Johan Rosario: el hijo único que camina sin armadura bajo el fuego
CODIGO32-SIPRED
Por Rey Arturo Taveras
Hay personas que nacen con un escudo invisible y otras lo forjan con el tiempo para resistir la aspereza del mundo.
Johan Rosario, en cambio, nació con el pecho abierto, como un cielo expuesto a los rayos inclementes del sol, a las ráfagas de viento, a las tormentas de fuego y a los relámpagos. No porque ignore el dolor, sino porque eligió no ocultarlo.
Como hijo único, creció en un hogar donde el amor no se disputaba ni se racionaba. Desde la psicología de Alfred Adler, esta condición no constituye una carencia, sino una arquitectura particular del alma.
Alfred Adler establece que “El hijo único habita tempranamente el mundo de los adultos, desarrolla una vida interior intensa y una sensibilidad afinada, pero carece de entrenamientos y competencias para la defensa emocional”.
Aprende a sentir antes que a blindarse y por eso confía donde otros sospechan y comprende donde otros atacan.
Johan no aprendió el lenguaje del odio, la envidia o el rencor, porque no los vio practicarse en su entorno más íntimo.
Su ética no es reactiva, sino originaria y proactiva: ama sin cálculo, perdona sin contabilidad, ofrece sin garantías y, cuando los demás dudan, él confía; cuando el rencor echa raíces, él siembra perdón; cuando otros cierran el puño para no favorecer, él abre el plato para que todos coman.
Como emprendedor, conoce la abundancia y como hombre, la entiende como una responsabilidad.
La pobreza de sus semejantes no le es ajena y la siente como herida compartida. Quizás por eso su prosperidad no se agota, porque quien comparte no pierde, se expande lo que tiene.
Johan no vive impulsado por un afán de superioridad ni de avaricia egocéntrica sino por una voluntad de comunidad donde la necesidad profunda de querer pertenecer al corazón de todos mueven su alma.
Los filósofos de la antigua Grecia ya habían intuido esta verdad, en cuyo pensamiento clásico, el ser humano se debatía entre la fuerza bruta y la psique o la vida interior.
El hombre verdaderamente profundo no era el invulnerable, sino el sensible. Aquiles, Ayax u Edipo no caen por debilidad física, sino por exceso de conciencia afectiva: sienten demasiado el honor, el amor, la pérdida y la traición.
La sensibilidad no era un defecto, sino una vía de acceso a lo humano, una puerta abierta que deja pasar tanto la luz como la herida.
Johan pertenece a esa estirpe antigua y por eso no camina por el mundo con estrategias de dominación ni con cálculos defensivos, sino con una disposición ética vinculada a su ser.
Su facilidad para relacionarse con los demás no nace de la astucia social, sino de una familiaridad profunda con el alma humana.
Habla con el empresario y con el campesino, con el analfabeto y con el intelectual, con niños, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, hasta con enajenados mentales, porque no se sitúa jerárquicamente, sino relacionalmente. No mira desde arriba ni desde abajo, sino desde el frente.
Esa frontalidad es tan poderosa como cañón y desarma sin explosiones. Construye puentes donde otros levantan trincheras.
Desde una perspectiva psicológica, Johan no es frágil, es permeable, pero impredecible. Mientras que, desde una perspectiva filosófica, no es ingenuo, sino ético y prudente al actuar para no herir ni ofender.
Ha optado por una forma de fuerza que no se impone, sino que sostiene, no ordena, conquista y acoge.
Camina sin armadura, no porque desconozca el peligro, sino porque confía más en el vínculo con la comunidad que en la coraza para defenderse de ella.
Por supuesto, quien entrega sin pedir garantías queda expuesto a la traición, a la ingratitud y al malentendido. Pero incluso ahí Johan elige no endurecerse y prefiere perder certezas antes que perder humanidad, porque sabe, quizás intuitivamente, que el endurecimiento del alma es la verdadera derrota del ser humano.
En una época dominada por la competencia desleal, la sospecha sistemática y el miedo al otro, Johan cree en el amor y enntiende que el vínculo social no es romanticismo: es resistencia moral.
Johan Rosario no es un hombre débil, sino abierto, dispuesto, y atendo a servir sin recibir.
Se puede colegir que, desde el enfoque de la psicología, la filosofía y la ética clásica, en personajes como Johan Rosario no hay forma de fortaleza más alta que aquella que, pudiendo cerrarse, elige permanecer tan humana como la naturaleza de donde proviene su universo.

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