La Mecedora
Un grupo de muchachos sin oficio de Tamboril convirtió la diversión en su alegría y el dolor en el sufrimiento de otros, terminó en la cárcel, la muerte y el arrepentimiento
TAMBORIL, R. D.- Corrían los últimos años de la década de 1970 cuando un grupo de muchachos adolescentes comenzó a reunirse para convertir la maldad en entrenamiento y diversión.
El parque Trina de Moya y las calles del histórico municipio de Tamboril fueron el escenario de sus primeras travesuras de muchachos, lo que con el paso del tiempo dejaron de ser simples bromas para transformarse en actos de abuso y violencia.
En el laborioso e histórico municipio de Tamboril, tierra donde el aroma del mejor cigarro del mundo se eleva, hoy, como incienso de poder económico y donde los samanes extienden sus gigantescos brazos sobre el horizonte, nació el grupo de jóvenes conocidos como “La Mecedora”, un grupo de jóvenes que surgiría a finales de la década de 1970 y alcanzaría su mayor poder e influencia durante las décadas de 1980 y 1990, cuando sus acciones sembraron el temor en gran parte de la población.
El nombre no surgió por casualidad. Como ramas agitadas por un viento inquieto, aquellos muchachos caminaban balanceándose de un lado a otro, con trajinar por las calles de arriba y abajo, sin rumbo y sin el control de sus padres. Sus movimientos ondulantes parecían anunciar el vaivén de un destino incierto. Eran mozalbetes de calles polvorientas, muchos sin oficio ni metas, que encontraron en la burla, la humillación y el abuso una diversión tan efímera como destructiva.
Reían mientras otros lloraban; su alegría parecía alimentarse del sufrimiento ajeno, como si la maldad fuera el pan cotidiano de sus vidas.
No respetaban edad ni condición. Hombres, mujeres, niños y ancianos conocieron el filo invisible de sus humillaciones para reír del surgimiento ajeno.
El miedo infundido por el grupo comenzó a recorrer las calles de Tamboril como un perro sin dueño, y el pueblo aprendió a mirar sobre sus hombros, incluso a plena luz del día, temiendo encontrarse con las acciones de aquellos tipos de emociones sin frenos.
Hubo, sin embargo, un hecho que quedó grabado en la memoria colectiva de Tamboril y del grupo “ La Mecedora” como una cicatriz imborrable.
Un joven, cansado de soportar los atropellos, reunió el valor suficiente para enfrentarlos y resistir sus abusos, enfrentándolos con desafíos a muerte. Su desafío irritó a los líderes de La Mecedora, quienes decidieron darle una lección.
Su vivienda, ubicada al borde de una calle y vulnerable al paso de cualquier vehículo, era una humilde construcción levantada con yaguas y viejas tablas de palma. Más que una casa, era el refugio donde protegía sus sueños.
La respuesta del grupo fue despiadada. Subieron a un viejo automóvil, aceleraron con la furia de una tormenta y lo estrellaron contra la frágil vivienda. En un solo estruendo, las paredes de madera cedieron, el techo salió despedido como hojas secas y la pobreza quedó aún más expuesta bajo el cielo.
Aquello no fue solamente la destrucción de una casa; fue el intento de aplastar la dignidad de un hombre que se atrevió a desafiar el poder de “La Mecedora”.
Con el paso de los años, “La Mecedora” creció como una mala hierba que nadie arrancó a tiempo ni de las calles y parques de Tamboril. Lo que comenzó como un grupo de adolescentes desorientados terminó convirtiéndose en una organización temida en el laboratorioso .
Durante las décadas de 1980 y 1990, varios de sus integrantes emigraron a Estados Unidos y algunos terminaron involucrados en organizaciones dedicadas al tráfico de drogas y otras actividades ilícitas. Aquellos años coincidieron con el auge del narcotráfico internacional y con el período de mayor poder e influencia de Pablo Escobar, cuya figura llegó a simbolizar una de las etapas más violentas y lucrativas del crimen organizado en América Latina. En ese contexto histórico, algunos miembros de La Mecedora se vieron arrastrados por ese ambiente criminal, aunque no existen elementos que permitan afirmar que trabajaran para Escobar o que pertenecieran a su organización. Unos fueron arrestados y condenados; otros murieron atrapados por la violencia del bajo mundo; algunos huyeron de la justicia; otros regresaron al país deportados; y unos pocos lograron rehacer sus vidas, encontrando en los negocios lícitos una nueva oportunidad.
La Mecedora sembró zozobra en la población. Las familias vivían intranquilas; los diferentes grupos comunitarios levantaban su voz de protesta; la Iglesia organizó marchas y llamó a la reflexión, mientras clamaba por un cambio que devolviera la paz al pueblo. Las autoridades parecían correr siempre detrás de los acontecimientos, incapaces de frenar las acciones de un grupo que mantenía a Tamboril bajo una constante sensación de inseguridad. Mientras tanto, muchos padres cargaban en silencio el peso de la tristeza al ver cómo sus hijos se perdían entre las sombras.
Durante las décadas de 1980 y 1990, varios de sus miembros emigraron a Estados Unidos y algunos terminaron involucrados en organizaciones dedicadas al tráfico de drogas, en una época marcada por el auge del narcotráfico internacional. Unos fueron arrestados y condenados; otros murieron atrapados por la violencia del bajo mundo; algunos huyeron de la justicia; otros regresaron al país deportados; y unos pocos lograron rehacer sus vidas, encontrando en los negocios lícitos una nueva oportunidad.
Sin embargo, toda historia deja una enseñanza. Los pueblos, como los árboles centenarios, pueden soportar tempestades, perder ramas e incluso ver oscurecer sus días, pero siempre conservan la capacidad de florecer nuevamente cuando la memoria se convierte en maestra y las nuevas generaciones deciden caminar por senderos distintos.

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