Marusa: el loco que con 20 dólares era un chulo en Cuba

CODIGO32-SIPRED
Relato:Por Pedro López 

En el folclórico y laborioso municipio de Tamboril, Villa de Los Samanes, donde además de tabaco, chocolate, embutidos y café se cultivan talentos y se cosecha grandeza, también florecen historias que el tiempo no consigue borrar. Algunas nacen en una esquina, otras alrededor de una botella de ron  y un plato de comida, pero las más memorables terminan convirtiéndose en leyendas de pueblo.

Cuando agonizaba el siglo pasado, la Carretilla de Ferragamo era una especie de vivero de tamborileños, un pequeño parlamento popular donde, al abrigo de la noche, se devoraban con avidez copas, música, ensaladas y conversaciones. 

Era cita obligada de libadores, filósofos de esquina y conversadores empedernidos, hombres que exponían a voz en cuello sus verdades filosóficas, políticas y religiosas.

Allí había de todo como en botica: duchos discutidores, sumisos oyentes, sarcásticos provocadores, audaces polemistas y hasta quienes intentaban convertir una discusión en asunto personal. Pero existía una regla no escrita: la Carretilla era territorio sagrado. Quien fastidiaba demasiado terminaba perdiendo el favor de la comunidad carretillesca. Era una especie de parlamento sin actas, pero con memoria; sin presidente, pero con autoridad.

Una noche cualquiera, como tantas otras, la conversación tomó el camino sociopolítico. Frente a frente estaban Alexis, hombre de humor concluyente, corto de palabras pero dueño de una sonrisa capaz de desconcertar al adversario, y uno de los más litigantes y demoledores polemistas de aquella comunidad. Este último, de orientación comunista, tomó impulso y comenzó a cantar las bondades del sistema cubano como quien recita un evangelio.

-En Cuba ningún niño se acuesta sin cenar. La educación está asegurada. La riqueza pertenece a todos. La salud es un derecho inalienable del pueblo. ¡Ese es el camino que debemos seguir!

Como quien dibuja un contraste con carbón sobre una pared blanca, agregó:

-Pero aquí basta con mirar hacia el parque para deprimirse: niños descalzos, gente harapienta, personas pidiendo porque nunca tuvieron oportunidades.

La discusión subía como      espuma. Mientras tanto, Alexis comía tranquilamente una ensalada preparada por José Susana. Se distinguía de los demás porque no era un gran bebedor. Quizás por eso todos lo miraban de reojo. Sabían que, si alguien podía responderle con un fuetazo verbal al expositor, era él.

Alexis había vivido mucho tiempo en Nueva York y le había ido bien. Tenía carro, buena ropa y dinero en el bolsillo. Por eso, aquella noche, todos esperaban su intervención. El aire parecía haberse congelado y hasta las copas guardaron silencio.

Alexis tardó en hablar. Parecía medir las palabras como quien pesa oro en una balanza. Al final, comprendió que le correspondía lanzar su argumento para mantener el equilibrio de aquella batalla verbal.

El representante del proletariado volvió a la carga:

-¡Cuba es un ejemplo! ¡Cuba es el camino! ¡Cuba revolucionaria! Entonces Alexis se levantó. La conversación se apagó.

Abrióse un espacio entre los presentes. Caminó lentamente hacia el expositor, con aquella sonrisa suya que parecía anunciar una tormenta. Lo miró y, con la serenidad de quien sabe que acaba de encontrar el punto débil del argumento, disparó:

-¿Qué es lo que tú me estás hablando de un país donde Marusa, con veinte dólares en el bolsillo, es un chulo?

La frase cayó sobre la Carretilla como un trueno en noche despejada. Hubo un segundo de silencio y luego la carcajada se desbordó como río fuera de cauce.

No hubo necesidad de más argumentos. La discusión política había encontrado su epitafio en una sola frase.

Desde aquella noche, Marusa dejó de ser solamente Marusa, el vagabundo que en Tamboril que se paseaba en una bicicleta y se buscaba la vida recogiendo desperdicios. Se convirtió en personaje, en unidad de medida, en metáfora de una historia que nadie podía explicar mejor que aquel dicho: “Con veinte dólares en Cuba, Marusa era un chulo.”

Y como ocurre con las buenas historias de Tamboril, aquella no se quedó en la Carretilla.

El Cocolupedo, visitante asiduo de Cuba y uno de los grandes propagadores de anécdotas, se hizo eco del cuento. La historia cruzó Santiago, saltó de boca en boca y adquirió alas propias.

Al poco tiempo, algunos santiagueros amigos del Cocolupedo comenzaron a llegar a Tamboril con una misión que parecía salida de una novela:

querían conocer a Marusa.

Así, entre tabaco, tragos, discusiones y carcajadas, nació una de esas leyendas que solo pueden producir los pueblos donde la conversación también es patrimonio cultural.

Porque Tamboril no solamente fabrica tabacos, chocolate y embutidos.

Tamboril también fabrica historias.

Algunas historias, como la de Marusa, tienen la virtud de sobrevivir a quienes las contaron por primera vez.


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