La fiebre no está en la sábana ni la educación en un corte de pelo ni en la ropa
Por Arturo Taveras
La grandeza y valor humano de Albert Einstein no se redujo por usar ropa ni su pelo desordenado, pese a vivir en una época de vestir elegante con traje y corbata, usar sombreros ajustados y pelucas majestuosas, en algunos países europeos.
En la época de Einstein era obligatorio salir a la calle con sombrero, como el fedora o el bombín. Se usaban zapatos de cuero oscuros y acordonados. El corte típico era corto, bien recortado a los lados y peinado con raya de lado usando pomada o agua. Sin embargo el futuro científico desafío todas normas y se hizo grande.
Hay problemas que no se resuelven atacando la apariencias de las personas. Cuando una sociedad pretende encontrar en el cabello de sus jóvenes la explicación de sus deficiencias educativas, corre el riesgo de confundir el síntoma con la enfermedad, porque reza un refrán que “La fiebre no está en la sábana”.
Tampoco el problema de la educación está en un corte de pelo, en un pantalón determinado, en unos tenis modernos o en la forma en que un adolescente lleva su cabello.
La fiebre está en el cuerpo, y los males de la formación de nuestros jóvenes hay que buscarlos mucho más allá de una barbería: hay que buscarlos en la familia, en la escuela y, sobre todo, en el ambiente social en que crecen en medio de marcadas desigualdades.
En los últimos tiempos se ha generado una discusión sobre determinados estilos de peinados utilizados por estudiantes dominicanos.
Algunas personas consideran que ciertos cortes representan una amenaza para la disciplina escolar y que deben ser prohibidos para preservar la buena formación.
Pero cabe preguntarse: ¿puede un corte de pelo determinar la calidad humana y la capacidad de aprendizaje de un estudiante?
Es evidente que no. El problema está más profundo y hay que buscarlo fuera del pelo o de la vestimenta.
Es cierto que los centros deben tener disciplina, pero no se debe reducir el problema de la educación y el aprendizaje a la violacion de un estudiante a un estilo corte de cabello.
Dependen, en buena medida, de la calidad de los docentes, del acompañamiento de los padres, del ambiente familiar, de las condiciones sociales y del ejemplo que reciben diariamente.
Un joven puede llevar el cabello perfectamente recortado y, al mismo tiempo, carecer de disciplina, respeto y valores. Otro puede llevar un peinado moderno, incluso extravagante, y ser un estudiante responsable, respetuoso, trabajador y brillante.
El pelo no educa. El ejemplo sí. Un maestro que llega preparado al aula enseña más con su conducta que con una larga lista de prohibiciones.
Un padre que conversa con sus hijos, supervisa sus tareas, les inculca responsabilidad y les enseña a respetar a los demás contribuye mucho más a su formación que quien simplemente exige que luzcan de determinada manera de vestir
No podemos exigir a los jóvenes una conducta ejemplar mientras muchos de los adultos que ocupan posiciones de liderazgo ofrecen ejemplos contradictorios.
Los adolescentes observan al político que promete una cosa y hace otra. Observan al funcionario que utiliza el dinero público como patrimonio personal y se roban el dinero que debe utilizarse en la educación y la salud.
Ahora, todos esos males que afectan a la República Dominicana se pretende corregirlos prohibiendo un diseño en el cabello un muchacho que decidió formarse en una escuela.
Los jóvenes llegan a las escuelas cargando consigo las influencias de su familia, su barrio, las redes sociales, la televisión, la música, sus amigos y el comportamiento de los adultos que los rodean.
Por eso, si queremos una juventud mejor formada, debemos preguntarnos primero qué sociedad le estamos entregando.
También resulta equivocada la comparación simplista entre los estudiantes de ayer y los de hoy.
En el pasado se educaba con lápiz, cuadernos, tizas, pizarras y reglas. La disciplina era más rígida y las herramientas tecnológicas eran prácticamente inexistentes.
Hoy los jóvenes viven en un mundo completamente diferente. Tienen teléfonos inteligentes, redes sociales, inteligencia artificial, videojuegos, plataformas digitales y acceso instantáneo a una cantidad gigantesca de información.
Pretender que el estudiante de hoy se comporte exactamente como el estudiante de hace varias décadas puede ser tan inútil como intentar enseñar a conducir un automóvil moderno utilizando exclusivamente las reglas de tránsito de una época en la que los vehículos eran completamente diferentes.
Esto no significa que debamos abandonar la disciplina. Todo lo contrario. La juventud necesita disciplina, límites, respeto, responsabilidad y principios.
Pero una cosa es educar en valores y otra muy distinta es confundir la educación moral con la uniformidad estética.
Las escuelas tienen derecho a establecer normas de presentación personal de higiene, comportamiento, responsabilidad, compromiso social y tener un propósito educativo.
Porque si el objetivo es formar ciudadanos responsables, debemos concentrarnos en el comportamiento, el respete a sus compañeros, al maestro, que cumpla con sus tareas, que no lleve armas a la escuela ni consuma drogas.
Hay que centrarse en que no practique violencia, que aprenda y piense, que sea responsable y desarrolle criterio propio, que aprenda a convivir y que comprenda que sus derechos terminan donde comienzan los derechos de los demás.
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