El político que cambia de partido como un caballo de silla se vuelve un vaivén sin rumbo
En la política, como en la vida, el cambio de proyectos sociales, de partidos, familiares o empresariales convierte a la persona con esa actitud en vendaval sin rumbo, camino sin frontera y se coloca entre la credibilidad y el descrédito.
Hay personas que han tomado la política dando pasos que desconcierta, porque entran a un partido y lo abandonan para pasar a otro del que también salen y se abrazan de una nueva bandera hasta que se pasan la vida volando y tiñéndose de todos los colores partidarios
Más que una evolución ideológica, que siempre es legítima cuando nace de la reflexión, su recorrido parece un péndulo que oscila sin descanso, un barco que cambia de rumbo con cada oleaje.
Dice el refrán que “quien mucho cambia, poco aprende”, y también que “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”.
No se trata de negar la posibilidad del cambio, porque cambiar también es crecer.
Pero cuando el cambio es constante, abrupto y carente de explicación, deja de ser crecimiento y se convierte en sospecha.
Porque la política no es un mercado donde se intercambian lealtades al mejor postor; es, o debería ser, un compromiso con ideas, con principios, con la palabra empeñada.
La coherencia es el hilo invisible que genera la confianza. Sin ella, todo se deshilacha. Un dirigente que hoy defiende una causa y mañana la contradice, no solo traiciona una organización: erosiona la fe de la gente.
La confianza, esa moneda invisible pero invaluable, cuando se pierde, cuesta más recuperarla que conquistarla por primera vez.
En la vida personal ocurre lo mismo. Quien salta de relación en relación, de proyecto en proyecto, de convicción en convicción, termina por diluir su identidad.
Se convierte en eco de las circunstancias, en reflejo de lo inmediato. Y entonces, como dice otro viejo dicho, “el que no sabe para dónde va, cualquier camino le sirve”.
La coherencia no exige inmovilidad, pero sí propósito. No demanda rigidez, pero sí honestidad.
Cambiar de partido puede ser un acto digno si responde a principios; hacerlo repetidamente, sin una narrativa clara, parece más bien un juego de conveniencias, una danza sin música donde cada paso contradice al anterior.
Al final, la política como la vida, no se mide por los lugares que se visitan, sino por las razones que nos llevan a ellos. Porque no se trata de dónde se está, sino de por qué se está.
Cuando ese “por qué” se pierde, todo lo demás, discursos, alianzas, promesas, se convierte en ruido, en polvo, en palabras que el viento se lleva.

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