La Justicia Dominicana es injusta

CODIGO32-SIPRED
Por Rey Arturo Taveras 

“La balanza de la justicia dominicana se inclina hacia un solo lado. Ha dejado de pesar los hechos y esta pesando  los apellidos, el poder político y económico, así como las influencias”.

La República Dominicana contempla, entre el asombro y la impotencia, una escena que parece escrita por la ironía.

 Mientras procesos judiciales de enorme trascendencia nacional, como los relacionados con el colapso del centro de entretenimiento Jet Set, una tragedia que cobró cientos de vidas, así como las investigaciones por presuntos desfalcos al Seguro Nacional de Salud y otros casos de corrupción administrativa del pasado reciente, continúan sin condenas definitivas, un anciano de 93 años, consumido por el Alzheimer, una enfermedad terminal y la fragilidad propia de quien apenas puede sostenerse en pie, permanece tras los barrotes suplicando únicamente morir en su hogar.

No se trata de pedir impunidad para nadie ni tampoco de sustituir la ley por la emoción. Se trata de exigir que la justicia dominicana conserve  el mismo rostro para todos y que no cambie de máscara según la persona que tenga delante.

¿Qué peligro representa un hombre que ha olvidado incluso las razones de su propia condena? ¿Qué amenaza puede constituir alguien que necesita otro preso para caminar, alimentarse y sobrevivir? ¿Qué victoria obtiene el Estado manteniendo encerrado a quien ya ha sido derrotado por el tiempo, por la enfermedad y por la vida misma?

La cárcel, en este caso, parece haber dejado de ser un instrumento de corrección para convertirse en una sala de espera de la muerte.

Mientras tanto, los grandes expedientes avanzan con la lentitud de un río que se niega a llegar al mar para caer en el vacío del olvido y en impunidad. 

La justicia parece vestir zapatos de plomo cuando persigue a los poderosos y botas militares mágicas cuando camina sobre los más débiles. Para unos, el calendario judicial parece no tener prisa; para otros, cada día pesa como una cadena.

Mientras procesos de enorme impacto social aún esperan una decisión definitiva conforme al debido proceso, un anciano enfermo cuya petición descansa sobre fundamentos humanitarios antes que jurídicos está muriendo en la cárcel por falta de una decisión judicial que atienda su clemencia. 

Esa comparación alimenta una percepción de desigualdad que erosiona la confianza ciudadana en la justicia. La ley debe ser firme, pero jamás insensible. 

La justicia necesita columna vertebral, pero también corazón. Porque cuando la compasión desaparece de los tribunales, la sentencia puede ser legal, pero deja de ser humana.

Epifanio Castro del Carmen no pide borrar su condena, mendiga que los últimos capítulos de su existencia no transcurran entre barrotes y paredes frías. Pide el derecho elemental de despedirse de la vida donde alguna vez conoció la libertad.

La verdadera grandeza de un sistema judicial no se mide únicamente por la severidad con que castiga al culpable, sino por la sabiduría con que aplica la humanidad cuando la ley lo permite. 

Una justicia incapaz de distinguir entre el delincuente peligroso y un anciano consumido por la demencia corre el riesgo de transformar el derecho en simple rigor burocrático.

En el sistema de justicia dominicana se reflejan procesos complejos que aún esperan su desenlace, expedientes de corrupción que la sociedad anhela ver resueltos y, al mismo tiempo, el rostro cansado de un anciano que apenas recuerda el episodio por el que fue condenado.

Mientras los poderoso reciben libertad por improcedencia o por simples achaques médicos, manchas veces inventados, el moribundo anciano suplica misericordia sin obtenerla, lo que indica que la balanza deja de inspirar confianza y comienza a sembrar dudas.

La justicia debe ser ciega para no distinguir privilegios; nunca sorda para no escuchar el clamor de la humanidad.


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