EL LIMPIABOTAS: OFICIO ANTIGUO DE LA INFANCIA DOMINICANA

CODIGO32-SIPRED

Por Arturo Taveras

SANTIAGO, RD. -En las esquinas, 

en los parques y plazas donde el sol parte la mañana en dos, aún resuena el golpeteo de las cajas de madera utilizadas como herramienta para lustrar zapatos. 

Esos golpes producido por el cepillo sobre la caja de madera, es producto del trabajo de los pequeños jornaleros que madrugan antes que el alba, niños que cargan en sus manos el brillo ajeno mientras su propia infancia se les desliza como polvo sobre el pavimento. 

El limpiabotas, una profesión antigua que ha sobrevivido a dictaduras, ciclones y modernidades, sigue siendo para miles de dominicanos, grandes y chicos, el primer trabajo para ganarse unos pesos.

En parques y plazas del país, especialmente en las grandes ciudades como Santo Domingo y Santiago, estos jóvenes obreros del brillo instalan su pequeño taller ambulante debajo de árbol o en un banco. 

 Con movimientos aprendidos en silencio, transforman zapatos cansados en espejos donde se asoma fugazmente la dignidad.

Pero esta postal cotidiana encierra una realidad más dura: la persistencia del trabajo infantil en la República Dominicana. 

Aunque para muchos de estos niños la caja de limpiabotas representa alimento, escuela a medias y un intento de ayudar a sus hogares, la práctica está lejos de ser inocente. 

Las autoridades y organizaciones sociales han advertido que, detrás de cada betún y cada cepillo, puede esconderse la pérdida de derechos fundamentales y la rotura del conocimiento infantil. 

La Ley 136-03, Código para la Protección de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes, establece con claridad la prohibición de la explotación laboral infantil y exige que cada menor disponga de un desarrollo pleno y protegido. 

Sin embargo, como una sombra que insiste en reaparecer, el oficio perdura en zonas empobrecidas y de intenso movimiento urbano.

Organismos internacionales como UNICEF, además de instituciones locales como Fundación La Merced, han reforzado sus esfuerzos para acompañar, educar y rescatar a estos niños cuyo trabajo, pese a su destreza, no debería ser su destino. 

Programas de apoyo psicológico, escolar y comunitario buscan arrancarlos de las calles y devolverlos a su infancia, ese derecho que es tan frágil como el cuero de un zapato sin cuidar.

A quienes deseen sumarse a esta lucha silenciosa pero urgente, diversas organizaciones en la provincia de Santiago y el resto del país ofrecen programas de voluntariado, donaciones y acompañamiento. 

Cada gesto cuenta, porque en cada niño limpiabotas late una historia que no merece quedar atrapada en una caja de madera.

Mientras tanto, en los parques del país, los pequeños artesanos siguen allí: lustrando zapatos y, sin saberlo, pidiendo a la sociedad que los vea.


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