Los perros realengos (viralatas) del alcalde están ladrando

CODIGO 32
Por Arturo Taveras.

Periodista y escritor dominicano.

TAMBORIL, REP. DOM. — En las calles polvorientas de este pueblo  laborioso, donde los vientos alisios soplan para rociar la verdad, resuena el ladrido de desesperados de los perros realengos del alcalde, que aúllan con furia renovada para custodiar la basura con que su amo los alimenta.

Son canes de consigna,“achubados” por su amo contra periodistas, políticos y ciudadanos que se atreven a cuestionar al señor del cabildo, ese domador de conciencias que confunde autoridad con correa para dar pela, no para ajustar la administración pública y poner correr el dinero del pueblo por los rieles de la pulcritud .

Los perros viralatas del alcalde ladran porque deben obediencia a quien les deja caer migajas podridas y muerden porque temen al hambre; atacan porque no piensan, reciben órdenes a difundir en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las esquinas del pueblo.

Son centinelas de desperdicio que deja el despilfarro de su patrón, guardianes de la migaja, paladines de una verdad prefabricada que les sirve su amo en plato roto para que ellos las pongan a circular.

Esos perros realengos tienen nombres y apellidos, caminan erguidos, visten trajes diseñados con falsedad y sonríen a la mentira en público; pero por dentro olfatean la “viruta” del erario como si fuera banquete de reyes.

Desde el cabildo, desde micrófonos complacientes en los medios de prensa, desde cualquier espacio social donde la sombra les dé cobijo, sueltan sus alharacas envenenadas.

Sus voces, sin embargo, no son truenos: apenas son  petardos mojados que no asustan ni a un  niño tierno recién nacido. Ladran según la ración que reciben; aúllan según la paga del amo. Cuanto más generosa es la migaja que recibe, más estridente el coro que entonan.

Algunos gruñen sin fuerza ni decoro, defendiendo a un amo que habita con ellos en un terreno oscuro y pantanoso,   en casas con  techo de cristal. Basta una piedra de verdad para que el vidrio estalle y los deje descalzos sobre sus propias ruinas morales, porque quien compra conciencias no adquiere lealtades: alquila silencios.

Son perros que se delatan en cada ladrido y con ellos queda evidenciado que ‘’el mundo reconoce al dueño del perro por el tono de sus ladridos. El amo de los realengos de la política en Tamboril los mal alimenta, por les arroja salamis rancios, huesos pelados y sobras administrativas. Ellos, agradecidos, convierten el desperdicio en doctrina y la presentan como vedad absoluta. Callan la oscuridad financiera del cabildo, barnizan con palabras incoherentes  la turbiedad del uso de los recursos del municipio y maquillan el mamotreto municipal con saliva de obediencia.

El alcalde, ese sastre de sombras, intenta quitarse el traje manchado de un pasado tormentoso y oscuro para endosárselo a personas de moral intachable. Pero hay vestiduras que no cambian de cuerpo: solo ajustan a quien las confeccionó. Aunque sus perros intenten vestir con mentiras a quienes no les corresponde esa talla, la tela siempre delata al verdadero dueño de los pérfidos caninos.

Caminan en arenas movedizas creyendo que pisan mármol. Cruzan los rieles sin mirar el tren del tiempo que se acerca. Se creen robles eternos y son espigas efímeras; se sienten poderosos y calzan zapatos prestados. Enseñan los colmillos botos y  mañana recogerán las sobras de su propio eco.

Visten de morado, hociquean fundas sin romperlas, vuelcan canastos sin importar el tamaño. Si no hallan basura suficiente para alimentarse, la inventan. Porque su oficio no es pensar: es ladrar y para eso les paga el jefe del cotarro.

Pero como todo realengo, corren más que el viento cuando alguien se agacha a recoger una piedra de dignidad. Huyen ante la palabra firme, ante la mirada recta, ante el ciudadano que no compra ni vende su conciencia. El amo los llama fieles y,   en el fondo, los trata como lambones, piezas reemplazables de un ajedrez oxidado.

Hoy ladran más fuerte porque presienten el desalojo del poder. Saben que el hueso del día 25 se les escurre entre los dientes y, en su desesperación, intentan roerlo hasta los tuétanos. Ignoran que el poder que no nace del respeto muere sin epitafio.

Conviene no temer al ladrido, pero sí prevenir la mordida traicionera. Porque de sus bocas no solo sale ruido: también destilan un veneno sutil que contamina y mata. Y aunque el eco retumbe en Tamboril, la verdad, como la aurora, siempre termina por imponerse al aullido.

 

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