.
Pero varias de las mujeres de los bebedores contradecían la versión, asegurando que más bien tumbaba a los vivos y que ellas no los paraban ni con oraciones, promesas ni amenazas de suegra.

El fan club de los Bohemios del Amargo, fue una república nocturna sin fronteras ni constitución en la Pajiza Aldea del poeta Tomás Hernández Franco, Villa de Los Samanes. 

En los juntes que los bebedores armaban se discutía de béisbol, de política, de mujeres, de fortunas imaginarias y de la vida misma, se perdonaban pecados y se inventaban otros, por si acaso.

Los colegas de tragos juraban que aquel licor no debía desaparecer, que tenía más futuro que pasado. Pero ya se sabe que  “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante”. El Amargo fue un ron que, así como vino, también se fue y en Tamboril quedó sembrado como leyenda.

Los Bohemios también se han ido, arrastrados por la muerte hacia ese rincón del olvido donde las copas no se rompen y la sed no duele ni la resaca quema el higado . 

Allí, en el ostracismo de la vida, sus almas se confunden con el espíritu del Berro, porque fue un alcohol tan afrodisíaco que su esencia no muere y perdura como vivencias bien contadas y mal recordadas.

Así que, “muerto el Berro, viva el cuento”.  Mientras alguien nombre al Amargo de Berro, habrá una mesa servida en la memoria y una risa esperando turno para beber, aunque sea té de hoja de Berro… eso sí, bien cargado de nostalgia.

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