LAS VAINAS DE MERCADER: MARK TWAIN, PERDIDO EN EL PARAÍSO
En el año 1847, el abogado John Marshall Clemens de Florida,
en el condado Monroe del estado de Missouri, partía del mundo de los vivos y
dejaba una viuda con seis hijos. De estos, Samuel contaba con 11 años y con una
libertad que le permitiría hacer lo que le diera su santísima gana: escribir.
Tuvo que esperar unos años, dejar los estudios y trabajar.
Empezó, Samuel Clemens, como aprendiz de linotipista, una
profesión complicada que más bien parecía un rompecabezas por tener que
colocar, letra por letra, las palabras que armarían las noticias y crónicas del
periódico “the Hannibal Journal” de su hermano Orión.
Cuando supo de una vacante, como “piloto” de un bote en el
Mississippi, no dudó un segundo de cambiar de oficio y más cuando le ofrecieron
200 dólares al mes por pasearse desde New Orleans hasta Saint Louis. En esos
recorridos leyó y recogió cuentos “de pueblo” que se fueron almacenando en su
memoria.
Para 1865 se decidió a escribir y logró tremendo éxito con
sus cuentos cómicos y satíricos en los periódicos de entonces. Su más conocido
fue “the celebrated jumping frog o Calaveras County” que se tradujo como “La
célebre rana saltadora del condado de Calaveras” y que divirtió tanto a sureños
como a norteños, jartos de una inútil guerra (pleonasmo) civil que pretendía
parar el racismo que sigue vigente por eso lugares.
Sus propias experiencias de niño y la presencia del inmenso
Mississippi, lo llevó a escribir “Las aventuras de Tom Sawyer” y Huckleberry
Finn, dos libros que se convirtieron en clásicos, de lectura obligatoria en
todas las escuelas de aquel vasto país que construía su historia atravesándolo
con trenes de vapor y masacrando a todos “los salvajes” opuesto “al progreso” y
a “las buenas maneras cristianas”. Esos libros son tan clásicos que hasta en la
Biblioteca Tomás Hernández Franco de Tamboril, aparecen en su inventario
reducido.
Con una cierta fama y suficiente dinero, se casó con una
joven estudiante del Elmira College de New York. Era el año 1870 y la
universidad contaba con una matrícula de 855 que serían las primeras mujeres
“peligrosas” desde donde nacería el movimiento feminista pro derechos de la mujer,
derecho al voto...igualdad.
La llegada de Olivia Langdon a la vida de Samuel, que ya
tenía 7 años usando el seudónimo de Mark Twain, le ayudó a ver otras cosas del
mundo que él desconocía. Él, que había sido un “confederado”, aunque
brevemente, cambió de rumbo al casarse con Olivia quien a su vez le presentó a
la escritora abolicionista Harriet Beecher Stowe, famosa por su “Cabaña del Tío
Tom”.
En el círculo de mujeres lectoras, conoció a socialistas,
ateos, y activistas por los derechos de la mujer.
La educación de Twain se la dio él mismo en las bibliotecas
públicas de Philadephia, Saint Louis y Cincinnati y, por supuesto, nunca le
pidieron su título como escritor para publicarlo. Recibió, eso sí, numerosos
títulos de reconocimiento por su genialidad. Los genios no necesitan títulos.
En el silencio de Buffalo (N.Y.) escribió obras importantes
las que continuó en su muy querido Hartford.
En el año 1904 el cielo se oscureció y solo una brecha
escasa, por donde salía un rayo de Sol, se abrió, quizás para dejar pasar el
alma de Olivia, que según el padre de la parroquia, iría al Paraíso. Y
justamente ese Paraíso se convirtió en objeto de burla en Twain quien llevaba
una rabia contra su propio país por los abusos en otras naciones. El maltrato a
Filipina culminó su ira. Su frustración de ver a Olivia apagarse sin poder
hacer nada le da a entender que “el Universo se gobierna por leyes estrictas e
inmutables, que determinan quien muere y quien no, en una catástrofe.
Aunque ayudó a su hermano Orion a construir su Iglesia, por
solidaridad, agradecimento, familiaridad y por respeto a las creencias de los
demás, algo fundamental en su ética, se fue alejando de toda idea religiosa.
Para él “la fe es creer lo que sabes que no es”.
Ese alejamiento y con su espíritu burlón, que era su gemelo,
escribió “El Diario de Adam” y luego “El Diario de Eva”. Para 1906 los unía en
“El Diario de Adam y Eva” que le costó su prohibición en la Charlton Library of
Massachusetts, una biblioteca de mucho prestigio y con una dirección de
fanáticos religiosos que nunca entendieron el sentido de la libertad de la
Literatura y el Arte. Cuando “The Eve’s Diary” salió en la revista Harper’s
Baazar, la censura se fijó más en las ilustraciones de Lester Ralph que el
texto mismo. De igual manera había ocurrido con “the Adam’s Diary” con las
ilustraciones de Frederick Strothmann.
A este diario, que sus hijas pretendieron ocultar por su
contenido antirreligioso, se le sumaron otros textos: “The Mysterious Stranger”
y “Little Bessie” que ridiculiza al cristianismo.
Denunció las atrocidades de Bélgica en el Congo con un
panfleto satírico: “King Leopold’s Soliloquy” o la voz, en solitario, de un rey
que masacró a todo un país, y lo saqueó; un preámbulo a lo que haría Hitler con
los judíos o lo que hace Israel con los palestinos.
Clara, una de sus hijas, cambió de parecer y solo en 1962 se publicó su obra completa quizás por la presión de los soviéticos en la Guerra Fría.
Mark Twain se extravió en el paraíso por los consejos de la
serpiente o por el Cometa Halley que pasó cuando nació y cuando murió en 1910.
(nota: escrito sin IA).

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