Urge Mesa de Diálogo para solucionar problemas del Bulevar de Tamboril
CODIGO32-SIPRED
Bulevar, comercio, diversión y descanso familiar deben coexistir sin atropello.
Por Rey Arturo Taveras
TAMBORIL, R. D.- Hay momentos en que el silencio de las autoridades hace más ruido que los motores, los equipos de música y los gritos que cada fin de semana estremecen el bulevar de la avenida Presidente Vásquez de Tamboril, lo que se ha convertido en un dolor de cabeza.
No se puede condenar la diversión ni descalificar a los comerciantes que han encontrado en el entorno de la avenida una fuente legítima de ingresos económicos.
Los pueblos necesitan recreación, movimiento económico y lugares donde la gente pueda compartir sanamente.
Lo preocupante es cuando la diversión deja de ser un derecho para convertirse en un abuso, un escándalo que contamina y afecta la salud física y mental de las familias que allí residen, desde antes que existiera el Bulevar y la avenida misma.
Una sociedad organizada se sostiene sobre un principio elemental: los derechos de unos terminan donde comienzan los de los demás.
Quien trabaja toda la semana tiene derecho a disfrutar; quien vive en los alrededores de la avenida también tiene derecho a dormir y los comerciantes tienen derecho a ganarse el sustento de sus familias y el de sus empleados.
Ninguno de esos derechos debe imponerse sobre el otro.
Sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre cada fin de semana en el bulevar.
La música a niveles ensordecedores, los motores con escapes alterados, las aceleraciones temerarias, los gritos, las discusiones y el consumo excesivo de alcohol, que en ocasiones parece ir acompañado de otras sustancias alusinogenas, han convertido un espacio de recreación en una fuente permanente de intranquilidad para decenas de familias.
Lo verdaderamente preocupante es que el problema lleva demasiado tiempo existiendo y las soluciones siguen brillando por su ausencia.
Las patrullas policiales aparecen en el lugar como abejorros en panal, recorren la zona de forma atropellante y luego todo sigue igual.
La sensación es que la autoridad está presente físicamente, pero ausente en el ejercicio efectivo de su responsabilidad.
La ley no puede limitarse a observar ni a reprimir; debe hacerse cumplir con firmeza, imparcialidad y respeto por los derechos de todos.
No se trata de perseguir a nadie ni de cerrar establecimientos comerciales.
Los comerciantes también tienen familias que dependen de su trabajo y contribuyen al desarrollo económico del municipio.
Pero tampoco puede aceptarse que quienes viven en el entorno sean condenados, fin de semana tras fin de semana, a soportar una contaminación sónica que afecta su descanso, su salud física y mental y su calidad de vida.
El descanso y la tranquilidad también son derechos humanos que merecen protección.
El orden público no puede convertirse en un concepto decorativo o represivo. La misión policial debe ser para imponer el orden y lograr la tranquilidad de las familias.
Aquí es donde las autoridades municipales y policiales tienen una responsabilidad ineludible. Gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras o asistir a actos protocolares, publicar contenidos en las redes sociales; gobernar también significa prevenir conflictos, hacer cumplir las normas y garantizar que el interés colectivo prevalezca sobre los excesos individuales.
En este momento hace falta algo más que patrullajes ocasionales. Hace falta liderazgo social y autoridad civil y policial.
Resulta imprescindible convocar una mesa de diálogo en la que participen el Ayuntamiento, la Policía Nacional, la Policía Municipal, los comerciantes, los residentes del sector y líderes comunitarios.
La voz orientadora del párroco Javier Báez también puede contribuir a construir consensos y recordar que la convivencia es un compromiso moral además de ciudadano.
Ese encuentro debe producir acuerdos concretos, no simples fotografías para las redes sociales.
Hay que establecer horarios razonables para la música, controlar los niveles de ruido, impedir las carreras y exhibiciones de motocicletas, reforzar la vigilancia preventiva y sancionar, sin excepciones, a quienes alteren el orden público.
Aplicar la ley de forma que no espante la inversión ni la recreación. Lo que prevalece es evitar el desorden y una tragedia de lamentable consecuencia.
La historia demuestra que cuando las autoridades permiten que pequeños excesos se conviertan en costumbre, tarde o temprano terminan enfrentando tragedias que pudieron evitarse. Ojalá no tengamos que esperar una muerte, un accidente grave o un enfrentamiento para reconocer que el problema existía y que todos lo veíamos.
Todavía estamos a tiempo.
Tamboril merece un bulevar que sea motivo de orgullo y no de confrontación; un espacio donde el comercio prospere, las familias descansen y los jóvenes disfruten con responsabilidad.
Como enseña el libro de Eclesiastés 3:1, "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora." Hay tiempo para trabajar, tiempo para descansar y tiempo para divertirse.
La verdadera sabiduría consiste en que ninguno de esos tiempos destruya al otro.
Porque un pueblo que pierde el respeto por la tranquilidad de sus vecinos comienza, sin darse cuenta, a perder también el respeto por sí mismo.
Ese diálogo debería traducirse en reglas claras y de obligatorio cumplimiento, entre ellas:
1- Establecer horarios definidos para la música.
2- Controlar rigurosamente los niveles de ruido permitidos.
3- Prohibir las competencias y aceleraciones de motocicletas y vehículos.
4- Mantener una presencia permanente de agentes de la Policía Nacional y la Policía Municipal durante los fines de semana.
5- Aplicar sanciones efectivas a quienes alteren el orden público.
6- Promover campañas de educación ciudadana dirigidas a comerciantes y visitantes.

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