Víctor, todavía no es hora de despedirte

CODIGO32-SIPRED
Por Johan Rosario
Conocí a Víctor Matta en aquel lejano 1997, cuando la vida todavía me quedaba inmensa y el periodismo era para mí una mezcla de vocación, aventura y hambre.

Yo era apenas un imberbe que comenzaba a arañar noticias como reportero de Radio Mil Informando, mientras compartía con Nicolás Santos y Emprendedora Carmen Rosario  la hermosa osadía de confeccionar la entonces muy leída e influyente Revista "El Tamborileño".

Eran tiempos de juventud y de sueños grandes con bolsillos pequeños. Yo andaba, literalmente, buceando noticias hasta en los zafacones, con esa obstinación casi ingenua del carpintero nuevo que todavía no domina el oficio, pero ya carga orgulloso sus primeras herramientas.

Y allí apareció Víctor.

Pudo mirarme como se mira al muchacho que apenas comienza, con cierto desdén y distancia. No lo hizo.

Desde el primer día me dispensó un trato distinguido, afectuoso, respetuoso. Me hizo sentir colega cuando todavía me faltaban kilómetros para merecer plenamente aquella palabra.

Esas cosas no se olvidan.

Después, como suele ocurrir, la vida comenzó a repartirnos geografías, responsabilidades, ausencias y calendarios. Pasaron los años. Cada quien tomó sus caminos. Pero nunca dejamos de seguirnos la pista: él sabía de mí y yo sabía de él.

Hasta que un día volvimos a encontrarnos en Haverstraw.

Habían transcurrido muchos años sin estrecharnos las manos y, sin embargo, bastaron unos segundos para borrar la distancia. Nos sentamos a conversar y ocurrió ese pequeño milagro reservado únicamente a las amistades verdaderas: hablamos como si nos hubiésemos despedido la tarde anterior.

Hay amigos a quienes uno deja de ver, aunque jamás se marchen del todo.

Víctor sabe mucho de distancias, pero también de dolores.

Un funesto accidente en República Dominicana le cambió para siempre la geografía del cuerpo. Quedó parcialmente limitado, obligado a apoyarse en un bastón y a enfrentar desde esa nueva realidad la vida áspera y vertiginosa de Nueva York.

Después vinieron otras pruebas. Una detrás de otra.

Más de diez cirugías delicadas. Hospitales. Recuperaciones. Dolores. Días buenos y noches interminables.

Pero Víctor siguió andando.

A veces despacio.

A veces apoyándose en su bastón.

Pero siempre con la pluma en ristre, como guardia viejo del oficio.

Podrán quebrarse los huesos, cansarse las piernas y necesitar auxilio el cuerpo; hay hombres, sin embargo, cuya verdadera columna vertebral está en otra parte.

La de Víctor siempre estuvo hecha de palabras.

Siguió escribiendo, comunicando, opinando, encontrándose con los amigos. Su bastón acompañó sus pasos, pero jamás consiguió ponerle muletas a su espíritu.

Y hoy, mientras escribo estas líneas, ese amigo libra quizás la batalla más difícil de todas.

Víctor permanece gravemente enfermo en el Westchester Medical Center. Lleva largas horas sin despertar. No abre los ojos casi 72 horas después. Está sedado, rodeado de máquinas, cables y médicos que hacen cuanto está en sus manos.

Y nosotros, desde afuera, hacemos lo único que puede hacerse cuando la medicina comienza a conversar en voz baja y el corazón se niega a entender: esperar y orar.

Confieso que me cuesta escribir sobre Víctor en estas circunstancias.

Mientras intento ordenar estas palabras, mi memoria se rebela contra el presente y se empeña en devolverme a 1997.

Vuelvo a verme muchacho.

Vuelvo a Radio Mil Informando.

Vuelvo a El Tamborileño.

Vuelvo a Nicolás, a Carmencita, a Rey Arturo Taveras -entoces mi Jefe en Radio Mil Informando y hoy más cerca de mí que nunca- a aquellas calles donde cualquier esquina podía esconder una noticia.

Y vuelvo a encontrarme con aquel Victor Matta  que recibió con respeto y cariño a un jovencito que apenas comenzaba a descubrir que las palabras terminarían siendo parte inseparable de su vida.

Han pasado casi treinta años.

Qué rápido se nos vuelve ayer la vida.

Por eso hoy no quiero escribir una despedida.

Me niego.

Quiero escribir una espera.

Quiero pensar que detrás de ese sueño profundo todavía anda el periodista buscando una noticia; que en algún rincón de su conciencia permanece intacta aquella voluntad que sobrevivió accidentes, operaciones, dolores y tantos inviernos.

Quiero creer que todavía falta una conversación.

Otro encuentro.

Otro abrazo.

Otra historia.

Por eso, querido Víctor, desde esta orilla donde permanecemos tus amigos, te pedimos una cosa:
despierta.

Despierta y vuelve a nosotros.

Todavía no guardes el bastón.

Todavía no cierres la libreta.

Todavía no pongas el punto final.

Que Dios, ese Dios al que hoy tantos invocamos por ti, coloque su mano justamente allí donde terminan las posibilidades de los hombres.

Y que ocurra el milagro.

Después de tantos años, tantas batallas y tantas palabras compartidas, me resisto a creer que esta sea la última página.

Prefiero pensar que todavía queda una por escribir...

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las 21 divisiones en la religiosidad popular dominicana

“Cucharimba”, el mago de la Ciudad Corazón

Delincuentes asaltan a dos ancianas para robarle RD$200.00, en Tamboril