Párroco Javier Báez de Tamboril condena tragedia que apagó la vida a mujer

CODIGO32-SIPRED
Por Rey Arturo Taveras

TAMBORIL, R.D. La tarde del lunes  18 de mayo parecía avanzar con la tranquilidad habitual de las calles del barrio Domingo Alegre, en este productivo municipio de la provincia de Santiago. 

El sol ardía lentamente sobre los techos humildes de las casas del barrio Domingo Alegre, mientras el ruido de los motores y las voces cotidianas producían  la música simple de un pueblo acostumbrado a sobrevivir entre prisas y esperanzas.

Denny María Alcántara, de apenas 36 años, conducía su pasola.

Llevaba consigo a un niño, ajeno todavía a la dimensión cruel que puede esconderse detrás de un segundo, en un accidente vehicular. 

Nadie imaginaba que aquella ruta cotidiana de un suburbio terminaría convertida en una herida abierta para todo un municipio.

La pasola avanzaba ligera, como los sueños pequeños de la gente sencilla. Pero a lo lejos, descendiendo como una bestia sin alma, venía una grúa perteneciente a una empresa contratista de EDENORTE. El enorme vehículo había perdido los frenos.

Todo ocurrió en un instante tan breve que el tiempo apenas tuvo espacio para respirar. La mole de hierro perdió el control y el caos descendió sobre la vía como una tormenta oscura. 

El impacto apagó la vida de Denny Maria de manera brutal, mientras el niño que viajaba con ella sobrevivió milagrosamente, como si la muerte hubiese pasado rozándolo apenas con la sombra de sus dedos.

La noticia corrió como un río de dolor por cada rincón del municipio. En medio del duelo colectivo, la voz del padre Javier Báez se levantó desde el púlpito moral de la conciencia, rompiendo el silencio resignado con palabras que cayeron como campanas sobre la madrugada del sufrimiento.

“Las tragedias no son la voluntad de Dios, son evitables”, dijo el sacerdote.

Aquella frase atravesó el corazón del pueblo.

Porque mientras muchos buscaban refugio diciendo que “Dios así lo quiso”, el sacerdote recordó una verdad incómoda: que a veces la tragedia no baja del cielo, sino que nace de la negligencia humana.

Un vehículo pesado sin frenos no era un castigo divino.

Para el padre Báez, aceptar la muerte de Denny como un simple acto del destino equivalía a lavar las manos de una culpa colectiva demasiado pesada para ignorarla.

“Dios nos da inteligencia para prevenir y responsabilidad para protegernos”, expresó con firmeza.

Sus palabras comenzaron a recorrer las calles como un eco persistente. Los vecinos hablaban de controles inexistentes, de vehículos sin supervisión, de conductores sin experiencia enfrentando monstruos de metal sobre carreteras estrechas y curvas peligrosas.

Tamboril entendió algo doloroso: que no solo había perdido a una joven madre aquella tarde. También había perdido parte de su inocencia.

Mientras las lágrimas todavía humedecen los rostros de familiares, amigos y vecinos, el nombre de Denny María Alcántara permanece suspendido en el aire como una pregunta sin respuesta.

También desnudan las fallas de una sociedad entera. Desde aquella curva maldita de Domingo Alegre, el pueblo parece repetir en silencio una súplica desesperada. 

Que ninguna otra vida tenga que apagarse para que aprendamos a prevenir lo evitable.


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