El árbol de la muerte, en Haina Tamboril
RELATO
POR REY ARTURO TAVERAS
''En el planeta Tierra existen lugares extraños
donde el tiempo parece detenerse; rincones donde la memoria se niega a dormir y
las tragedias, en lugar de desaparecer, echan raíces. Son espacios en los que
el pasado parece caminar de puntillas entre los vivos, alimentando historias
que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en leyendas''.
En Haina, una comunidad rural del municipio de
Tamboril, enclavada al pie de la cordillera Septentrional, existe un camino que
durante décadas cargó con un secreto tan oscuro como la noche. Parte de su
trayecto está empedrado y otra parte cubierta de asfalto, pero hay un punto que los
moradores recuerdan de manera distinta: el lugar donde un viejo árbol,
silencioso y centenario, parece haber sido testigo de una cadena de tragedias
familiares.
Bajo sus ramas, la muerte escribió más de una vez el nombre de una misma familia. Cada muerte dejó huellas profundas en la memoria colectiva, como si la tierra hubiese recibido la sangre , resistiéndose a olvidarla.
La historia comenzó hace más de medio siglo, cuando un
tío mató a su sobrino. Aquella tragedia estremeció a la comunidad y dejó una
herida que, aunque los años intentaron cerrar, nunca terminó de cicatrizar.
Mucho tiempo después, otro episodio de violencia
relacionado con aquella misma familia volvió a despertar los viejos recuerdos.
El apellido, que parecía haber sido sepultado bajo las capas del tiempo, volvió
a pronunciarse entre murmullos y temores.
Entonces ocurrió algo que algunos atribuyeron al
destino; otros, a una inexplicable coincidencia. Para los más supersticiosos,
fue como si las alas invisibles del pasado hubieran vuelto a batir sobre
aquella familia.
Una década después, una escena aparentemente cotidiana
terminaría convertida en pesadilla.
Una noche, un sobrino conducía hacia Haina Arriba
llevando consigo a su tío, quien se encontraba bajo los efectos del alcohol. El
vehículo avanzaba lentamente por el camino rural mientras la oscuridad envolvía
las montañas y el silencio apenas era interrumpido por el ruido del motor.
De pronto, el hombre pidió detenerse. Quiso hacerlo
precisamente allí: debajo del viejo árbol. Escogió el mismo lugar donde décadas
atrás la violencia había dejado sus primeras huellas y que truncó la
convivencia familiar.
Por instrucciones del tío, el sobrino detuvo el vehículo y su tío descendió para orinar. Fueron apenas unos instantes. Sin embargo, bajo aquellas ramas que parecían guardar la memoria de los muertos, el pasado volvió a levantarse de su sepultura.
Cuando regresó al automóvil, el hombre comenzó a
hablar de la tragedia familiar. El alcohol desordenaba sus palabras y encendía
recuerdos que quizá nunca habían muerto del todo.
Le dijo a su sobrino que precisamente allí, debajo de
aquel árbol, había muerto su padre. El conductor intentó cerrar aquella puerta
del pasado.
- ¡Olvida eso! Son cosas del pasado. Hay que echarles
tierra-le pidió.
-Hay recuerdos que no aceptan sepultura- respondió el
tío.
La noche pareció quedarse inmóvil. El hombre llevaba
un enorme revólver ajustado a la cintura. En medio de aquella conversación, sus
manos buscaron el arma. La empuñó con fuerza, como si en aquel gesto quisiera
apretar también los rencores acumulados durante años.
El resentimiento, el alcohol y una vieja historia de
sangre parecieron mezclarse en la oscuridad como ingredientes de una misma
fatalidad.
Antes de que el conductor pudiera pisar el acelerador
y abandonar aquel lugar, su tío apretó el gatillo y el disparo quebró el
silencio.
Fue estruendo seco, repentino y traicionero. La bala
alcanzó la nuca del conductor. Por unos segundos, el camino quedó suspendido en
un silencio de muerte. Luego, el cuerpo del sobrino quedó inmóvil dentro del
vehículo, mientras su tío abandonaba la escena y dejaba atrás una nueva
tragedia.
Una vez más, aquel pedazo de tierra había sido marcado
por la violencia y tragedia de la misma familia que desplegaba allí LAS ALAS del odio y el horror.
Una vez más, la sangre de una familia había caído bajo
la sombra del mismo árbol.
Para los moradores de Haina y de otras comunidades de
Tamboril, aquella sucesión de tragedias dejó de parecer una simple
coincidencia. El viejo árbol comenzó a adquirir una reputación sombría. Su
sombra dejó de ser solamente sombra: se convirtió, en el imaginario popular, en
el techo de una historia de muerte.
Para algunos las tragedias ocurridas en Haina, en época
separadas pero unida por la sangre, el apellido y el lugar tenía matices de una
maldición.
Otros aseguraban que tanta tragedia había impregnado
la tierra, hasta el punto de que el eco de los disparos parecía permanecer
atrapado entre las raíces y las ramas.
También estaban quienes rechazaban cualquier
explicación sobrenatural y atribuían los hechos a circunstancias más humanas:
conflictos familiares, alcohol, resentimientos acumulados y heridas que nunca
encontraron una forma de cerrarse.
Quizás la verdad se encuentre en algún punto entre la
leyenda y la realidad. Porque hay árboles que ofrecen sombra, frutos y refugio.
Pero también hay otros que, dentro de la memoria de los pueblos, terminan
convirtiéndose en guardianes de secretos.
En Haina, cuando alguien que conoce la historia pasa
por aquel lugar, suele bajar la voz y mirar de reojo hacia las ramas del viejo
árbol, como si temiera encontrar entre las hojas alguna señal del pasado.
Quizás sea solo superstición o el poder de una
historia repetida durante generaciones. Lo cierto es que aquel tramo del camino
dejó de ser un lugar cualquiera. Para los moradores de esta comunidad rural del
municipio de Tamboril, provincia de Santiago, se convirtió en un sitio marcado
por la tragedia y envuelto por el misterio.
Tres muertes, ocurridas en momentos diferentes,
terminaron unidas por un mismo escenario: un árbol que permaneció allí,
inmóvil, mientras las generaciones pasaban y la vida continuaba.
El árbol no habló. Nunca acusó a nadie ni contó lo que
vio. Solo permaneció de pie, hundiendo sus raíces en una tierra que parecía
guardar demasiados secretos.
Cuando los
vientos alisios descienden de la cordillera Septentrional y atraviesan sus
ramas, algunos aseguran que entre el murmullo de las hojas todavía puede
escucharse una voz antigua, como un lamento que viene de muy lejos:
«La sangre podrá secarse sobre la tierra, pero la
memoria nunca olvida el lugar dónde cayó y el rencor de DOS ALAS de un mismo apellido».

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