Haití se desangra y pone riesgo a República Dominicana

CODIGO32-SIPRED

Por Arturo Taveras

La violencia de las bandas criminales que mantienen aterrorizado a Haití ha cruzado hace tiempo la frontera de lo tolerable. Lo ocurrido esta semana en Kenscoff no es simplemente otra noticia de violencia en un país sumido en una profunda crisis: es una señal de alarma para toda la región y, particularmente, para la República Dominicana.

Al menos 47 personas fueron asesinadas y más de 50 secuestradas durante un ataque de bandas armadas contra Kenscoff, una comunidad montañosa próxima a Puerto Príncipe que durante mucho tiempo había sido considerada relativamente segura. La Organización de las Naciones Unidas calificó el hecho como una nueva muestra de la alarmante situación de seguridad que vive Haití. (AP News⁠)

La tragedia adquiere una dimensión todavía más dramática porque entre las víctimas había niños. Las bandas incendiaron viviendas, atacaron a civiles y convirtieron una comunidad que buscaba vivir en paz en un escenario de muerte, secuestros y terror. (The Guardian⁠)

Esto no puede ser normalizado.

Una sociedad en la que grupos armados deciden quién vive, quién muere, quién puede desplazarse y quién debe abandonar su hogar deja de estar sometida al imperio de la ley. Cuando las armas sustituyen a las instituciones, el Estado comienza a desaparecer.

Y eso es precisamente lo peligroso de lo que está ocurriendo en Haití.

El peligro no termina en la frontera

República Dominicana tiene el derecho y, sobre todo, el deber de preocuparse por esta situación.

Somos dos países que compartimos una misma isla. Lo que ocurre en Haití no convierte automáticamente el territorio dominicano en escenario del conflicto, pero sería una irresponsabilidad pensar que una crisis de esta magnitud no tendrá consecuencias sobre nuestro país.

El avance territorial de las bandas, su capacidad de movilización, el secuestro, el tráfico de armas, el contrabando y otras actividades del crimen organizado constituyen amenazas que deben ser observadas con extrema atención.

Kenscoff tiene además una importancia estratégica porque se encuentra en las montañas que dominan importantes rutas hacia Puerto Príncipe. La expansión de las bandas hacia comunidades que antes permanecían relativamente alejadas de la violencia demuestra que el problema no está contenido. (Reuters⁠)

La República Dominicana no puede esperar a que el fuego llegue a la puerta para comenzar a buscar agua.

No se trata de Haití contra República Dominicana

También debemos tener mucho cuidado con el discurso que puede surgir de esta tragedia.

El enemigo no es el pueblo haitiano. El enemigo son las bandas criminales, los traficantes de armas, los secuestradores y quienes financian y protegen esas estructuras.

El pueblo haitiano es, precisamente, una de las principales víctimas de esta tragedia.

Son haitianos los que están siendo asesinados. Son haitianos los que pierden sus viviendas. Son haitianos los que tienen que abandonar sus comunidades. Son haitianos los que viven bajo la amenaza permanente de grupos armados.

Por eso, condenar la violencia de las bandas no debe confundirse con desprecio hacia Haití ni hacia los haitianos.

República Dominicana debe defender sus fronteras sin odio, ejercer su soberanía sin complejos y reclamar seguridad sin caer en discursos xenófobos.

La comunidad internacional no puede seguir llegando tarde

Durante demasiado tiempo Haití ha vivido una sucesión de crisis políticas, económicas, institucionales y de seguridad. Mientras la comunidad internacional debate, las bandas ocupan territorios, reclutan hombres, acumulan armas y someten comunidades enteras.

Los números son aterradores. Naciones Unidas ha documentado una expansión geográfica de la violencia y miles de víctimas durante los últimos meses. (Global Issues⁠)

La tragedia de Kenscoff demuestra algo fundamental: cuando el Estado retrocede, el crimen organizado avanza. Por eso no basta con declaraciones de condena. No basta con expresar preocupación.

No basta con enviar ayuda humanitaria después de cada masacre.

Haití necesita recuperar el control efectivo de su territorio, fortalecer sus instituciones, proteger a la población civil y desmantelar las estructuras criminales que han convertido amplias zonas del país en territorios bajo su dominio.

República Dominicana debe prepararse

Ante esta realidad, el Gobierno dominicano debe actuar con inteligencia, firmeza y previsión.

La vigilancia de la frontera debe mantenerse como una prioridad nacional. También deben fortalecerse los mecanismos de inteligencia, control del tráfico de armas, persecución del crimen organizado y cooperación internacional.

Pero existe otra obligación igualmente importante: prepararse para las consecuencias humanitarias de una eventual nueva oleada de desplazamientos provocados por la violencia.

República Dominicana no puede resolver por sí sola la tragedia haitiana. Tampoco debe asumir responsabilidades que corresponden al Estado haitiano y a la comunidad internacional.

Pero sí puede y debe defender su territorio, proteger a sus ciudadanos y exigir que la comunidad internacional cumpla con su responsabilidad.

Haití necesita paz; Dominicana necesita seguridad

La tragedia de Kenscoff debería servir para que nadie se engañe.

La violencia de las bandas haitianas no es un problema pasajero. Tampoco parece ser una simple disputa entre delincuentes.

Es una amenaza contra la estabilidad institucional de Haití y un factor de riesgo para toda la región.

La República Dominicana debe actuar con serenidad, pero sin ingenuidad.

Con solidaridad, pero sin irresponsabilidad.

Con humanidad, pero también con firmeza.

Porque ayudar al pueblo haitiano a recuperar la paz no significa poner en peligro la seguridad dominicana.

Al contrario: una Haití pacificada, institucionalmente fortalecida y libre del dominio de las bandas también beneficia a la República Dominicana.

La frontera puede separar dos Estados, pero no puede detener las consecuencias de una crisis que ocurre a pocos kilómetros de nosotros.

 República Dominicana tiene derecho a exigir que esa paz llegue antes de que el caos siga avanzando.

Porque cuando las bandas conquistan un territorio, no solamente ocupan calles: ocupan el espacio que el Estado abandona. Y ningún país puede darse el lujo de permitir que el crimen organizado se convierta en una frontera invisible.


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