Claudina Peralta: maestra que con sacrificios hizo camino al andar
Por Rey Arturo Taveras
Ejercer el magisterio no ha sido tarea fácil para los educadores formados antes de la era digital, sobre todo para aquellos que hicieron de las zonas rurales de la República Dominicana su aula permanente.
En la ciudad, el oficio de maestro puede convertirse en rutina; en el campo, en cambio, es un juramento de sacrificios.
Claudina Peralta (Claudia), hija de don Eligio, hombre regio de piel oscura y ojos como nubes, nacida en Arroyo del Toro, es el vivo ejemplo de la educadora que se formó y trabajó en el ámbito rural, atrapada entre las inclemencias del tiempo y la precariedad, para hacer de su vida un voto irrevocable al servicio de la educación.
Su historia comienza en 1990, cuando la educación dominicana aún caminaba descalza por los senderos rurales. Aquel año llegó por primera vez a la escuela multigrado de El Limón de Arroyo del Toro, en Puerto Plata, donde el aula era pequeña, pero el compromiso inmenso.
Cada lunes, antes de que el sol terminara de desperezarse, Claudina salía de su hogar con la esperanza al hombro.
Cada viernes regresaba tarde, con el cansancio prendido a la piel, tras caminar nueve kilómetros a pie, sin importar la lluvia, el lodo ni el silencio del monte. Nunca se detuvo. El mal tiempo no era excusa cuando la educación aguardaba.
En 1993, el destino la trasladó a la escuela Sol María de la Cruz, en Nigua, Tamboril, otro centro multigrado y otro desafío en su vida de educadora.
Allí, Claudina no solo fue maestra: fue directora sin escritorio, portera sin llave, conserje sin uniforme y madre sustituta de decenas de niños.
Fue, en esencia, el alma completa de una escuela sostenida más por la voluntad que por la infraestructura.
Llegar hasta ese centro era, muchas veces, una prueba de fe. En tiempos de lluvia, los caminos se convertían en pantanos vivos, y ella, sin rendirse, debía montarse en burro para atravesar el barro, como quien cruza una frontera invisible entre la comodidad y el deber.
Así, durante 27 años, Claudina Peralta ha servido de manera ininterrumpida, demostrando que la vocación no entiende de distancias ni de sacrificios cuantificables.
Desde su mirada serena, la maestra reconoce que la educación dominicana ha cambiado.
En la actualidad, los estudiantes reciben libros, uniformes y zapatos; los maestros cuentan con mejores salarios y condiciones laborales; y los centros educativos exhiben avances tecnológicos que antes parecían imposibles.
Lo dice sin rencor ni nostalgia amarga, porque sabe que su esfuerzo fue parte de esa siembra.
Claudina Peralta, más que una docente rural, es una metáfora viva del magisterio dominicano: una mujer que enseñó bajo techos frágiles, escribió lecciones sobre pizarras gastadas y que, sin saberlo, educó también al país en la paciencia, la entrega y la esperanza.

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