Entre risas y nostalgias, exalumnos de la Sergio A. Hernández reviven una época inolvidable
TAMBORIL, Rep. Dom. La noche del pasado 30 de mayo, fecha indeleble grabada en la memoria nacional por conmemorarse la caída del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina, un grupo de antiguos estudiantes de la escuela Sergio A. Hernández desafió el paso de los años para regresar al pasado y recordar momentos que marcaron sus vidas de estudiantes.
En el acogedor restaurante Loppiza de Tamboril, hombres y mujeres que ya han cruzado el umbral del medio siglo volvieron a ser muchachos por unas horas, recordando momentos inolvidables vividos en las aulas de un pasado grabado en sus memorias.
Las arrugas desaparecieron bajo la luz de los recuerdos, las canas se rindieron ante la alegría compartida y el reloj pareció detener sus manecillas para permitir que la adolescencia regresara, vestida de nostalgias y sonrisas.
La reunión fue impulsada por el exdirector distrital de Canca la Piedra (2010-2016), José Santana, conocido afectuosamente como “Nenecito”, reconocido defensor de los ideales éticos y morales promovidos por el fenecido expresidente profesor Juan Bosch.
La convocatoria estuvo a cargo del economista Freddy Valerio, cuya simpatía y carisma lograron reunir a casi una veintena de antiguos compañeros de aula.
Entre abrazos, brindis y conversaciones interminables, los asistentes al encuentro descorcharon como vino añejo las botellas del recuerdo.
Mientras en el ambiente flotaban merengues, baladas y melodías que alguna vez acompañaron sus años juveniles, cada canción parecía abrir una ventana hacia un pasado que permanecía dormido en algún rincón del alma.
Entre los presentes figuraron el exsíndico de Tamboril, Julio Rosario Comprés, acompañado de su hijo Julio César; el veterano músico, compositor, cantante y arreglista Pao Isael; el ingeniero Elías Reyes; Silvio Rodríguez, Alejandro; Eriberto Pichardo, junto a su esposa, y otros compañeros que volvieron a encontrarse después de décadas de caminos distintos.
Los asistentes calificaron el encuentro como un momento mágico, una especie de puente suspendido entre dos épocas.
Evocaron las limitaciones y precariedades que caracterizaban la década de los setenta, cuando cursaban la educación primaria, pero también rescataron las alegrías sencillas que enriquecieron aquellos años.
Las anécdotas brotaron como manantiales largamente contenidos y corrieron como agua en cascada, provocando carcajadas que resucitaron episodios que parecían enterrados por el tiempo, especialmente las travesuras protagonizadas por el célebre “Consejo de Ancianos”, una peculiar cofradía estudiantil encabezada por Pao Isael, Alejandro y otros compañeros que, desde un rincón estratégico del aula, convertían la rutina escolar en una aventura permanente.
Cada historia narrada arrancaba nuevas risas; cada recuerdo encontraba eco en la memoria colectiva.
Los años, por un instante, dejaron de existir. El pasado volvió a caminar entre las mesas, saludando a sus viejos protagonistas y se sentó a compartir con ellos.
Cuando la noche avanzó y las despedidas comenzaron a asomarse, quedó la certeza de que los verdaderos amigos nunca se marchan del todo y permanecen guardados en los rincones más nobles del corazón, esperando el momento oportuno para reencontrarse y demostrar que, aunque el tiempo envejezca los cuerpos, jamás logra derrotar los recuerdos
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