El árbol de la muerte, en Haina Tamboril

CODIGO32-SIPRED

RELATO

IMAGEN DE ''IA''

POR REY ARTURO TAVERAS

''En el planeta Tierra existen lugares extraños donde el tiempo parece detenerse; rincones donde la memoria se niega a dormir y las tragedias, en lugar de desaparecer, echan raíces. Son espacios en los que el pasado parece caminar de puntillas entre los vivos, alimentando historias que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en leyendas''.

En Haina, una comunidad rural del municipio de Tamboril, enclavada al pie de la cordillera Septentrional, existe un camino que durante décadas cargó con un secreto tan oscuro como la noche. Parte de su trayecto está empedrado y otra parte cubierta de asfalto, pero hay un punto que los moradores recuerdan de manera distinta: el lugar donde un viejo árbol, silencioso y centenario, parece haber sido testigo de una cadena de tragedias familiares.

Bajo sus ramas, la muerte escribió más de una vez el nombre de una misma familia. Cada muerte dejó huellas profundas en la memoria colectiva, como si la tierra hubiese recibido la sangre , resistiéndose  a olvidarla.

La historia comenzó hace más de medio siglo, cuando un tío mató a su sobrino. Aquella tragedia estremeció a la comunidad y dejó una herida que, aunque los años intentaron cerrar, nunca terminó de cicatrizar.

Mucho tiempo después, otro episodio de violencia relacionado con aquella misma familia volvió a despertar los viejos recuerdos. El apellido, que parecía haber sido sepultado bajo las capas del tiempo, volvió a pronunciarse entre murmullos y temores.

Entonces ocurrió algo que algunos atribuyeron al destino; otros, a una inexplicable coincidencia. Para los más supersticiosos, fue como si las alas invisibles del pasado hubieran vuelto a batir sobre aquella familia.

Una década después, una escena aparentemente cotidiana terminaría convertida en pesadilla.

Una noche, un sobrino conducía hacia Haina Arriba llevando consigo a su tío, quien se encontraba bajo los efectos del alcohol. El vehículo avanzaba lentamente por el camino rural mientras la oscuridad envolvía las montañas y el silencio apenas era interrumpido por el ruido del motor.

De pronto, el hombre pidió detenerse. Quiso hacerlo precisamente allí: debajo del viejo árbol. Escogió el mismo lugar donde décadas atrás la violencia había dejado sus primeras huellas y que truncó la convivencia familiar.

Por instrucciones del tío, el sobrino detuvo el vehículo y su tío descendió para orinar. Fueron apenas unos instantes. Sin embargo, bajo aquellas ramas que parecían guardar la memoria de los muertos, el pasado volvió a levantarse de su sepultura.

Cuando regresó al automóvil, el hombre comenzó a hablar de la tragedia familiar. El alcohol desordenaba sus palabras y encendía recuerdos que quizá nunca habían muerto del todo.

Le dijo a su sobrino que precisamente allí, debajo de aquel árbol, había muerto su padre. El conductor intentó cerrar aquella puerta del pasado.

- ¡Olvida eso! Son cosas del pasado. Hay que echarles tierra-le pidió.

-Hay recuerdos que no aceptan sepultura- respondió el tío.

La noche pareció quedarse inmóvil. El hombre llevaba un enorme revólver ajustado a la cintura. En medio de aquella conversación, sus manos buscaron el arma. La empuñó con fuerza, como si en aquel gesto quisiera apretar también los rencores acumulados durante años.

El resentimiento, el alcohol y una vieja historia de sangre parecieron mezclarse en la oscuridad como ingredientes de una misma fatalidad.

Antes de que el conductor pudiera pisar el acelerador y abandonar aquel lugar, su tío apretó el gatillo y el disparo quebró el silencio.

Fue estruendo seco, repentino y traicionero. La bala alcanzó la nuca del conductor. Por unos segundos, el camino quedó suspendido en un silencio de muerte. Luego, el cuerpo del sobrino quedó inmóvil dentro del vehículo, mientras su tío abandonaba la escena y dejaba atrás una nueva tragedia.

Una vez más, aquel pedazo de tierra había sido marcado por la violencia y tragedia de la misma familia que desplegaba  allí LAS ALAS del odio y el horror.

Una vez más, la sangre de una familia había caído bajo la sombra del mismo árbol.

 

Para los moradores de Haina y de otras comunidades de Tamboril, aquella sucesión de tragedias dejó de parecer una simple coincidencia. El viejo árbol comenzó a adquirir una reputación sombría. Su sombra dejó de ser solamente sombra: se convirtió, en el imaginario popular, en el techo de una historia de muerte.

Para algunos las tragedias ocurridas en Haina, en época separadas pero unida por la sangre, el apellido y el lugar tenía matices de una maldición.

Otros aseguraban que tanta tragedia había impregnado la tierra, hasta el punto de que el eco de los disparos parecía permanecer atrapado entre las raíces y las ramas.

También estaban quienes rechazaban cualquier explicación sobrenatural y atribuían los hechos a circunstancias más humanas: conflictos familiares, alcohol, resentimientos acumulados y heridas que nunca encontraron una forma de cerrarse.

Quizás la verdad se encuentre en algún punto entre la leyenda y la realidad. Porque hay árboles que ofrecen sombra, frutos y refugio. Pero también hay otros que, dentro de la memoria de los pueblos, terminan convirtiéndose en guardianes de secretos.

En Haina, cuando alguien que conoce la historia pasa por aquel lugar, suele bajar la voz y mirar de reojo hacia las ramas del viejo árbol, como si temiera encontrar entre las hojas alguna señal del pasado.

 

Quizás sea solo superstición o el poder de una historia repetida durante generaciones. Lo cierto es que aquel tramo del camino dejó de ser un lugar cualquiera. Para los moradores de esta comunidad rural del municipio de Tamboril, provincia de Santiago, se convirtió en un sitio marcado por la tragedia y envuelto por el misterio.

Tres muertes, ocurridas en momentos diferentes, terminaron unidas por un mismo escenario: un árbol que permaneció allí, inmóvil, mientras las generaciones pasaban y la vida continuaba.

El árbol no habló. Nunca acusó a nadie ni contó lo que vio. Solo permaneció de pie, hundiendo sus raíces en una tierra que parecía guardar demasiados secretos.

 Cuando los vientos alisios descienden de la cordillera Septentrional y atraviesan sus ramas, algunos aseguran que entre el murmullo de las hojas todavía puede escucharse una voz antigua, como un lamento que viene de muy lejos:

«La sangre podrá secarse sobre la tierra, pero la memoria nunca olvida el lugar dónde cayó y el rencor de DOS ALAS de un mismo apellido».


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