El Estado y la Iglesia: dos columnas que sostienen la sociedad
CODIGO32-SIPRED
Por Rey Arturo Taveras
El Estado empuña la espada de la justicia para ordenar por mandato, coerción y represión ; mientras que la Iglesia levanta la lámpara de la conciencia. Uno escribe las leyes sobre el papel; la otra procura grabarlas en el corazón del ser humano. Si el primero gobierna los caminos de la tierra, la segunda recuerda que también existe un sendero para el alma.
El Estado posee el poder jurídico, coercitivo y administrativo. Tiene la facultad de legislar, recaudar impuestos, proteger el orden público y aplicar sanciones cuando la ley es quebrantada. Su autoridad descansa en las instituciones que representan la voluntad de la nación y en el monopolio legítimo de la fuerza. Como reza el viejo dicho, "donde no hay ley, manda el más fuerte".
La Iglesia, por su parte, no gobierna con decretos ni con tribunales. Su fuerza no nace del castigo, sino de la convicción; no impone cadenas, sino principios. Su autoridad espiritual y moral busca orientar la conciencia, sembrar valores, velar por la buena marcha de la sociedad y recordar que la justicia sin misericordia puede convertirse en piedra, mientras que la misericordia sin justicia termina siendo arena.
Ninguno de estos poderes es superior al otro, porque ambos recorren rieles distintos hacia un mismo horizonte: el bienestar de la persona y de la sociedad. El Estado protege el cuerpo de la nación; la Iglesia procura alimentar su espíritu. Uno es el guardián de la plaza pública; la otra, centinela del templo interior de la sociedad. Pero si el Estado falla en sus funciones las autoridades eclesiásticas deben reclamarle cumplir con su deber o buscar la forma de socorrer a su rebaño.
Cuando ambos respetan su autonomía y colaboran en asuntos de interés común, la sociedad encuentra un equilibrio semejante al de dos alas que permiten volar a un mismo pueblo. Pero cuando uno uno falla en sus deberes sociales el otro debe servir de sostén para evitar que se descarríe el rebaño.
El Estado no debe convertirse en púlpito ni darle órdenes a la Iglesia, cuyo único palacio debe ser el corazón de los ciudadanos .
Como enseña el Evangelio: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22:21).
Al final, la fortaleza de una nación no depende únicamente de la severidad de sus leyes ni de la profundidad de sus sermones, sino de la armonía entre una justicia que protege y una conciencia que inspira.
Porque la ley puede contener la mano del hombre, pero sin el trabajo de la iglesia el Estado no puede transformar su corazón.

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