China y Venezuela: el dragón mueve sus fichas como advertencia a EE.UU
Por Rey Arturo Taveras
El año 2026 amanece con un gesto que no es casual ni inocente: China ha enviado una comisión a Venezuela y, con ella, un mensaje envuelto en seda diplomática pero afilado como una espada antigua.
No se trata de un despliegue militar ni de un desafío frontal, sino de algo más sutil y, por ello, más profundo: la reafirmación de una alianza que incomoda a Washington y sacude el tablero del poder global.
Como un dragón milenario que no ruge sin razón, China no grita guerra, pero tampoco la grita como Trump y con su forma recuerda a Estados Unidos que el mundo ya no es un escenario de un solo actor ni un guion escrito en inglés.
Venezuela, en este libreto, no es solo un país asediado, sino un símbolo: el territorio donde se libra la batalla silenciosa entre el viejo orden y el que pugna por nacer.
La presencia china en Caracas no llega vestida de uniforme, sino de acuerdos, discursos y proyectos.
Es una Asociación Estratégica a Toda Prueba y Todo Tiempo, una fórmula que suena a juramento, a pacto sellado con tinta indeleble.
Bajo ese paraguas se cobijan la cooperación económica, el respaldo político y la asistencia técnica; tres columnas que sostienen una relación diseñada para resistir sanciones, presiones y amenazas externas.
Las Comisiones Mixtas de Alto Nivel funcionan como mesas de ajedrez donde se mueven piezas de energía, minería, agricultura e infraestructura.
Allí se promete desarrollo compartido, aunque no siempre las promesas se conviertan en obras visibles.
China ofrece caminos, puentes y centrales; Venezuela ofrece petróleo, lealtad diplomática y una puerta abierta a América Latina. No es altruismo puro, es interés mutuo, porque en geopolítica nadie da sin esperar.
En el plano político, Pekín levanta un escudo retórico alrededor de Caracas. Rechaza la injerencia extranjera, condena las sanciones y respalda a Venezuela en los foros internacionales. No porque ignore sus problemas internos, sino porque defiende un principio que le conviene: la soberanía como muralla frente a cualquier intervención futura.
La asistencia humanitaria y técnica, insumos médicos, vacunas, cooperación en salud y tecnología, actúa como bálsamo y como mensaje.
China se presenta como socio solidario frente a un Occidente que castiga. Es la diplomacia del cargamento y la bandera, donde cada caja enviada lleva implícita una postura política.
Los préstamos atados al petróleo, las deudas acumuladas y los proyectos inconclusos recuerdan que incluso las alianzas más sólidas tienen grietas.
El dragón ayuda, pero cobra; abraza, pero no olvida las cuentas. Venezuela, urgida y cercada, acepta un trato que le permite respirar, aunque sea con oxígeno prestado.
En el fondo, lo que China dice a Estados Unidos no es una amenaza directa, sino una advertencia histórica: el mundo ya no gira en torno a un solo sol.
Hay nuevos polos, nuevas rutas y nuevas voces que reclaman espacio. Venezuela es apenas una pieza estratégica, colocada en el punto exacto donde convergen ideología, recursos y resistencia.
El inicio de 2026 no trae misiles ni tambores de guerra, sino delegaciones, discursos y acuerdos, pero, a veces, el silencio diplomático pesa más que el estruendo de los cañones.

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