La procesión: del libro inédito “Poemas y Semblanzas Inolvidables” de José R. Santana
CODIGO32-SIPRED
La procesión
Por Jose R. Santana
En memoria de Ramona Antonia Santana de Bonilla
1
De amor sembraste la fecunda tierra de tu pueblo.
En tiempos de sequía, despertaste a San Isidro Labrador para ir en procesión por el sendero del río.
Era inquebrantable: la tierra ardía,no había cosechas, la lluvia se escondía.
Desesperados, los campesinos
a la iglesia acudían, buscando respiro, a ver si algún día la lluvia del cielo caía.
Con cantos y oraciones, allá dentro de la iglesia, Antonia los recibía.
Descendía al santo, San Isidro Labrador.
Empezó la procesión; se escuchó una voz dentro de la multitud.
2
Entre cantos y rezos, los campesinos, por la ruta del río hacia la montaña ascendían.
Las piedras lánguidas dormían sueños milenarios.
Antes, el caudal del agua cubría de frescura, y los peces jugaban…¡Ah!, y bailaban, y se escondían detrás de la verde cabellera del légamo, mientras los niños fabricaban anzuelos con lombrices.
3
La procesión seguía.
En el rostro de la gente el cansancio se marcaba.
Los rayos candentes del sol
a los hombres las espaldas castigaban, mientras las mujeres las cubrían con sus parasoles.
La voz del santo rosario y sus cánticos resonaban con la frecuencia de la montaña.
—¡Hay que tener fe, hermanos y hermanas! se escuchaba repetidas veces dentro de la procesión.
“Desde que bañemos al santo San Isidro Labrador, Dios nos enviará la lluvia que tanto necesitamos”.
—Hace años que no llueve… parece un castigo del Señor.
A la tercera va la vencida; hoy el Señor oirá nuestras súplicas.
—Que sea lo que Él ordene —decía Miguelo, con voz entrecortada por el cansancio.
4
Las nubes corrían despavoridas,
un viento seco besaba las hojas
de los árboles sobrevivientes.
Mas la procesión seguía la ruta del río hasta llegar a su cabecera, donde un chorrito de agua se deslizaba entre enormes árboles como nido protector.
La voz dulce de Antonia se escuchaba entre la multitud,
a través de un “Padre nuestro que estás en los cielos…”.
Y después de la ceremonia, se disponían a bañar al santo San Isidro Labrador, el protector del agricultor.
5
Terminada la ceremonia, los campesinos descendían la montaña con la fe inquebrantable de que esa penitencia sería escuchada por el Señor todopoderoso.
—Si el Señor así lo desea —dijo el viejo Mon—, sea bienvenido lo que Él nos mande.
Recuerden que hay que tener temor a Dios.
Así como nos ha mandado esta sequía, también nos puede mandar mucha lluvia; todo en exceso es malo.
El cansancio se escondía en el alma, el cuerpo se derretía por la piel quemada por los rayos candentes del sol.
La multitud entró a la iglesia,
subió al santo al altar y, con voz ronca y desgastada, cantaban: “San Isidro Labrador, quita el sol y pon el agua.”
6
Coincidencias del destino…
Una semana después, llovió a cántaros por más de treinta días consecutivos.
—Hay que tener fe —dijo Miguelo—, pero si esto sigue así, creo que tendremos que sacar de nuevo al santo para que nos quite el agua y nos ponga el sol.
—Que sea lo que el Señor quiera —dijo Antonia—.
Esperemos una semana más
para ver cómo transcurre el tiempo —ripostó el viejo Mon.
7
El caudal del río buscó su cauce perdido, las rocas descendían veloces, troncos enormes quedaban encallados en las curvas angostas, y charcos profundos reposaban en la quietud del río.
Los campesinos, impacientes, esperaban la salida del sol.
Ofrecían rituales en los ranchos, en medio de la hacienda.
La tierra, empapada de agua, parecía un manantial.
Eran imposibles las plantaciones sin los rayos del sol.
La naturaleza y sus misterios:
matrimonio del agua y el sol en su justa proporción.
8
El cielo lucía claro y las nubes su color cambiaron.
Antes eran oscuras, ahora brillaban despejadas y limpias.
El sol se erguía dominante en el oriente.
—Parece que hoy no va a llover…
—Que Dios oiga tus palabras, hijo mío — respondió una voz desde el corazón de la cocina,
donde la madre infructuosamente intentaba encender el fogón: ¡la leña estaba mojada!
—Hay que tener fe, la fe es lo último que se pierde — era lo que siempre se escuchaba entre los campesinos en sus improvisadas reuniones.
Mientras se producía el milagro, las malezas cubrían de verde la planicie.
Ahora el sol sería nuestra bendición.
Hace una semana que no llueve, y en el rostro de los campesinos se veía el signo envidiable de la alegría.
—¡Dios es grande! —decía el viejo Mon—.
¡Hay que tener fe!

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