Los perros realengos (viralatas) del alcalde están ladrando
Periodista
y escritor dominicano.
TAMBORIL, REP. DOM. — En las calles polvorientas de este
pueblo laborioso, donde los vientos
alisios soplan para rociar la verdad, resuena el ladrido de desesperados de los
perros realengos del alcalde, que aúllan con furia renovada para custodiar la basura
con que su amo los alimenta.
Son canes de consigna,“achubados” por su amo contra
periodistas, políticos y ciudadanos que se atreven a cuestionar al señor del
cabildo, ese domador de conciencias que confunde autoridad con correa para dar
pela, no para ajustar la administración pública y poner correr el dinero del pueblo
por los rieles de la pulcritud .
Los perros viralatas del alcalde ladran porque deben obediencia
a quien les deja caer migajas podridas y muerden porque temen al hambre; atacan
porque no piensan, reciben órdenes a difundir en los medios de comunicación, en
las redes sociales y en las esquinas del pueblo.
Son centinelas de desperdicio que deja el despilfarro de su patrón,
guardianes de la migaja, paladines de una verdad prefabricada que les sirve su
amo en plato roto para que ellos las pongan a circular.
Esos perros realengos tienen nombres y apellidos, caminan
erguidos, visten trajes diseñados con falsedad y sonríen a la mentira en
público; pero por dentro olfatean la “viruta” del erario como si fuera banquete
de reyes.
Desde el cabildo, desde micrófonos complacientes en los
medios de prensa, desde cualquier espacio social donde la sombra les dé cobijo,
sueltan sus alharacas envenenadas.
Sus voces, sin embargo, no son truenos: apenas son petardos mojados que no asustan ni a un niño tierno recién nacido. Ladran según la
ración que reciben; aúllan según la paga del amo. Cuanto más generosa es la migaja
que recibe, más estridente el coro que entonan.
Algunos gruñen sin fuerza ni decoro, defendiendo a un amo que
habita con ellos en un terreno oscuro y pantanoso, en
casas con techo de cristal. Basta una
piedra de verdad para que el vidrio estalle y los deje descalzos sobre sus
propias ruinas morales, porque quien compra conciencias no adquiere lealtades:
alquila silencios.
Son perros que se delatan en cada ladrido y con ellos queda
evidenciado que ‘’el mundo reconoce al dueño del perro por el tono de sus
ladridos. El amo de los realengos de la política en Tamboril los mal alimenta,
por les arroja salamis rancios, huesos pelados y sobras administrativas. Ellos,
agradecidos, convierten el desperdicio en doctrina y la presentan como vedad
absoluta. Callan la oscuridad financiera del cabildo, barnizan con palabras
incoherentes la turbiedad del uso de los
recursos del municipio y maquillan el mamotreto municipal con saliva de
obediencia.
El alcalde, ese sastre de sombras, intenta quitarse el traje
manchado de un pasado tormentoso y oscuro para endosárselo a personas de moral
intachable. Pero hay vestiduras que no cambian de cuerpo: solo ajustan a quien
las confeccionó. Aunque sus perros intenten vestir con mentiras a quienes no
les corresponde esa talla, la tela siempre delata al verdadero dueño de los pérfidos
caninos.
Caminan en arenas movedizas creyendo que pisan mármol. Cruzan
los rieles sin mirar el tren del tiempo que se acerca. Se creen robles eternos
y son espigas efímeras; se sienten poderosos y calzan zapatos prestados. Enseñan
los colmillos botos y mañana recogerán
las sobras de su propio eco.
Visten de morado, hociquean fundas sin romperlas, vuelcan
canastos sin importar el tamaño. Si no hallan basura suficiente para
alimentarse, la inventan. Porque su oficio no es pensar: es ladrar y para eso les
paga el jefe del cotarro.
Pero como todo realengo, corren más que el viento cuando
alguien se agacha a recoger una piedra de dignidad. Huyen ante la palabra
firme, ante la mirada recta, ante el ciudadano que no compra ni vende su conciencia.
El amo los llama fieles y, en el fondo,
los trata como lambones, piezas reemplazables de un ajedrez oxidado.
Hoy ladran más fuerte porque presienten el desalojo del
poder. Saben que el hueso del día 25 se les escurre entre los dientes y, en su
desesperación, intentan roerlo hasta los tuétanos. Ignoran que el poder que no
nace del respeto muere sin epitafio.
Conviene no temer al ladrido, pero sí prevenir la mordida
traicionera. Porque de sus bocas no solo sale ruido: también destilan un veneno
sutil que contamina y mata. Y aunque el eco retumbe en Tamboril, la verdad, como
la aurora, siempre termina por imponerse al aullido.

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