Navarrete: una pedagogía popular del recuerdo José Espinal Marcelo (Joselito).

CODIGO32-SIPRED

Después de mucho tiempo sin habitar la noche en mi propio municipio, regresé este sábado 10 de enero a una experiencia que, sin proponérselo, terminó siendo profundamente política, en el sentido más hondo del término. No política partidaria, sino esa que se construye en la vida cotidiana, en los vínculos, en la memoria compartida, en el tejido silencioso de lo común.

La calle Mella (esa geografía íntima donde crece la conciencia), fue el escenario. Allí, motivado por el cumpleaños de mi hermano mayor, Carlos, nos reencontramos no solo los de la sangre inmediata, sino los de la sangre social: vecinas, afectos antiguos, rostros que alguna vez fueron parte orgánica de nuestra formación como sujetos.

Volver a encontrarme con algunas de las amigas de mi madre fue, para mí, una lección viva de historia no escrita. Una de ellas, pese a su esfuerzo honesto, ya no pudo reconocerme; más de treinta años sin vernos no pasan en vano. Y, sin embargo, lejos de sentirlo como una pérdida, lo entendí como una confirmación: la memoria individual se fragmenta, pero la memoria colectiva persiste, se reorganiza y busca otras formas de nombrarnos.

Ese gesto lo encarnó doña Velvia. Al enterarse (por uno de sus nietos), de que los hijos de Reyna, la vecina de la casa 89 de la Mella, estábamos reunidos en la casa de Mingo, no esperó visita ni protocolo. Se levantó y vino. Ese acto sencillo, casi doméstico, tuvo la potencia de una afirmación ética: nadie queda completamente borrado mientras exista una comunidad que lo recuerde como parte de sí.

Allí pensé en Gramsci, no como cita, sino como conversación interior. Él insistía en que la hegemonía no se construye solo desde las grandes estructuras, sino desde el sentido común, desde lo que la gente vive, siente y reproduce diariamente. Iluminado por Narcisazo, esa noche de Navarrete comprendí que también existe una contrahegemonía afectiva, popular, que sobrevive al olvido institucional y al tiempo. Se manifiesta cuando una vecina cruza la calle para confirmar que los hijos de una madre querida siguen existiendo.

Ese encuentro fue también una expresión de resistencia cultural. En una sociedad donde el mercado fragmenta, acelera y descarta, la permanencia de esos lazos es una forma de insubordinación. No producen mercancía, pero producen humanidad. No generan plusvalía, pero sí conciencia, pertenencia y continuidad.

Dialogar con la comunidad (en una acera, en un cumpleaños, en un “¿y tú, muchacho, eres hijo de quién?”), no es un gesto ingenuo. Es una forma de situarnos en la historia, de recordar que somos producto de relaciones sociales concretas, de barrios, de calles, de mujeres como mi madre, que dejaron huellas más duraderas que muchas estructuras de la urbanidad.

Este domingo no escribo para idealizar el pasado, sino para afirmar que la transformación social que aspiramos necesita de estas memorias vivas. Sin ellas, la lucha se vuelve abstracta; con ellas, adquiere rostro, voz y sentido.

Este domingo comprendo con mayor claridad que Navarrete no solo es un territorio físico, sino un espacio pedagógico en el sentido más profundo: aquí se aprende sin aulas, sin manuales y sin diplomas. Se aprende mirando cómo una vecina recuerda lo que el tiempo intenta borrar, cómo una calle conserva nombres aunque las casas cambien, cómo la comunidad transmite saberes que no pasan por la academia, pero forman conciencia.

Esa es, quizá, nuestra pedagogía popular del recuerdo. No nace de la nostalgia, sino de la práctica social; no idealiza el pasado, lo mantiene activo. En ella se educa el sentido común, se disputa la hegemonía y se resiste, sin estridencias, a la deshumanización que impone el olvido organizado.

Por eso, escribir este mensaje dominical no es un acto íntimo aislado, sino un gesto de responsabilidad histórica. Nombrar a Navarrete desde sus calles y desde su gente es afirmar que todavía existen formas de aprendizaje colectivo que no han sido derrotadas. Mientras esa pedagogía siga operando (en una visita inesperada, en un cumpleaños compartido, en una memoria que se niega a desaparecer), habrá pueblo, habrá historia y habrá posibilidad de transformación.

Tal vez por eso regreso de esa noche con una certeza serena: mientras existan calles como la Mella, en Navarrete, y gestos como el de doña Velvia, no todo está perdido. La historia sigue hablando, incluso cuando parece que nadie la está escuchando.

¡Hasta el próximo domingo!
JEM

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